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Navidades sin luz en Puerto Rico

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Navidades sin luz en Puerto Rico

Un niño coloca una guirnalda de Navidad en las rejas de una ventana
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Pese al optimismo vital de los boricuas, Puerto Rico ha pasado las Navidades más tristes en muchos años.

Tres meses después del devastador paso del huracán María, las colas para recibir agua o bienes de primera necesidad siguen siendo habituales en localidades como Morovis, donde sus 30.000 habitantes siguen, aún hoy, privados de electricidad. Y es que, aunque las autoridades aseguran que el servicio se ha restablecido al 60 por ciento, lo cierto es que buena parte de la isla continua a oscuras.

En algunas zonas montañosas alejadas de la capital no tienen más luz que la del día. Difícil en esas condiciones disfrutar de la Navidad.

"Mi vida cambió drástica porque eso (el huracán) pasó fuerte. Tengo cuatro menores y una espera ayuda, pero nunca viene. Cuando estamos en estos sitios se olvidan de la gente", cuenta, aguantando las lágrima, Jennifer, una habitante de Maricao.

Los más afortunados han echado mano de las populares plantas, unos generadores alimentados por diesel cuyo ruido característico se ha hecho habitual en los últimos meses.

"Todavía no tenemos luz. A tres meses del huracán, nosotros vivimos sin luz, con planta eléctrica, y cuando no tenemos dinero para la gasolina, con baterías", nos dice Jenni en el salón de su casa de Yauco.

Pero ni esa situación consigue empañar la ilusión de los niños cuando llega Navidad. "Como nosotros nos quedamos sin árbol por lo del huracán, pues mi nena dibujó uno y dijo que lo pegaría en la pared para que así Santa Claus pudiera dejarle los regalos", dice Wilmary, con una mezcla de orgullo y tristeza en la voz. Ella vive junto a su marido y sus tres hijos en Morovis.

Este panorama ha sido la puntilla para la economía de la isla, en caída libre desde hace una década. Aunque no hay datos, se calcula que, cerca de 200.000 puertorriqueños se han marchado de la isla, la mayoría con dirección a Florida. Tras las fiestas llegará un 2018 al que los boricuas solo piden que no se parezca a 2017.