Los europeos han decidido que la COVID-19 ha terminado, ¿o no?

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Por Jorge Liboreiro
La mayoría de los países europeos han levantado todas las restricciones, y las mascarillas se limitan ahora al transporte público y a los centros sanitarios.
La mayoría de los países europeos han levantado todas las restricciones, y las mascarillas se limitan ahora al transporte público y a los centros sanitarios.   -   Derechos de autor  Adrienne Surprenant/The Associated Press.   -  

Ya es oficial: la COVID-19 ha quedado atrás, ¿o no?

Después de dos años dramáticos plagados de sobresaltos, ansiedad, caos, indignación, fatiga y, en su mayor parte, simple aburrimiento, los europeos parecen haber decidido pasar colectivamente de la pandemia letal que trastornó todos y cada uno de los aspectos de su vida cotidiana, desencadenó una crisis económica sin precedentes y transformó para siempre los hábitos profesionales y personales.

El continente se ha hartado de las restricciones a los viajes, los toques de queda en las ciudades, los cierres de negocios y los pasaportes con QR. Se ha quitado la mascarilla y ha entrado la música: el Carnaval de Venecia, el Festival de Glastonbury y el Oktoberfest de Múnich han vuelto, ansiosos por recuperar el tiempo perdido durante la hibernación.

El repentino cambio se hizo esperar: desde que la primera oleada de infecciones por coronavirus empezó a remitir a mediados de 2020, los europeos han estado esperando impacientemente la oportunidad perfecta para pasar página y borrar de su memoria todos los hisopos nasales.

Pero la ansiada transición se vio repetidamente secuestrada por la aparición de nuevas variantes de virus cada vez más contagiosas y el posterior restablecimiento de las medidas restrictivas, una dinámica intermitente que pronto produjo una sensación generalizada y desconcertante de déjà vu.

Cuando llegó la noticia de que la variante ómicron, altamente infecciosa, causaba en realidad síntomas relativamente leves y manejables, muchos vieron el final más cerca que nunca.

Envalentonados por el éxito de la vacunación, los países europeos empezaron a eliminar gradualmente las normas, los controles y las regulaciones hasta que se convirtieron en algo marginal y, en algunos casos, simbólico.

España, uno de los países más afectados por la pandemia, ha derogado el decreto de dos años que imponía el uso obligatorio de mascarillas en espacios exteriores e interiores, relegando la práctica sólo al transporte público y a los centros sanitarios.

Austria derogó su normativa denominada 3G (vacunado, recuperado o testado) para entrar en restaurantes, bares y discotecas, mientras que Francia suprimió por completo su pase verde, una iniciativa pionera que inspiró a otros países a seguir su ejemplo, pero que provocó semanas de descontento popular.

Alemania, Bélgica, Países Bajos, Suecia, Polonia, Rumanía, Hungría, Irlanda y Reino Unido también se movilizaron para eliminar todas o la mayoría de las restricciones.

Dinamarca dio un paso más al convertirse en el primer país europeo en suspender su programa de vacunación contra la COVID-19, argumentando que la cobertura de vacunación -más del 82% de la población ha sido inoculada dos veces- es suficiente para contener la pandemia en su fase actual.

"Estamos en un buen momento. Ha llegado la primavera y tenemos un buen control de la epidemia, que parece estar remitiendo", dijo Bolette Søborg, directora de la unidad de la Junta Nacional de Salud del país.

La autoridad danesa tiene previsto reanudar el programa de nuevo en otoño, cuando se espera que los contagios aumenten y puedan propagarse nuevas variantes.

La serie de acontecimientos llevó a la Comisión Europea a declarar que la pandemia había entrado en un nuevo capítulo, en el que el recuento de todos los casos resultaba irrelevante. En lugar de realizar pruebas masivas, el ejecutivo recomendó que los países se centraran en muestras específicas y fiables para detectar nuevas variantes.

"Estamos entrando en otra fase de la pandemia", dijo Stella Kyriakides, Comisaria de Sanidad de la UE, a finales de abril. "Una nueva fase que requiere que nos replanteemos cómo gestionar el virus".

Kyriakides animó a seguir con la campaña de dosis de refuerzo y señaló que más de 90 millones de ciudadanos de la UE siguen sin vacunarse.

"Se ha conseguido mucho, pero la preparación y la resistencia estructural son fundamentales", añadió.

En concreto, la Comisaria dijo que se calcula que entre el 60 y el 80% de la población del bloque se ha infectado por el virus en algún momento de los últimos dos años.

Los límites de la resistencia humana

Estas cifras plantean la cuestión de cuánta tolerancia les queda a los europeos para hacer frente a una enfermedad que ha alcanzado tal grado de omnipresencia en su vida cotidiana.

Los Gobiernos se han dado cuenta de la escasa voluntad de los ciudadanos para soportar la carga de las restricciones, una constatación que se ha hecho evidente por la rapidez con la que los países se han movido para levantar las medidas excepcionales tan pronto como la ola de ómicron alcanzó su punto máximo en enero.

Los medios de comunicación también parecen tener prisa por dejar atrás el virus y cambiar de tema.

La pandemia ha sido apartada de la primera plana para dar paso a la invasión rusa de Ucrania, las sanciones internacionales y la subida de los precios de la energía. Google Trends muestra un descenso constante del interés por el término "COVID-19" en los principales países europeos.

Pero este esfuerzo conjunto por empezar de nuevo esconde dos verdades incómodas.

En primer lugar, la pandemia no ha terminado. Los europeos siguen sucumbiendo a la enfermedad a diario, aunque los hospitales ya no estén desbordados (en abril se registraron más de 13.000 muertes).

En Asia, ómicron está causando estragos, con China imponiendo una estrategia draconiana de COVID cero que está encendiendo la ira del pueblo y perturbando las cadenas de suministro mundiales. Y en todo el mundo, la desigualdad en materia de vacunas sigue siendo alarmante: sólo el 15% de las personas de los países de bajos ingresos han recibido la primera dosis.

"Aunque los casos y las muertes notificadas están disminuyendo en todo el mundo, y varios países han levantado las restricciones, la pandemia está lejos de terminar, y no terminará en ninguna parte hasta que se termine en todas partes", dijo el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Gebreyesus, a principios de marzo, cuando se cumplían dos años desde que el organismo internacional definió la COVID-19 como pandemia.

La segunda verdad que se esconde bajo esta repentina transición es el hecho de que algunas personas no están dispuestas ni preparadas para dejar atrás el virus, al menos no tan rápido. En algunos casos, el trauma de vivir dos años en un estado de alarma constante puede resultar entorpecedor, a pesar de que el panorama general da motivos para el optimismo.

Francois Mori/ The Associated Press
Muchos europeos siguen luchando contra los efectos mentales a largo plazo de la pandemia, aunque los Gobiernos hayan eliminado la mayoría de las restricciones.Francois Mori/ The Associated Press

"La impresión general es que la gente está pasando página muy rápidamente y se comporta como si el COVID ya no existiera. Sin embargo, creo que este tipo de visión amplia no es común en todo el mundo", dijo a Euronews Carmine Pariante, profesor de psiquiatría biológica del King's College de Londres.

"El nivel de ansiedad de la población ante la COVID sigue siendo muy alto. Hay mucha gente que sigue teniendo dificultades para socializar en grupo, para ir a restaurantes, para ir a lugares concurridos. Y aunque lo hagan, sienten mucha ansiedad por ello. Así que la normalización será progresiva".

La salud mental ha sido una de las principales víctimas del virus. En el primer año de la pandemia, la prevalencia mundial de la ansiedad y la depresión aumentó en un sorprendente 25%, según un informe científico publicado en marzo por la OMS.

La organización cita el "estrés sin precedentes provocado por el aislamiento social" como motor de esta preocupante tendencia, junto con la soledad, el miedo a la infección, el dolor tras el duelo, los problemas económicos y, en el caso de los trabajadores esenciales, el agotamiento físico.

Los expertos advierten que estas cicatrices en la salud mental serán a largo plazo y de gran alcance, y persistirán en nuestras sociedades mientras las infecciones sigan retrocediendo. Corresponderá a los gobernantes decidir la importancia -y, sobre todo, la inversión- que conceden al virus y a sus efectos en los próximos años.

Estas decisiones políticas determinarán a su vez la rapidez con la que la conciencia colectiva se aleja de la mortal enfermedad y entra en la era post-COVID, dijo Pariante.

"Si los líderes [nacionales] excluyen por completo la COVID-19 de la agenda, creo que se olvidará también", señaló el profesor.

"Pero habrá muchas personas vulnerables que se verán afectadas por las consecuencias de la pandemia durante mucho tiempo, aunque la sociedad en general se recupere".

Fuentes adicionales • Juan Carlos de Santos (versión en español)