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Sudáfrica: libertad y desigualdades

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Sudáfrica: libertad y desigualdades

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La lucha de Nelson Mandela contra el apartheid es uno de los grandes capítulos de la historia del siglo XX. Considerado como un héroe en Sudáfrica, quiso que la comunidad negra se liberara de las cadenas.

Pero hoy por hoy la emancipación de los que constituyen el 80% de la población no ha acabado con las desigualdades. Solo una pequeña parte de ellos ha conseguido progresar económicamente.

Mandisa regenta un restaurante situado en uno de los barrios más lujosos de Johannesburgo. Estuvo exiliada durante los años del apartheid y volvió después de la liberación de Mandela dispuesta a trabajar. Diez años después consiguió un préstamo de una agencia que promovía el espíritu empresarial en la comunidad negra y así puedo hacer realidad su sueño y montar este restaurante.

“Algunos me decían: ‘no digas que este negocio es tuyo porque cuando sepan que pertenece a una persona negra, pueden reaccionar mal’. Y dije ‘¡no!, ¡no! ¡He luchado mucho para llegar aquí!’. ¿Cómo no iba a decir que era mio?. La gente que no se atreve a aprovechar las oportunidades debería lanzarse y probar suerte. Pero tendrán que estar preparados para trabajar mucho”, dice.

A unos kilómetros de Johannesburgo se puede ver la metamorfósis de Soweto, que fue el corazón de la lucha contra el apartheid, 20 años después.

Las urbanizaciones que se han construido o un centro comercial de lujo reflejan el surgimiento de una nueva clase media.

Para Nqobile en Soweto hay muchas oportunidades. Él abrió su propia joyería aquí hace ocho años. Para financiar sus primeras herramientas vendió dulces en la calle. Después hizo cursos de formación y consiguió un microcrédito del Estado.

“Hemos creado una nueva cultura, una cultura de independencia, de trabajo duro. No era habitual que la gente de color trabajara las joyas. Y sorprendentemente cuando empecé a enseñar a los jóvenes me di cuenta de que Sudáfrica estaba llena de talento. Solo hace falta que se concretice”, asegura.

Este empresario emplea a 4 artesanos. Además de vender en el mercado sudafricano, exporta sus creaciones a Europa. Ahora quiere encontrar fondos y abrir una fábrica poder dar trabajo a unas cien personas y satisfacer la creciente demanda de sus clientes.

“Los mayores del barrio me decían que les gustaba lo que hago, porque por eso hemos luchado. Y es eso lo que queremos: ver a los jóvenes haciendo esto ahora, que sean independientes y que no estén a las órdenes de un patrón como, ya sabe, hace 20 años”, responde.

Valérie Guariat, euronews:
“En Soweto, como en otras partes, la libertad que promovió Mandela no ha sido sinónimo de prosperidad para todos. Nos vamos a Alexandra, donde están muy presentes los problemas que sufre hoy gran parte de la comunidad negra”.

Aquí hacen falta infraestructuras, no hay servicios públicos, la tasa de paro es muy alta y no hay viviendas. La precariedad reina entre los habitantes. Pero no es un hecho aislado, la pobreza afecta al 60% de las familias negras del país.

Tumi es otro emprendedor. Ha conseguido levantar un gimnasio con fondos privados. Pretende sacar a los niños y a los jóvenes de las garras de las drogas, del acohol y de la delincuencia.

“Necesitamos inversores. Hacen falta más centros para los niños, bibliotecas para que la gente pueda acceder a la educación. Mucha gente no tiene estudios. En este gimnasio también sensibilizamos a la gente sobre los problemas de salud. Con cosas sencillas se puede cambiar la vida de las personas aquÍ”, dice.

Con el final del apartheid Frans abrió un pequeño comercio hace 20 años. Valora mucho la libertad. A parte de eso, las cosas no han cambiado mucho, asegura: “Hay libertad, hay derechos, pero la economía y el poder siguen todavía en manos de los blancos. En la economía son los blancos los que mandan. No se puede mandar sin dinero, no se puede mandar cuando la gente tiene hambre. ¿Cómo es posible cuando la gente tiene hambre, eh?

Aunque el apartheid ha desaparecido, hay otras forma de discriminación en Sudáfrica, como en Diepsloot, donde una parte de la comunidad está en contra de los inmigrantes africanos.

A unos cuarenta kilómetros al norte de Johannesburgo, las familias se hacinan en los suburbios de Diepsloot. Muchos son inmigrantes de Zimbabue, Etiopía, Mozambique, Ghana o Pakistán. Aquí se les llama “makwere kwere”, extranjeros, y no suelen ser bienvenidos. Sufren violencia verbal o física, incendios, saqueos y ataques.

Hace poco aquí murieron dos hombres, asesinados. Y se han saqueado y destrozado tiendas como la de Daniel, que viene de Etiopía.

“Perdí todo. Rompieron la puerta, robaron hasta las estanterías. No dejaron ni una cuchara. Se llevaron todo el dinero. Cuando llamamos a la Policía ya no pudieron hacer nada. Se fueron. No estamos seguros, incluso nuestra vida está en peligro”, cuenta.

Abel huyó de Zimbabue, donde hizo campaña contra los abusos del gobienro de Robert Mugabe.

“La gente que viene de fuera de Sudáfrica piensa que aquí hay más oportunidades, pero realmente no es así. Vivimos con miedo. No podemos decir que ya no hay xenofobia, porque todavía hay. La gente está frustrada. Porque el Gobierno no hace nada y hay mucho paro. Las personas se pasan sus frustraciones de unas a otras. Necesitan seguridad. No creo que haya alguien que se preoupe por lo que necesitan, así que contagian su indignación a los otros. Es duro vivir aquí si eres extranjero”, explica Abel.

El país por el que tanto luchó Mandela tiene todavía mucho camino por recorrer. A Abel le gustaría que las cosas cambiasen, porque sino es mejor que el mundo se acabe, como nos recita: “Que el mundo se rompa a pedazos, que este mundo se rompa, porque tengo los pies destrozados y no tengo trabajo. No tengo a donde ir, no tengo nada para comer. Que este mundo se acabe porque solamente soy un ser sin vida. Sí, que el mundo se acabe”.

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