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Cooperantes de la ONG española Open Arms se disponen a rescatar a una embarcación abarrotada de personas a 122 millas de la costa libia el 12 de febrero de 2021.
Cooperantes de la ONG española Open Arms se disponen a rescatar a una embarcación abarrotada de personas a 122 millas de la costa libia el 12 de febrero de 2021.   -   Derechos de autor  AP Photo/Bruno Thevenin

Guardacostas libios, PCR y olas de 4 metros: crónica del rescate de 146 migrantes en plena pandemia

Este es el relato de dos semanas de incertidumbre, espera, y rescates a bordo del barco de la ONG española Open Arms en un Mediterráneo hostil entre Malta y Libia.

“En esas plataformas petrolíferas empieza el infierno de Libia”.

Esta frase la pronuncia Marc Reig, el capitán del Open Arms, al vislumbrar en el horizonte las cuatro monstruosas estructuras que se alzan a unas 80 millas náuticas de la costa de Trípoli. La imágen es aterradora, dos pares de esqueletos metálicos sobresalen del mar y escupen fuego al aire iluminando un escenario apocalíptico al que muchas veces llegan, guiadas por la luz, algunas pateras que creen haber alcanzado suelo italiano.

Nada más lejos de la realidad, se trata de los centros de extracción de petróleo y gas de Mellitah, participados por la Compañía Nacional Petrolera libia y la petrolera italiana ENI. Libia quiere resucitar la producción de petróleo de la era Gadafi, cuando se generaban 1,6 millones de barriles de crudo diarios.

La frase de Reig tiene doble sentido, el primero es geográfico y el segundo, más bien simbólico.

Desde 2011, dos guerras civiles han azotado el país: la primera tras la caída del dictador Muamar el Gadafi, la segunda, que comenzó en 2014 y todavía sigue en curso, por el control de los combustibles. Un conflicto que convierte Libia en un territorio inestable liderado por un número de milicias fuera de control.

Por eso, los puertos de Libia no son seguros, así lo certifican Naciones Unidas y la Organización Mundial para las Migraciones.

Pablo Ramiro para Euronews
Marc Reig, capitán del Open Arms, observa las plataformas petrolíferas de Mellitah en el Mediterráneo central.Pablo Ramiro para Euronews

Los rastros de humo de los rescates de la Guardia Costera libia

Es 7 de febrero por la mañana y el Open Arms lleva cinco días de navegación cuando avista una estructura flotando a la deriva: se trata del casco calcinado de una embarcación.

La Guardia Costera libia quema las barcas de los migrantes a los que rescata, una práctica poco ortodoxa y que puede ocasionar problemas a otros barcos al quedarse los restos semihundidos.

La estructura ennegrecida flotando en el mar crea un paisaje desolador.

Es un día tranquilo, sin apenas oleaje. A las 12 de la mañana, el barco de rescate recibe una notificación por correo electrónico del MoonBird, el avión de la ONG SeaWatch que localiza embarcaciones a la deriva en el Mediterráneo y manda las coordenadas a las autoridades nacionales y a las ONG.

Se trata de una patera en muy malas condiciones a unas 50 millas de la costa libia.

El Open Arms emprende el rumbo a la posición indicada, sin saber si los guardacostas libios ya han llegado o tienen intención de hacerlo. El canal de comunicación es el mismo (el 16 de la radio), pero los guardacostas libios no suelen informar de su actividad, no lo han hecho en nigún momento en esta misión, y desde la ONG aseguran que es la tónica general.

Si estos han decidido acudir a la llamada de rescate, llegaran antes que el Open Arms: el barco de la ONG puede navegar a unos 8 nudos, mientras la Guardia Costera libia, con naves cedidas por Italia como la Fezan 658, alcanza más de 20 nudos.

Coordinada, entrenada y financiada por la Unión Europea, la Guardia Costera libia rescata a los migrantes y los devuelve al país del norte de África, precisamente el destino del que muchos estaban huyendo o al que tratan de eludir por todos los medios, llegando incluso a saltar de los barcos libios si ven una ONG de rescate cerca.

La Organización Mundial para las Migraciones denuncia estas devoluciones frecuentemente, al considerar Libia un puerto no seguro.

La estrategia del Open Arms para aligerar el paso y ganar tiempo a los guardacostas libios es lanzar al agua a su equipo de rescate a bordo de sus dos lanchas. La “Fer” y la “Echo 1” son embarcaciones semirrígidas con dos motores de 115 caballos cada uno, ambas pueden bajarse al mar mediante dos grandes grúas sin necesidad de detener el barco.

En esta ocasión no llegan a tocar el mar. El MoonBird comunica al barco de salvamento español que la Guardia Costera libia ha subido a bordo a todas las personas de la embarcacion. Luego la ha prendido fuego.

Ocho días después, llega un nuevo aviso: la ONG AlarmPhone, encargada de registrar y localizar llamadas de ayuda del Mediterráneo, acaba de mandar una notificación.

Esta vez, la embarcación se encuentra a la deriva a unas 24 millas de la costa Libia. Demasiado cerca. Una distancia a la que el Open Arms no se aproxima.

Las ONG del Mediterráneo trabajan siempre dentro de la zona de rescate SAR de Malta y solo acuden a rescatar a la zona SAR libia cuando son la embarcación más cercana.

El convenio SAR dividen mares y océanos en zonas de salvamento. Cada país tiene asignada una de estas áreas y es el encargado de coordinar las operaciones de rescate que tengan lugar en ellas. Estas divisiones, sin embargo, están establecidas sobre aguas internacionales, y no implican que la zona pertenezca al país asignado.

En este caso, la embarcación con migrantes estaba cerca de aguas territoriales libias, a unas 18 millas de la costa.

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Mapa con las zonas de rescate SAR en el Mediterráneo.Euronews
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Los puntos de las operaciones de rescate del Open Arms en febrero 2021.Euronews

Desde el puente de mando del Open Arms, tratan de contactar con la Guardia Costera libia que, después de unas 20 llamadas por radio en árabe e inglés, solo contesta una vez, para pedir las coordenadas exactas, pero no informa de cual es su intención - o si lo hace, los problemas de conexión impiden la recepción.

El silencio reina en el puente de mando.

La decisión es difícil, acercarse a las 12 millas, a aguas territoriales libias supone poner en peligro a toda la tripulación del barco. No hacerlo, podría costarle la vida a las decenas de personas a la deriva en una embarcación en malas condiciones si la Guardia Costera libia no acude al rescate.

El Open Arms zarpa en su encuentro, pero no hay nada en la posición indicada. Más tarde, la tripulación ve noticias en las redes sociales relativas a un rescate que coincide con el aviso. La Guardia Costera libia había llegado antes otra vez.

Pablo Ramiro para Euronews
Albert Mayordomo, jefe de la misión 80, revisa el correo electrónico durante una guardia en el puente de mando por si hubiera alguna alerta.Pablo Ramiro para Euronews

Es 10 de febrero, el mar está en calma, la tripulación del barco de la ONG lleva más de una semana sin realizar ningún rescate y el pronóstico meteorológico es desfavorable para los días siguientes.

Esto puede significar tres cosas:

La primera, que las pequeñas barcas de inmigrantes hayan sido rescatadas por la Guardia Costera libia.

La segunda, que ninguna embarcación haya partido.

La tercera y menos deseable, que nadie las haya encontrado.

El personal dentro del barco empieza a impacientarse, si en 15 días no hay rescate, tendrán que volver a Barcelona. Los altibajos empiezan a hacer mella en la tripulación, que empieza a digerir la idea del final de la misión.

Pablo Ramiro para Euronews
Atardecer desde una claraboya del Open Arms.Pablo Ramiro para Euronews

Encuentros y desencuentros con la Guardia Costera libia

Es 12 de febrero por la mañana cuando el Open Arms recibe un nuevo aviso. A 122 millas náuticas de la costa libia, en la zona de rescate maltesa, el avión de la ONG de pilotos voluntarios Pilotes Volontaires, el Colibri 2, divisa una embarcación de madera con 40 personas a bordo.

Cuando el barco se encuentra a unas dos horas de navegación del punto indicado, baja las dos lanchas semirrígidas. Empieza una travesía muy compleja.

Después de navegar varias millas, la Echo 1 pierde un motor y se ve obligada a reducir la marcha y a hacer de nexo de comunicación por radio entre el barco madre (el Open Arms) y la otra lancha de rescate.

Pero las dificultades no terminan ahí, solo acaban de empezar.

- “Fer a Echo 1, la patrullera libia se ha puesto en nuestro través de estribor y nos está siguiendo”, comunica por radio Albert Roma, el patron de la Fer.

Una embarcación de la Guardia Costera libia está interfiriendo en la operación de rescate y obliga a detenerse a los socorristas.

- “Open Arms desde Fer, nos acercamos a la patrullera por órdenes suyas”, confirma Roma por radio.

La imagen es amenazante: la Fezzan 658, una fragata cedida por Italia a la Guardia Costera libia, se cruza en el camino de los socorristas.

- “Sabéis que esto son aguas libias”, grita un hombre desde el barco en inglés. No es cierto, a 122 millas de la costa de Libia la competencia de rescate es de las autoridades maltesas.

Minutos después la fragata se aleja de la lancha de la ONG, pero empieza una suerte de persecución que dura aún varios minutos hasta que el barco de los guardacostas libios desiste y emprende otro rumbo, al encuentro de la otra embarcación de la ONG.

La operación se repite: se acercan, amenazan y desisten.

Los desencuentros con la guardia costera libia han sido la tónica general en esta misión.

Sobre las 20 horas del 12 de febrero, las dos lanchas de rescate empiezan a evacuar a las personas a bordo de la patera. Cuarenta migrantes viajan en una embarcación de poco más de unos 12 metros de eslora.

Sorprende la distancia a la que son capaces de llegar estas pequeñas barcas con poco más que un antiguo GPS y varios bidones de combustible.

A bordo, entre la multitud, se encuentra Ludovic Ndomkeu. Su rostro es redondo y risueño, aunque no sonríe abiertamente hasta al final de esta historia, cuando divisa la costa italiana, como muchas de las otras personas rescatadas con él.

Solo tiene 15 años y lleva 6 meses de viaje. No tiene zapatos, ni equipaje más allá de su teléfono móvil.

Nos cuenta que huyó de su país natal Camerún porque allí era objeto de violencia, por "su orientación", dice textualmente, pero se niega a aportar más detalles, por ahora todavía desconfía de su interlocutor.

Ludovic no puede contener las lágrimas al pisar el Open Arms. Se acerca a la tripulación y pregunta "¿español?", cuando dice dos o tres palabras en ese idioma los allí presentes elogian su pronunciación y se sonroja.

Sus sueños son muy austeros, sus ilusiones dolorosamente realistas: quiere trabajar en un 'call center' para recibir y hacer llamadas. Por eso se ha dedicado a aprender idiomas de forma autodidacta. Gracias a un traductor de textos gratuito de internet, Ludovic chapurrea alemán y entiende bien español e inglés.

Junto con este camerunés adolescente, otras 40 personas fueron rescatadas y llevadas al Open Arms. El ambiente a bordo se tiñó de celebración durante unas horas, pero apenas hubo tiempo para descansar.

Pablo Ramiro para Euronews
Varios miembros de la tripulación y voluntarios del Open Arms durante un descanso.Pablo Ramiro para Euronews

El día 13 por la mañana, Albert Mayordomo, jefe de misión, se acerca a los socorristas: “chicos tenemos otro aviso”.

La embarcación está muy lejos, a más de 70 millas, a casi ocho horas de navegación al ritmo medio del Open Arms. Además, se avecina un temporal a la zona que podría complicar la operación y minar la resistencia física y mental de las 40 personas rescatadas, que llevan más de 24 horas en el mar.

A pesar de todo, el Open Arms decide emprender el camino, si la Guardia Costera libia o las autoridades maltesas no actuan, la vida de las 100 personas que viabajan a bordo quedará sentenciada.

Al atardecer, las dos lanchas vuelven a depositarse en el mar y establecen contacto visual con la embarcación.

Pablo Ramiro para Euronews
Carlos Guardiola y Daniel Pedrini, socorristas voluntarios de Open Arms, en la lancha de rescate Echo 1 de camino a un rescate.Pablo Ramiro para Euronews

Sentados a horcajadas en los flotadores, sus piernas cuelgan por un lado de la patera mientras las olas hacen desaparecer sus pies a medida que empeora el temporal, unas 106 personas viajan hacinadas en una lancha neumática gigante.

A mitad del operativo de rescate, la Guardia Costera libia vuelve a aparecer. La fragata recrimina por radio al Open Arms estar en aguas libias, pero la operación está teniendo lugar 11 millas dentro de la zona de salvamento de Malta.

Los guardacostas libios se limitan a observar. Mientras tanto, con una de las dos lanchas, con un solo motor y en un mar cada vez más movido, el operativo se complica.

Olas de hasta cuatro metros dificultan el transporte de las personas hasta el Open Arms, subirlas a bordo exige una precisión casi milimétrica.

En un golpe de mar, una de las dos embarcaciones se llena de agua cuando solo quedan por subir una niña de cinco años y su madre, la situación se vuelve crítica, pero el patrón, Albert Roma, consigue maniobrar para evitar una tragedia.

Pasan unas 24 horas hasta que las autoridades italianas asignan al Open Arms un puerto para desembarcar. Y, aunque la alegría a bordo fue palpable, quedan aún tres largos días de navegación con unas condiciones climáticas desfavorables, que hacen que la travesía sea especialmente dura.

Hay más olas de 4 metros, bajas temperaturas y agua entrando por los cuatro costados del barco: la vida en cubierta es incómoda; los vómitos y mareos, constantes.

“¡Water please, ¿qué idioma hablas, español?!”, sentado en el suelo de madera y cubierto con una manta y un fino traje azul de hospital que cambió por la ropa mojada con la que había embarcado en el Open Arms, Maurice Echambi, camerunés de 40 años, enumera la lista de los idiomas que puede hablar para comunicarse con uno de los voluntarios que hace guardia en la cubierta vestido con un Equipo de Protección Especial (EPI) frente a la COVID-19.

Antes de desembarcar, dejando atrás la tensión del viaje, cuenta su historia: “En mi país hay muchos problemas. Hay una guerra entre dos regiones y hemos perdido muchas cosas allí. Por eso vengo para buscarme la vida, ver si puedo tener un trabajo y ayudar a mi niño, mi familia, mi madre”, enumera.

La alegría por el desembarco en el puerto Empedocle, en Sicilia, queda teñido por la sombra de la pandemia.

"La buena noticia es que las 146 personas rescatadas han dado negativo en el test [...] Por nuestra parte, y pese a que ninguno miembro de la tripulación ha dado positivo, las autoridades italianas nos obligan a hacer una cuarentena de dos semanas sin poder entrar o salir del barco", lamenta Juanfe Jiménez, médico de la ONG.

La Cruz Roja italiana realizó un test de antígenos a todos los migrantes rescatados antes de desembarcar, ninguno dio positivo, pero el aislamiento es un requisito obligatorio, independientemente de los resultados.

Muchos descalzos, cubriéndose los pies con bolsas de plástico, descienden uno a uno la pasarela al puerto italiano. La estancia de los migrantes rescatados en tierra va a ser corta, un autobús les lleva a otro barco en el que, fondeados a unas cuatro millas de la costa italiana, esperan sentandos otra vez el inicio de una nueva vida, esta vez no a la deriva del Mediterráneo, sino de la pandemia.