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Diario: las primeras horas de la "República Catalana"

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Diario: las primeras horas de la "República Catalana"

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Por Marc Figuerola Delgado

Aún no hace una semana de la proclamación de la República Catalana y tenemos a un gobierno acusado de sedición, dos presos políticos, un presidente en el exilio, puede que la mesa del Parlamento termine en la cárcel y tenemos las administraciones intervenidas por el Gobierno central.

Parece el caos y que tenga que reinar el desorden público. Pero, en realidad no es para tanto. Ni mucho menos.

Recapitulemos.

La República se proclamó el viernes 27 de octubre, entre la celebración de muchos y la indiferencia de otros tantos.

Mientras en Plaça Sant Jaume, dónde está el Palau de la Generalitat, se quedaba literalmente pequeña para celebrar la declaración de la nueva República, nadie salió a su balcón para hablar, ni tampoco se pidió al pueblo que se defendieran los puntos estratégicos, como el aeropuerto, el puerto, fronteras, estaciones centrales, medios de comunicación y otros. No hubo un despliegue de personas como cuando la revolución rusa. Simplemente, la gente celebró, alguien se emborrachó, se tiró algún cohete que otro, y la vuelta a casa fue absolutamente pacífica.

Al día siguiente vino un compañero periodista de Israel. “¿Dónde hay manifestaciones hoy?”, me preguntaba mientras pasábamos por delante de la comisaría de la Policía Nacional, a medio camino entre el hotel y Plaça Sant Jaume. “Pues…”, no sabía que contestarle, porque no había ningún tipo de concentración para ese mismo día, las redes sociales estaban tranquilas y la actividad en la calle era la propia de un sábado cualquiera: la gente iba de compras, las terrazas de los bares estaban llenas, había turistas por La Rambla…

Parecía que a casi nadie le importara demasiado que, de alguna manera, se había proclamado la República el día antes… hasta que llegamos delante de la Generalitat. Ahí había más de 80 cámaras dispuestas, de medios de todo el globo, apuntando a la fachada de Palau, listas para comunicar a todo el mundo lo que pasaba ahí… Que más bien era poco, en ese momento. Catalunya se había ido de fin de semana. De hecho, hasta el propio Puigdemont lanzó un mensaje grabado desde Girona mientras él estaba comiendo con su familia en un restaurante de la misma ciudad. Entonces todo adquirió un aire algo confuso.

Ese fin de semana, el de 28 y 29 de noviembre, no sabíamos muy bien si éramos una República independiente o una Comunidad Autónoma intervenida. A parte del mensaje del President no hubo ningún signo de vida desde el Gobierno de Madrid. Pero sí que hubo una manifestación unionista el domingo convocada por Societat Civil Catalana. Según la Guardia Urbana fueron unos 350.000. Cuando terminó la concentración circularon, como ya suele ser triste costumbre en los actos unionistas, vídeos de manifestantes agrediendo a inmigrantes, a los medios de comunicación, provocando a los Mossos, haciendo saludos hitlerianos y alabando a Franco y hasta a Hitler.

De hecho, ese día tuve que desplazarme en tren hacia el Vallés, y el vagón iba lleno de manifestantes, muchos mayores y de edad avanzada. Pocos sonreían o comentaban la jornada entre ellos, y noté un par de miradas hostiles cuando le hablaba en catalán a mi esposa.

Entonces ya sí que no sabía si la República iba a tirar adelante o si realmente éramos una Comunidad Autónoma intervenida, pero sí que se podía notar que algo se había fracturado en la sociedad catalana.

El lunes fue un día de locos.

Por la mañana, en la reunión de equipo del trabajo, el jefe nos dijo que teníamos que estar alerta por lo que podía pasar, ya que algunos de nuestros clientes penden de la administración catalana y el hecho que la Generalitat esté intervenida quiere decir que los pagos pueden llegar tarde, o ya directamente no llegar. Y tampoco es consuelo que no seamos la única empresa con ese problema.

Y por la tarde saltó la alarma: Puigdemont estaba en Bélgica. Automáticamente las redes y los grupos de WhatsApp empezaron a sacar humo: que si nos ha traicionado, que si la república tenía que haberse defendido desde un principio, que si el Gobierno español oprime a nuestro gobierno legítimo hasta tal punto que tiene que irse al exilio… Todo era entre surrealista, desconcertante y hasta triste.

Ahí ya me di cuenta que la República nació prácticamente muerta: no fue más que unas cuantas horas de televisión y un papel con el timbre del Parlament. Pero eso no quiere decir que aún no nos estemos preguntando si fue real.

Al día siguiente, algo más tarde de las 12:30 Puigdemont dio la rueda de prensa desde Bruselas y desde la oficina estábamos todos pegados delante de la pantalla de televisión que preside la sala. A medida que avanzaba su declaración nos íbamos mirando entre nosotros, entre la incredulidad de tener un President en el exilio y con la convicción final de que, al menos por el momento, la República Catalana ha dejado de existir en Catalunya.

Al menos por el momento.

Marc Figuerola Delgado para euronews

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