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La juventud, blanco del yihadismo

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La juventud, blanco del yihadismo

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Esta vez no fue un ataque contra unos dibujantes, caricaturistas irreverentes, defensores, casi militantes, de la libertad de expresión. Esta vez no fue un ataque contra un supermercado de comida kosher cuya clientela era sobretodo judía. En enero fueron contra dos blancos precisos: Charlie Hebdo e Hyper Cacher.

Esta vez no. Esta vez ha sido un ataque indiscriminado contra la juventud: estudiantes, universitarios, jóvenes profesionales; chicos y chicas que un viernes por la noche disfrutaban de otra libertad, no por banal menos valiosa: la libertad de pasar el tiempo libre como a uno o una le venga en gana; de salir con los amigos o amigas, en pareja, sola o acompañada, un viernes por la noche, para tomar algo, ir a un concierto, o de copas.

Los terroristas y sus patrocinadores sabían muy bien dónde encontrar a esa juventud: en los distritos X y XI de París, allí donde los bares y restaurantes no tienen precios prohibitivos para sus bolsillos, o en el Bataclan uno de los templos parisinos de la música con renombre universal.

Aunque la mayoría de las víctimas son francesas, hay también jóvenes de otros países, algunos españoles, estudiantes de Erasmus quizás o jóvenes profesionales que España ha criado y educado pero que es incapaz de emplear. Jóvenes para los que Francia es sobretodo Europa, y por eso vivir allí es un poco como estar en casa: sin una frontera que separe y sobretodo gracias a las facilidades de movilidad que la Unión Europea ha dado a sus jóvenes ciudadanos.

Un chico francés decía al día siguiente de la masacre que nada será igual que antes, que en el futuro habrá que vivir con la amenaza de otros ataques.
El despertar es brutal para una juventud que la generación de sus padres ha sobreprotegido y dado pocos pertrechos para la dureza de la vida. De repente las décadas de paz europea cobran también valor para sus ciudadanos; otros ya se lo dan, por eso buscan asilo en la UE.

A esta generación de jóvenes europeos le va a tocar afrontar, además de otros retos como el cambio climático y de modelo productivo-energético, el de apagar el fuego provocado por el yihadismo. Un incendio tan complejo que algunos observadores comparan con la Guerra de los Treinta Años.