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Francia: ¿La tierra prometida?

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Francia: ¿La tierra prometida?

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El año pasado, 66.000 personas obtuvieron la nacionalidad francesa, una cifra muy inferior a la del ejercicio anterior. Sin embargo, Francia sigue atrayendo a los extranjeros, pese a que el gobierno ha puesto en práctica una política migratoria cada vez más restrictiva.
 
Alexandra Gartu es rumana. Está embarazada de su pareja, Florent. Y ambos esperan un niño para el mes de abril. Hoy cumple 26 años y además lo hace como ciudadana francesa.
  
“Llegó un momento en el que decidí pedir la nacionalidad”, explica. “Me parecía lógico. Vivo aquí, estoy al tanto de lo que ocurre y las cosas me afectan como a los demás. Así que inicié el proceso de regularización. En principio debía ser muy simple, pero nada más comenzar, el organismo que gestionaba mi demanda se equivocó con un papel y tuve que empezar de nuevo. Cuando pedí una cita, tardaron tres meses en responderme, así que todo el proceso duró más de lo previsto. Pero ahora estoy muy contenta de haber obtenido la nacionalidad francesa justo antes de que nazca nuestra hija”. 
 
Alexandra ha tenido que esperar dos años para obtener la naturalización. Llegó a Francia hace siete para terminar sus estudios superiores. Es ingeniera. Y aunque podría haberlo hecho, no ha querido casarse con Florent sólo para obtener su pasaporte francés.
 
Pese a que los inmigrantes del este han aumentado, el 60% de los extranjeros que piden la nacionalidad francesa vienen de África. Y de ellos, el 40% proceden del Magreb. El pasado colonial juega un papel trascedental en estos datos.
 
“Ha sido muy emocionante”, continúa Alexandra tras acudir a la Prefectura para recoger su nuevo pasaporte. “La gente sonreía de felicidad. Pero no sé si es por haber conseguido finalmente la nacionalidad o porque a partir de ahora pueden olvidarse de todo el papeleo”.  
 
Efectivamente, los trámites administrativos son una pesadilla. Los extranjeros que no pertecen a la Unión Europea deben renovar cada año su tarjeta de residencia. Hoy la cola es relativamente corta, pero estamos en febrero y el termómetro marca diez grados bajo cero. Con este frío, la espera es un suplicio, para muchos, humillante.  
 
“Estamos aquí para renovar nuestras visas”, dice un magrebí que prefiere permanecer en el anonimato. “Llegamos hace horas para entrar los primeros, pero seguimos aquí. Hace un tiempo horrible y estamos muy cansados.”
 
“Hay que coger un ticket en el interior”, prosigue. “El problema es que sólo reparten cien por día. Hay veces que llegas a las ocho de la mañana, te pasas cuatro horas esperando y luego te tienes que dar media vuelta porque cierran la ventanilla. Entonces tienes que volver al día siguiente y escaparte otra vez de tu trabajo. No sólo perdemos tiempo, también perdemos dinero”
 
“Yo vine ayer y me dijeron que me faltaban unas fotocopias”, añade uno de sus compañeros. “Quise salir a hacerlas y me dijeron que no me guardaban el sitio, que tenía que volver al día siguiente”.
 
Sin tarjeta de residencia no hay trabajo. Y sin trabajo no hay tarjeta de residencia. Incluso con un empleo, obtener los papeles no resulta fácil.
 
“Yo les traje un contrato fijo”, recuerda un tunecino que también hace cola. “Y me dijeron que no era suficiente. Mi jefe me ha querido contratar varias veces y no ha podido. Me dijeron que la única solución era casarme, así que lo hice. Esa de ahí es mi mujer. Pregúntele a ella”.
 
“¿Qué le parece lo que está diciendo su marido, que tenía que casarse con una francesa para tener los papeles?”, pregunta nuestra compañera.
 
“Al menos soy sincero”, responde él.
 
“Me da igual”, asegura ella. “Yo quería casarme. Y sabía que él no tenía papeles. No pasa nada”.
 
El año pasado, 22.000 personas han obtenido la nacionalidad francesa casándose. El 27% de las bodas que se celebraron en Francia fueron mixtas, entre cónyuges de distinta nacionalidad. La mayor parte de ellas, por amor, aunque también hay quien recurre a la estafa sentimental para obtener sus objetivos.
  
Ese tipo de bodas, en las que sólo uno se implica sentimentalmente y acaba engañado se denominan corrientemente bodas grises. Mina es una víctima. Conoció a su marido durante un viaje a Argelia, ya que ella misma es de origen cabilio. Y en ningún momento dudó de su palabra. El 80% de las víctimas de este tipo de estafa tienen el mismo perfil que Mina: mujer de origen extranjero, con pasaporte francés, cuarenta años ya cumplidos, divorciada, con trabajo, casa y una posición más o menos desahogada 
 
“Me llamaba todos los días”, recuerda Mina. “Y yo a él. Me enviaba cartas, regalos. Era muy generoso conmigo y muy atento. Me dijo que estaba separado y que tenía la intención de divorciarse cuanto antes. Y en realidad, nunca dejó a su esposa. Lo único que quería era obtener la tarjeta de residencia de diez años. Y entonces, se habría traído a su hijo. Cuando el niño hubiera obtenido sus papeles, seguramente me habría pedido el divorcio. Me habría obligado a abandonar mi apartamento porque no iba a dejar a un niño en la calle. Y luego se habría vuelto a casar con su mujer y la habría traído a vivir a Francia amparándose en la ley de reagrupamiento familiar. Así de simple. Todo ha sido una farsa. Y yo me siento destrozada psicológicamente porque mis sentimientos eran sinceros. Es como si me hubiera violado. Es un comportamiento que se repite continuamente. Y es una lástima porque es tan habitual que ahora todo el mundo desconfía de los matrimonios mixtos. Y los que de verdad están enamorados tienen verdaderas dificultades para regularizar su situación”.
   
Mina lucha ahora por anular su matrimonio. Y ha demandado a su marido porque este tipo de estafa está castigado con hasta cinco años de prisión y 15.000 euros de multa. 
  
Pero dejando a un lado los engaños, Francia sigue siendo uno de los territorios donde más peticiones de asilo se registran cada año. Su situación geográfica en el centro del continente y su tradición democrática le convierten en una de las principales puertas de entrada a Europa.
 
Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, existen en el mundo 44 millones de desplazados, exiliados y demandantes de asilo. Personas que huyen de la guerra o de la pobreza. En 2011, Francia, el país de los derechos humanos, recibió más de 57.000 peticiones; el 20% de todas las que se registraron en territorio comunitario.
 
“Cuando veo que cada año llega gente de todas partes del mundo, que ni siquiera habla francés y que no conoce nada de Francia, tengo la sensación de que no es este país lo que resulta tan atractivo”, explica Laure Chebbah-Malicet, especialista en políticas de inmigración. “Da igual que sea Francia, Alemania o Bélgica. Lo que resulta atractivo son los valores europeos”.
 
“¿Y cuáles son las ventajas que ofrece Francia con respecto a otros países?”, pregunta nuestra compañera.
 
“Hay gente que escoge Francia  porque está cerca del lugar en el que han desembarcado”, responde Laure. Y otros llegan a través de las redes mafiosas que operan en el continente. Muchos llegan a este país por puro azar, porque en realidad no saben dónde van a aterrizar. No creo que quisieran venir concretamente a Francia. Y de hecho, no son conscientes de la realidad que se van a encontrar a su llegada. Ni de los procedimientos para quedarse”
 
Para algunos, el sueño francés termina aquí, en el centro de retención administrativa, a un paso del aeropuerto de Lyon. Como este lugar hay otros 27 en todo el país. Tras estos barrotes, los inmigrantes ilegales pueden permanecer hasta 45 días antes de ser repatriados. En 2011, se produjeron cerca de 33.000 expulsiones; es decir, un 17% más que el año anterior. Para esas 33.000 personas la tierra prometida se ha desvanecido.