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Ali Abdalá Saleh, víctima de sus propias contradicciones

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Ali Abdalá Saleh, víctima de sus propias contradicciones

Ali Abdalá Saleh, víctima de sus propias contradicciones
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Hijo de una familia campesina de la confederación tribal monárquica Hashid, sin estudios, bajito, de manera y lenguaje toscos. Ali Abdalá Saleh no parecía predestinado a presidir el Yemen.

33 años en el poder, que fueron, según sus propias palabras, como vivir en un nido de víboras.

Ali Abdalá Saleh nació el 21 de marzo de 1942 en una aldea próxima a Saná, la capital del país. A los 16 años, al igual que otros jóvenes sin recursos y con aspiraciones, se alista en el ejército del emirato de Yemen del Norte.

En 1962 participa en el alzamiento militar contra el imán y rey Muhammad al Badr, que dio lugar a una guerra civil de ocho años, ganada por los republicanos.

En 1974 se involucra en el golpe de Estado contra Abdul Rahman al-Iriani. Los dos presidentes posteriores son asesinados.

El 17 de julio de 1978 es proclamado presidente de la república por la Asamblea Popular Constituyente. Elige a hombres de confianza para los puestos clave del Ejército yemení y la seguridad. Poco después escaparía a un atentado y se impondría a una sublevación militar fusilando a una treintena de oficiales.

En 1990, la caída del bloque soviético permite la reunificación con Yemen del Sur, una república tutelada por Moscú desde la marcha de los británicos en 1967. Cuatro años más tarde reprime un intento de secesión del sur, en un conflicto breve y cruento que provocó entre ocho mil y 10.000 muertos, la mayoría del Sur además de enormes daños materiales.

En 1991, durante la Primera Guerra del Golfo, Saleh denuncia la ocupación iraquí de Kuwait pero apoya a Sadam Hussein. Paga muy cara su apuesta. Arabia Saudí expulsa a 800.000 trabajadores yemeníes, las monarquías del Golfo y algunos países occidentales suspenden ayudas y créditos.

En 1999, Saleh se convierte en el primer presidente elegido por sufragio directo con el 96% de los votos, frente a un único rival, salido de su propio partido.

Es reelegido en 2006.

El secreto de su éxito, combinar brutalidad con habilidad política. Juega con adhesiones tribales o el islamismo radical, a golpe de carteras ministeriales o subsidios. Su pragmatismo y destreza manipuladora le permiten la proeza de aliarse con Arabia Saudí, Irán y Estados Unidos.

En 2010, Washington le entrega 50 millones de dólares, 35 para ayuda al desarrollo. Pero el dinero es empleado para premiar a sus socios del momento. El Yemen, con 23 millones de habitantes, era en 2011 el país más pobre del Mundo Árabe. El paro alcanza al 35% de la población activa y llega hasta el 50% entre los jóvenes.

El petróleo se ha agotado. No hay agua, ni agricultura, ni industria. 

En lo que va de siglo XXI, Saleh se ha enfrentado a la insurrección chií del clan hutí en el norte, a los separatistas del sur, comunistas, y al aumento de la influencia islamista en los círculos del poder.

En 2011, la ola de la Primavera Árabe agita a la sociedad yemení de una forma inédita. Los ciudadanos se manifiestan sin sectarismos, piden democracia y justicia pacíficamente. Una rebelión difícil de silenciar.  Saleh alterna la masacre con promesas de reforma. El tres de junio de este mismo año resulta herido en un atentado contra el palacio presidencial. Va a Arabia Saudí a curarse las heridas. Un mes más tarde aparece con esta cara irreconocible en un vídeo. Asegura haber sido operado ocho veces. 

Abandonado por el Ejército yemení, que se une a los manifestantes, en noviembre de 2011 acepta un traspaso ordenado del poder a cambio de inmunidad por su brutal represión de la oposición. Un acuerdo negociado con el Consejo de Cooperación del Golfo (CGC) bajo la presión de Washington.

En diciembre de 2011, Ali Abdalá Saleh pide asilo en Estados Unidos para continuar su tratamiento médico, poniendo fin a 33 años de poder absoluto.