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Chipre: las heridas de una isla dividida


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Chipre: las heridas de una isla dividida

Alejandro Vivancos
Fotos: Bernal Revert

“Mi casa está aquí, en Nicosia, pero mi hogar está en Morphou”. Ourania Peletie, grecochipriota, recuerda con una sonrisa triste cómo con 18 años tuvo que huir ante el avance de las tropas turcas. En esa casa de Morphou vive desde entonces un matrimonio turcochipriota, los Gakartas. Es una de las heridas de Chipre, un país europeo en el que sigue habiendo miles de desplazados, cientos de personas desaparecidas y una frontera, la llamada Línea Verde, que parte en dos la isla.

Cyprus' wounds - Bernal Revert
Ourania Peletie – © Bernal Revert

Al sur se encuentra la República de Chipre, un país que forma parte de la Unión Europea y usa el euro. Al otro lado, la República Turca del Norte de Chipre, un Estado marginado sin relaciones con ningún otro país, aparte de Turquía. Distinto idioma, distinta religión, distinta moneda.

Desde hace dos años, los líderes de las dos comunidades parecen estar de acuerdo en al menos una cosa, que ya es hora de intentar derribar muros.

Sin embargo las negociaciones de los últimos días en Crans-Montana (Suiza) sobre un proyecto de reunificación han fracasado una vez más, según ha confirmado el secretario general de la ONU Antonio Guterres.

Varios puntos obstaculizan el acuerdo. La parte grecochipriota quiere que Turquía retire los casi 50.000 soldados que mantiene en la isla, a lo que la parte turcochipriota se opone. También hay controversia sobre quién controlará lugares clave como Famagusta —un centro turístico y comercial al este de la isla— y Morphou —un centro de producción de cítricos al oeste—.

Quedan todavía muchas heridas, muchas cuentas pendientes desde la guerra.

Cyprus' wounds - Bernal Revert
Morhpou © Bernal Revert

El último avión que aterrizó en Nicosia

Ventanas rotas, óxido y malas hierbas, la terminal muestra el grado de abandono que se puede esperar tras cuarenta años en desuso. Pero la estructura parece aguantar bien. “En mi país las cosas se caen a pedazos en mucho menos tiempo”, dice con sorna el mayor Robert Szakszon, militar eslovaco de la ONU que muestra el viejo aeropuerto de Nicosia.

Cerca de la terminal, el avión Trident 1E resiste como puede el paso del tiempo. Frente al aeroplano, el mayor cuenta la historia de Adamos Marneros, el último piloto en aterrizar en aquella pista.

1974. Marneros se encuentra en Londres, a punto de pilotar el vuelo CY317 destino a Nicosia. Los telediarios informan sobre la crisis en la isla: oficiales grecochipriotas han dado un golpe de Estado con el objetivo de unir Chipre con Grecia, a lo que Turquía planea responder con una invasión militar.

Marneros solicita permiso para cancelar el vuelo. Total, solo hay seis pasajeros esperando para embarcar. Pero el permiso es denegado.

Despega. Marneros se aproxima a la isla y ve una flotilla dirigiéndose al puerto de Kyrenia. Es la vanguardia del desembarco turco. Son las 03:00 del 24 de junio y la invasión acaba de comenzar. El piloto informa al control de Nicosia. “Gracias a su aviso, las autoridades grecochipriotas pudieron responder antes”, cuenta Robert. El avión aterriza y el pasaje y la tripulación desembarcan justo antes de que comience el bombardeo. Las bombas dejan inutilizable la pista y destrozan el avión.

Hoy, en el interior de la terminal, un ajado cartel recuerda que está prohibido dar propinas a los portamaletas. Las palomas se pasean entre alambre de espino y cristales rotos. Un anuncio invita a visitar la ciudad de vacaciones de Varosha, hoy tapiada y abandonada como el aeropuerto.

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Famagusta © Bernal Revert

Famagusta y su ciudad fantasma

En los años setenta, Varosha, en Famagusta, era un popular destino de vacaciones. A los vecinos les gusta recordar que las estrellas de Hollywood veraneaban allí.

Tras los combates quedó justo en tierra de nadie. Desde entonces, es una ciudad fantasma, cercada y vigilada por el ejército turco. Solo habitan allí las ratas. Aquellos grandes hoteles de lujo son ahora gigantes de hormigón en ruinas.

La alambrada llega hasta la espléndida playa, donde los soldados han montado sus garitas.

La familia de Constantis Candounas tenía una casa que terminaba sobre la arena de aquella playa. Una vez abandonaba, su madre echaba de menos una cosa por encima de todo. “Mis cuadros, mis cuadros”, se lamentaba con frecuencia. Había sido una aficionada a la pintura y coleccionista de arte. Su casa está ahora dentro de la zona prohibida de Varosha, vacía y abandonada desde el día de la invasión.

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Famagusta © Bernal Revert

Con el tiempo, Candounas consiguió recuperar “La muñeca de madera” y “Leda y el cisne”, los dos cuadros favoritos de su madre, que hoy cuelgan frente a frente en su casa del centro de Nicosia. Del resto, nada sabe.

“Mucha gente siente que desde 1974 su vida no está completa, algo les sigue faltando. Muchas familias quedaron destrozadas a causa de la guerra, de muchas formas distintas. La gente que perdió sus casas lo recuerda como el último lugar en el que fueron felices”, afirma.

Huir de Morphou, huir a Morphou

Tras la invasión, entre 140.000 y 160.000 grecochipriotas huyeron al sur, mientras que 45.000 turcochipriotas fueron desplazados al norte.

“Perdí los mejores años de mi vida, primero intentando sobrevivir y, luego, sacando adelante a mi familia”, recuerda Ourania Peletie.

Del viejo Morphou, Peletie recuerda el olor de los naranjos y los limoneros en flor. “Mi abuelo solía decir que cuatro generaciones podrían vivir en Morphou gracias a estos campos de frutales”, cuenta.

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Morphou © Bernal Revert

Antes de la guerra, Morphou era un importante centro de producción de cítricos. Actualmente representa otra de las heridas abiertas del conflicto, con una comunidad de exiliados muy activa que sueña con terminar sus días allí.

La calle Solomou donde vivía Peletie ahora se llama calle Ataturk. Pero la casa está exactamente igual que en las fotos que conserva.

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Munin Gakartas© Bernal Revert

Por su parte, el matrimonio Gakartas en 1974 vivía en Limasol. Munin Gakartas, el marido, cuenta que los padres de su mujer fueron asesinados y él pasó tres meses en prisión. “Yo he vivido la guerra”, subraya. Tras ser liberado en un intercambio de prisioneros, las autoridades turcochipriotas les entregaron la casa de Morphou. En la escalera cuelgan las fotos de los cuatro niños turcochipriotas que han nacido en ella.

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Ourania Peletie – © Bernal Revert

Si las dos partes llegan a un acuerdo, Gakartas tendría que devolver la casa a la familia de Peletie. Pero Gakartas es escéptico: “No creo que lleguen a ninguna solución”.

Gakartas y Peletie son conscientes de que numerosas familias perdieron mucho más que propiedades.

Desaparecidos: Los que no volvieron a casa a cenar

El conflicto dejó dos mil y un desaparecidos, 493 turcochipriotas y 1508 grecochipriotas. Gulseren Baranhan trabaja para el Comité para las Personas Desaparecidas (CMP, por sus siglas en inglés), la entidad que se encarga de buscar sus restos y entregarlos a sus familias. “Sienten el dolor como si fuera hoy”, explica en un antiguo cementerio de Morphou.

El Comité para las Personas Desaparecidas es un organismo intercomunitario apoyado por la comunidad internacional. Está dirigido de manera colegiada por una turcochipriota, un grecochipriota y un mediador de la ONU. Cuenta con un presupuesto anual de tres millones de euros, financiado por la UE, Chipre, EE.UU y otros donantes. Sin embargo, el CMP no cuenta con un mandato legal, ya que no hay una solución política del conflicto, por lo que solo puede actuar cuando las autoridades acceden voluntariamente a colaborar. Hasta junio de 2017, ha recuperado los restos de 1203 personas desaparecidas.

“La guerra deja todo tipo de heridas en las personas. La única que no se puede sanar es aquella que ocurre cuando un padre no aparece a la hora de cenar. Rompe los vínculos de confianza entre las comunidades”, dice Paul-Henri Arni, el representante de la ONU en el CMP.

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Spyroula David – © Bernal Revert

Spyroula David tenía seis años cuando desapareció su padre. Su familia esperó una respuesta sobre su paradero durante décadas, hasta que el 31 de octubre de 2014 recibieron una llamada del CMP. Habían identificado los restos de su padre, pero no estaban completos. “Lo que me entregaron de mi padre cabía en la palma de la mano”, cuenta David. Todavía hoy, su familia continúa buscando sus restos para poder hacer un entierro digno y pasar página. “Necesitamos un final”, explica.

Además, el mandato de la CMP le impide investigar los crímenes y perseguir a los culpables. La idea es favorecer que los testigos hagan público lo que saben de los desaparecidos sin temor a consecuencias legales. En su laboratorio, se pueden encontrar cráneos con un agujero de entrada debajo de la nuca y de salida en el frontal, un indicio claro de la existencia de ejecuciones.

Sin embargo, las familias grecochipriotas reciben un certificado de defunción en el que dice “causa de la muerte: desconocida”. Para David, esto es inaceptable. “Yo sé cómo murió mi padre. Mi padre fue capturado, ejecutado y abandonado por las tropas turcas”.

Una puerta abierta a la esperanza

Con todo este dolor y rencor a las espaldas, cuando en 2003 se abrieron seis pasos fronterizos en la Línea Verde los halcones de ambos lados anunciaron un baño de sangre. En cambio, lo que pasó fue que amigos y familiares salieron en masa a reencontrarse.

Peletie tardó bastante en volver a Morphou, pero quiso llevar a sus hijos a enseñarles los campos: “Todo esto es vuestro”, les dijo. Su hija, educada en el Reino Unido, le prometió que volvería al pueblo y construiría su futura clínica allí.

Gakartas, por su parte, viajó a Limasol a buscar a un amigo, sin saber que, al mismo tiempo, su amigo le estaba buscando en Morphou.

David también volvió a su casa cuando abrieron la frontera y conoció a la familia que vive allí ahora. “Todos fueron muy agradables. Entonces el hijo abrió mi habitación y me ofreció pasar. Lo primero que pensé es ‘¿cómo te atreves? Esta es mi habitación’. Podía verme allí mismo jugando con mis juguetes”. Pero David tomó una larga bocanada de aire. “Pensé ‘¿de quién es ahora esa habitación? Yo he pasado seis años aquí, este joven casi veinte”.

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© Bernal Revert

Cuando se abrió la frontera, Candaunas puso una oficina en el norte para ofrecer asesoría legal gratis a los turcochipriotas. La televisión le invitó a contar su iniciativa. En la entrevista, Constantis relató que al salir huyendo de Famagusta, no pudo llevarse nada consigo y ni siquiera tenía una foto de su padre.

Merhed Kemal estaba viendo el programa junto a su suegro, Ahmed Tosun, que al oír las palabras de Candaunas exclamó: “¡Yo conozco a su padre!”.

Después de esto fueron al despacho de Candaunas. Al entrar, Tosun, sin mediar palabra, le dio un sentido abrazo. “Tu padre fue un buen hombre”, fue lo primero que le dijo. Tosun le contó a Candaunas que su padre, con el que había trabajado en el puerto de Famagusta, le había salvado la vida cuando las milicias grecochipriotas habían intentado matarlo.

Y le entregó una foto de su padre.

Cyprus' wounds - Bernal Revert
© Bernal Revert

En busca del acuerdo

El tiempo juega en contra de la resolución del conflicto. Son ya muchos los años durante los cuales cada comunidad ha aprendido a gestionar sus propios asuntos, a crear sus propias rutinas. Por otra parte, siempre existe el riesgo de que este conflicto congelado se descongele si, por ejemplo, Turquía decide anexionarse el norte. El statu quo no puede durar para siempre.

A pesar de la buena sintonía entre los líderes de ambas comunidades, Nikos Anastasiadis y Mustafá Akinci, dos políticos nacidos en Limasol y de la misma generación, la última que ha conocido un Chipre unido y en paz, la última ronda de negociaciones ha fracasado. Grecia culpa a Turquía. Ankara por su parte asegura que continuará defendiendo los derechos de los turcochipriotas.

Para llegar a un acuerdo, los turcochipriotas necesitan sentir que en el nuevo Estado hay igualdad política, o sea, que las dos comunidades compartan el poder de manera equitativa.

A cambio, los grecochipriotas quieren que se les devuelva una parte del territorio invadido en la guerra —Morphou y Famagusta, fundamentalmente—, que los refugiados puedan volver a sus casas y que el ejército turco abandone la isla.

Cyprus: the wounds of a divided island
© Bernal Revert

Finalmente, está el llamado asunto de las garantías. Según un tratado internacional, Reino Unido, Grecia y Turquía se comprometieron a mantener la integridad e independencia de la República de Chipre. Esta fue la justificación de la invasión turca. Ahora, la parte grecochipriota quiere anular este tratado, mientras que los turcochipriotas quieren que se mantenga como garantía de seguridad para su minoría.

En el norte, todo viene de Turquía, desde el agua hasta los sueldos de los funcionarios. Así que la comunidad internacional teme la influencia que pueda tener Turquía en el nuevo Estado. “Darle derecho a Turquía a decidir lo que pase en Chipre significa darle a Turquía derecho a decidir lo que pase en Europa”, afirma el político grecochipriota Alexis Ghalanos.

En el lado positivo, una posible reunificación de Chipre traería enormes beneficios económicos para la isla, una de las pocas buenas noticias en una zona castigada por los conflictos y, sobre todo, una vuelta a la normalidad a sus habitantes. Y un final a uno de los capítulos más traumáticos de su historia.

David lo resume así: “Debemos hacer lo que es lo mejor para todos y continuar hacia adelante. Necesitamos sanar nuestras heridas. Cuando hay una herida que sangra, lo primero que tenemos que hacer es parar la hemorragia. Siempre quedará una cicatriz, pero al menos las cicatrices no duelen”.

Cyprus: the wounds of a divided island

© Bernal Revert