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Después del carbón, la UE se enfrenta al dilema de prohibir el petróleo y el gas rusos

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Por Jorge Liboreiro
gaseoducto
gaseoducto   -   Derechos de autor  Dmitry Lovetsky/Copyright 2019 The Associated Press. All rights reserved.

La Unión Europea se ha atrevido a romper un tabú que hace unos meses habría sido impensable: abrir la puerta a prohibir los combustibles fósiles rusos, los preciados suministros de los que tanto depende el bloque. Aunque por ahora tan solo ha sido al carbón.

La radical medida se introdujo después de que los dirigentes se enfrentaran a brutales imágenes de las matanzas indiscriminadas en Bucha, un suburbio cercano a Kiev. La masacre desencadenó una protesta internacional y suscitó las más graves acusaciones de crímenes de guerra formuladas contra Moscú, que negó enérgicamente cualquier implicación.

Ante los horrores de Bucha, los Estados miembros decidieron autoimponerse un plazo de 120 días para eliminar por completo las importaciones de carbón ruso. Esta medida pretendía complementar las anteriores rondas de sanciones y ayudar a paralizar la maquinaria bélica del Kremlin: la venta de combustibles fósiles representa la principal fuente de ingresos de Rusia, ya que contribuye a más del 40% del presupuesto federal.

Pero aunque el anuncio de Bruselas recibió elogios, rápidamente quedó eclipsado por la inacción contra las dos exportaciones más rentables de Moscú: el petróleo y el gas.

El año pasado, las compras de carbón ruso por parte de la UE ascendieron a 5.160 millones de euros, una cifra que palidece en comparación con los 71.000 millones de euros gastados en petróleo y los 16.300 en gas. La escasez de energía que acosa al continente desde finales del verano ha inflado aún más la abultada factura energética. Según Bruegel, un centro de estudios económicos con sede en Bruselas, la UE paga actualmente a Rusia 450 millones de euros por su petróleo y 400 millones de euros por su gas a diario.

Josep Borrell, responsable de la política exterior de la UE, denunció el asombroso gasto ante el Parlamento Europeo, recordando a los eurodiputados que el bloque ha gastado 35.000 millones de euros en combustibles fósiles rusos desde que comenzó la guerra de Ucrania y sólo 1.000 millones en ayuda exterior destinada a las autoridades de Kiev.

Algo en lo que insisten Polonia y los países bálticos, que llevan semanas liderando la campaña pública para recortar radicalmente la energía rusa, argumentando que el embargo es la única forma de infligir un daño real al presidente Vladimir Putin y obligarle a negociar un alto el fuego.

Al otro lado de la mesa, Alemania, Austria y Hungría, que dependen en gran medida de los combustibles rusos, han manifestado su preocupación por un embargo total. El canciller alemán, Olaf Scholz, advirtió que un corte repentino sumiría a "toda Europa en una recesión", mientras que el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, prometió vetar cualquier intento de imponer una prohibición energética porque, en su opinión, "mataría" a su país (Hungría sí votó a favor de la prohibición del carbón).

Pero como Moscú no da señales de renunciar a la invasión y los informes que revelan la brutalidad de la guerra siguen apareciendo e indignando a los ciudadanos, la UE se está dando cuenta de que el debate fundamental no puede seguir posponiéndose. La extraordinaria unidad política lograda entre los 27 Estados miembros para hacer frente a la agresión de Putin se enfrenta ahora a su mayor prueba.

La prohibición del petróleo y la geopolítica del mercado

Rusia es el tercer productor mundial de petróleo, por detrás de Estados Unidos y Arabia Saudí, y produce unos 10,1 millones de barriles diarios (bpd) de crudo. Europa es, con mucho, su principal cliente: el continente compra cada día 2,4 millones de barriles de crudo, junto con 1,4 millones de bpd de otros productos refinados. Sólo Alemania y los Países Bajos consumen 1,1 millones de bpd.

Esto convierte a Rusia en el principal proveedor de petróleo de la UE, con más del 25% de las importaciones totales y un gasto de más de 70.000 millones de euros en 2021.

El oleoducto Druzhba, un enorme conducto operado por el gigante ruso Transneft y controlado por el Estado, transporta más de un millón de barriles diarios directamente a las refinerías de Polonia, Hungría, Eslovaquia, República Checa, Austria y Alemania, que convierten el oro negro en diésel, nafta, gasolina y lubricantes. El oleoducto existe desde la década de los 60 y ha fomentado un alto grado de interdependencia entre las dos partes, que dependen de un suministro continuo y regular para mantener el negocio.

Pero Druzhba, que irónicamente significa "amistad", no es la única puerta que tiene la UE para recibir a sus proveedores. El bloque recibe la mayor parte de las importaciones de petróleo a través de sus puertos, como Rotterdam y El Havre, donde los petroleros descargan miles de barriles de crudo y toneladas de productos refinados.

Si la UE decidiera cortar el petróleo ruso, estos puertos serían clave para sortear los oleoductos físicos y garantizar que el suministro siga fluyendo tras el embargo.

"Hay unas cuantas refinerías asentadas en este oleoducto [Druzhba] que deberían ser las más expuestas a un cese de los flujos de Rusia", dice a Euronews Ben McWilliams, analista de investigación de Bruegel.

"Mientras que algunas de las otras refinerías que están en los puertos lo tendrán más fácil para reemplazar las importaciones de petróleo ruso porque, en lugar de un barco que trae el crudo de Rusia, tienes un barco que trae el crudo de Oriente Medio. Y con algunas limitaciones, se puede sustituir el crudo de esta manera".

El bloque tendría que aprovechar su poder como mercado único rico para asegurarse los suministros necesarios de otras naciones productoras de petróleo, como Noruega, Argelia, Nigeria, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), para compensar la enorme pérdida de petróleo ruso.

Sellar estos acuerdos podría resultar difícil, ya que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), junto con Moscú, ha estado limitando la producción desde el inicio de la pandemia de la COVID-19, alegando que la demanda mundial sigue siendo inestable y está bajo la presión del virus.

"Hasta ahora, los países de la OPEP no están aumentando la oferta a un ritmo mayor que antes de la guerra, lo cual es, desde una perspectiva económica, bastante extraño, dado que los precios superan los 100 dólares por barril", dice McWilliams.

"Es probable que esto se deba en gran medida a otras razones geopolíticas y a que no hay grandes relaciones, en particular con Estados Unidos y los saudíes y los Emiratos Árabes Unidos, relacionadas con lo que ocurre en la guerra de Yemen, lo que significa que es menos probable que ayuden a Estados Unidos y a sus aliados".

La OPEP ya ha advertido que un embargo del petróleo ruso crearía una enorme conmoción en el mercado comparable a la crisis energética de los años 70, que provocó un largo y doloroso periodo de estanflación en Occidente.

"Podríamos ver potencialmente la pérdida de más de siete millones de barriles diarios de las exportaciones de petróleo y otros líquidos rusos", dijo el secretario general de la OPEP, Mohammad Barkindo, a funcionarios de la UE en una reciente reunión en Viena, según una copia de su discurso vista por Reuters.

"Teniendo en cuenta las perspectivas actuales de la demanda, sería casi imposible sustituir una pérdida de volúmenes de esta magnitud".

Las difíciles circunstancias han dado lugar a ideas intermedias que no llegan a ser un embargo total pero que, sin embargo, exprimirían las arcas del Kremlin.

Entre las últimas propuestas debatidas por los Estados miembros está la posibilidad de imponer un arancel a las importaciones de petróleo ruso, una carga que reduciría la demanda en todo el bloque y obligaría a las empresas rusas a vender barriles a precios reducidos.

Mientras el debate político sigue estancado, el sector privado está tomando cartas en el asunto. Algunas de las principales compañías petroleras europeas, como Shell, BP, TotalEnergies y Neste, han iniciado el proceso para desprenderse del petróleo ruso, temiendo el daño a su reputación y las represalias por las sanciones occidentales.

La prohibición del gas y los límites de la diversificación

La desalentadora tarea de prohibir el petróleo ruso y todas sus temibles consecuencias se ven rápidamente empequeñecidas por el mayor dilema de prohibir el gas ruso. El año pasado, la UE importó 155.000 millones de metros cúbicos (bcm) de gas ruso, con lo que cubrió aproximadamente el 40% del consumo del bloque. A diferencia del petróleo, cuyo suministro se transporta fácilmente de puerto a puerto, la mayor parte del gas ruso llega a la UE a través de una red de gasoductos subterráneos y de superficie.

Muchos Estados miembros se han acostumbrado a esta gran infraestructura. En países como Alemania, Austria, Finlandia, Hungría y Bulgaria, Rusia goza de una posición dominante como principal o único proveedor de gas. Alemania tiene acceso directo a Nord Stream, un gasoducto que aporta más de 55 bcm al año.

Esta arraigada dependencia ha empujado a la UE hacia una alternativa más cara, el gas natural licuado (GNL), que requiere sofisticadas terminales que transformen el líquid de nuevo en gas. Estados Unidos, Qatar, Australia, Nigeria, Argelia, Malasia, Indonesia y Rusia son los principales exportadores.

Al aumentar las tensiones en la frontera con Ucrania en las semanas previas a la invasión, el bloque comenzó a aumentar sus compras de GNL, batiendo récords históricos en términos de volumen. Un reciente acuerdo político entre la UE y EE.UU. proporcionará al bloque 15.000 millones de metros cúbicos más de GNL fabricado en Estados Unidos. El acuerdo se basa en otra hoja de ruta presentada por la Comisión Europea que pretende comprar 50.000 millones de metros cúbicos para finales de 2022.

Pero estos ambiciosos planes están diseñados para reducir gradualmente la dependencia de la UE del gas ruso, no para abolirla de la noche a la mañana. Distribuir tanto GNL entre 27 países podría resultar complicado desde el punto de vista logístico: las terminales de GNL del bloque están distribuidas de forma desigual, con la mayoría concentrada en naciones costeras como España e Italia, dejando a los países del interior de Europa Central y Oriental desvinculados del sistema.

"Desde el comienzo de la guerra, el mercado europeo del gas ha estado muy restringido", dice a Euronews Zongqiang Luo, analista de la consultora Rystad Energy.

"Todas las terminales de regasificación de Europa están funcionando casi a pleno rendimiento. Especialmente en los últimos meses, el índice de utilización fue del 100% o cerca del 95% para el uso de las terminales de gas".

Además de una capacidad de procesamiento limitada, la UE tiene que hacer frente a una feroz demanda internacional de GNL. Mientras que el consumo de gas de gasoducto del bloque representa más del 75% del mercado mundial, la cuota se reduce al 16% cuando se trata de GNL, según la Comisión Europea.

Luo cree que la UE podría superar esta desventaja si ofrece un "precio muy elevado" que pueda convencer a los compradores asiáticos de revender sus suministros a sus competidores europeos. Sin embargo, señala el experto, seguiría siendo "realmente difícil" para la UE satisfacer sus necesidades de almacenamiento de gas sin ningún gasoducto ruso.

"Se puede ver que la Unión Europea está buscando otras alternativas de gasoductos, como el gas africano de Argelia y también los suministros de gas de Azerbaiyán y, por supuesto, Noruega", cree Luo.

Pero el repentino impulso a la diversificación sólo bastaría para compensar la mitad de los 155 bcm de gas que el bloque recibe de Rusia, advirtió McWilliams. Por tanto, los gobiernos se verían obligados a"pedir la colaboración de los hogares"para reducir considerablemente la demanda de los consumidores.

"Es posible ahorrar algo de gas encendiendo ligeramente la calefacción y siendo sensatos con el uso de la energía. También habrá que hablar con la industria, y algunas de ellas tendrán que cerrar durante un tiempo para conseguirlo", dijo McWilliams, quien insinuó que algunos países tendrían que replantearse su abandono de la energía nuclear.

El cese de la producción, que ya se ha producido en algunos sectores debido al aumento de la factura eléctrica, precipitaría una drástica desaceleración económica y posiblemente una recesión, la tercera de la UE en los dos últimos años.

Goldman Sachs calcula que un embargo total del gas ruso podría provocar un desplome del PIB de la eurozona de 2,2 puntos porcentuales este año, anulando todo el crecimiento del 2,5% de su previsión actualizada.