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Las crecientes olas de calor obligan a las ciudades europeas a adaptarse

Las crecientes olas de calor obligan a las ciudades europeas a adaptarse
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«Pero ¿cuándo va a terminar?», preguntaba hace dos meses un usuario en Reddit, una plataforma social informal tipo foro. La conversación «Ola de calor en Europa» alcanzó más de 800 comentarios de personas de todo el mundo, muchas de ellas horrorizadas por las asfixiantes temperaturas que azotaron el continente en junio y julio del 2019. «Aunque las temperaturas locales pueden haber sido más o menos bajas que las previstas, nuestros datos reflejan que las temperaturas del suroeste de Europa en la última semana de junio fueron inusitadamente elevadas. Pese a que fue una situación excepcional, es probable que estos sucesos se den con más frecuencia en el futuro a causa del cambio climático», afirma Jean-Noël Thépaut, director del Servicio de Cambio Climático de Copernicus (CS3). Al comparar datos recientes del C3S con registros antiguos, se ve que las temperaturas de junio de este año fueron, de media, 3 °C más cálidas que la media de 1850–1900.

La iniciativa World Weather Attribution afirmó que semejantes temperaturas récord solo se repetirían en intervalos de entre 50 y 150 años. Sin embargo, según la Agencia Europea de Medio Ambiente (EEA), Europa ha padecido varias olas de calor extremo todos los años desde el 2014, excepto en el 2016, lo cual ha obligado a los equipos de emergencia a estar alerta, ha ocasionado averías en las infraestructuras y ha hecho saltar las alarmas sobre la agilidad de Europa para adaptarse a climatología extrema.

Un gran reto para las áreas urbanas europeas

Cerca del 76 % de la población de la UE vive en ciudades y se prevé que este porcentaje se eleve al 82 % para mediados de siglo, por lo que gran parte de la adaptación tendrá que ocurrir en los entornos urbanos.

En los últimos tres meses, incontables informes de prensa abordaron la forma en que el calor extremo afectó a los aspectos clave de la vida urbana en Europa, desde los hogares hasta el transporte público, pasando por suministros y empresas, hasta llegar a la salud de las personas más vulnerables. Replantearse las infraestructuras y el funcionamiento de las ciudades podría allanar el camino hacia la resiliencia, en un momento en el que numerosas ciudades del continente se preparan para un futuro más cálido.

Vías y vagones recalentados: confusión en el transporte público

Pasadas las doce del mediodía del 25 de julio, la SNCF, la empresa estatal de ferrocarriles francesa, tuiteó que más de la mitad de los trenes que enlazaban la ciudad de Metz con Luxemburgo, un viaje que muchas personas hacen a diario, se había averiado a causa del calor. Ese mismo día, la línea A de la red parisina de cercanías RER, que recibe unos 50 000 pasajeros por hora en las horas punta, echó el freno a sus trenes porque las temperaturas, que eran superiores a los 40 °C, ponían en riesgo los raíles y la catenaria. En el Reino Unido, ocurrieron varios incidentes relacionados con el calor que alteraron los servicios de la red ferroviaria nacional, mientras que el metro de Londres sufrió importantes incidencias durante la hora de mayor afluencia. Tres días después, en Suecia, dos vías se combaron por el calor.

La lentitud en las ciudades podría convertirse en lo habitual en los días de calor. Las cuentas de las redes sociales de los operadores de transporte público se vieron inundadas por centenares de quejas, mientras que las leyes de la física seguían su curso. «Cuando se calientan, hasta alcanzar unos 20 °C por encima de la temperatura ambiente, las vías de acero se expanden, lo cual aumenta su longitud y podrían llegar a curvarse o, lo que es lo mismo, “combarse”», explica el doctor John Easton, experto en raíles de la Institution of Engineering and Technology, un organismo británico de ingeniería y tecnología. Adaptar las vías a un aumento de las temperaturas podría, «sin duda, incrementar el riesgo de que se rompan», afirma el doctor Easton. «La única solución es que los trenes reduzcan la velocidad.»

Pintar los raíles de blanco para reflejar parte de la luz también se ha empleado frecuentemente como recurso para bajar su temperatura en unos 5-10 °C. Pero mantener a los pasajeros frescos es la principal prioridad en la búsqueda de soluciones a largo plazo. La SNCF francesa está probando nuevos sistemas de aire acondicionado para los vagones de tren y sistemas de climatización con bajas emisiones, mientras que el programa Four Lines Modernisation de Transport for London, el organismo público responsable del transporte de la capital británica, ha puesto en circulación 192 nuevos trenes con aire acondicionado para los londinenses.

Las olas de calor llevan las centrales eléctricas al límite

En las ciudades, la industria, las empresas y los hogares dependen mucho de la electricidad, por lo que, de no facilitarse una mayor adaptación, las economías y el estilo de vida urbanos podrían verse afectados. El 27 de junio, en un Milán que se derretía a más de 40 °C, la demanda energética de la ciudad alcanzó un máximo de 1635 MW. Se produjeron varios apagones que dejaron sin electricidad a algunas zonas de la capital financiera de Italia, en algunos casos, durante más de medio día, y la demanda se elevó hasta en un 40 % con respecto al año anterior.

En verano, Atenas duplica su demanda de refrigeración, lo que acaba triplicando los picos de consumo de electricidad. Entretanto, la Agencia Europa de Medio Ambiente señala que el pico de demanda de consumo de electricidad para refrigeración aumentará en Europa, siendo Italia, España y Francia, según los pronósticos, los países con un mayor incremento. En Italia, por ejemplo, la demanda para refrigeración de los hogares y servicios podría ascender del 13 % de demanda total de energía primaria en el 2010 al 70 % en el 2050.

Pero dado que el 66 % de la energía empleada para calefacción y refrigeración en la UE procede de combustibles fósiles y que se estima una cifra de 60,5 millones de unidades de aire acondicionado en 2016, el hecho de refrescarse podría acabar acentuando aún más el calor.

Un aire más cálido requiere mayor refrigeración, lo cual hace necesaria una elevada producción de energía. Pero unas temperaturas excepcionalmente altas, sobre todo si se emplean combustibles fósiles y energía de origen nuclear, también pueden frenar la producción energética. En la mañana del día más caluroso en Francia, la eléctrica francesa EDF redujo la producción de energía en seis reactores; y ya había tenido que apagar otros dos al sur del país, porque las aguas del río Garona estaban demasiado calientes como para refrigerar los reactores.

La eficiencia de la red eléctrica disminuye cuando el calor es excesivo y la demanda de aire acondicionado aumenta

También se prevé que los europeos quieran estar más frescos en sus hogares. Si la demanda de refrigeración incrementa, quiere decir que el cableado transmite más energía cuando la temperatura es más alta; eso hace que los cables se hinchen y se comben, lo cual puede ocasionar averías en la infraestructura. Estudios realizados en EE. UU. demuestran que, por cada grado de calentamiento en el verano, las redes eléctricas pierden cerca del 1,5 % de su capacidad de transmisión, lo que puede llegar a ser un problema de seguridad energética cuando se producen picos de demanda por refrigeración. En el Reino Unido, las empresas de suministro emplean cables con una mayor tolerancia al calor y Finlandia, por su parte, está soterrando el cableado.

A pesar de que, en el 2018, la UE fue responsable del 11 % del consumo mundial de energía por refrigeración —lo que incluye neveras y refrigeración móvil, como unidades de aire acondicionado portátiles y ventiladores—, es probable que la energía empleada para enfriar edificios en toda Europa aumente en un 72 % para el año 2030, según expertos de la Agencia Internacional de las Energías Renovables.

El uso de unidades de aire acondicionado más eficientes, un aumento de la capacidad de transmisión y la adopción de fuentes de energía que no requieran enfriar agua, como la energía solar fotovoltaica, podrían suponer un cambio significativo. Asimismo, las necesidades de refrigeración podrían reducirse con alternativas como la refrigeración por absorción de calor y una mejora en el diseño de los edificios, señala la EEA.

Islas de calor urbanas con temperaturas más altas

Este verano pasado, solo hubo dos noches en Niza, entre el 21 de junio y el 22 de agosto, en las que no se sufrió un calor tropical —es decir, con temperaturas inferiores a 20 °C— según Météo France, batiendo así otro récord urbano. La incapacidad de las temperaturas para descender por la noche en las ciudades forma parte del efecto «isla de calor urbana», que consiste en que los edificios y las superficies herméticas atrapan e irradian más calor por la noche en la ciudad que en las zonas rurales y verdes.

«Resulta crucial ayudar a las personas con mayor exposición al calor», afirma el equipo de expertos del Barcelona Lab for Environmental Justice and Sustainability (BCNUEJ). «Los ciudadanos con rentas bajas tienden a residir en viviendas con una infraestructura de refrigeración o aislamiento más deficiente, disponer de menos medios para acondicionar sus hogares y vivir en barrios con menos árboles y zonas verdes.»

«Tenemos que plantar árboles en aquellos lugares en los que el efecto isla de calor es mayor, allí donde las personas sufren, sobre todo en las zonas grises de las periferias», sostiene Piero Pelizzaro director de Adaptación de la ciudad de Milán. «Cuando eres de la clase media, tienes medios para gestionar las olas de calor, te compras un aire acondicionado. Si eres pobre, sufrirás más. La desigualdad está creciendo, de forma que está aumentando la denominada “gentrificación climática”. En Milán, está empeorando». La alcaldía de Milán, a través de un programa de forestación urbana, tiene el objetivo de plantar tres millones de árboles para el 2030 en la zona metropolitana, explica Pelizzaro. En el primer año, se han plantado casi 80 000 árboles.

¿Son las ciudades de Europa un foco de problemas sanitarios?

El efecto amplificador del calor de las ciudades y la mayor frecuencia de las olas de calor expondrán a la población urbana de la UE a un sobrecalentamiento durante los meses de verano, lo cual supone ya una emergencia sanitaria, según señalan informes recientes. Las 70 000 muertes relacionadas con la ola de calor europea de agosto del 2003 han empujado a numerosas autoridades locales de todo el continente a tomar medidas. El plan de adaptación de París consiste en que los ciudadanos cuiden de sus vecinos y en registrar a quienes sean más vulnerables al calor para que se les haga un seguimiento durante los días de canícula. Para ponerse al día en cuanto a zonas verdes y atajar el efecto isla de calor urbana, la capital francesa también ha puesto en marcha el proyecto OASIS, que renueva los patios de los colegios para sustituir el asfalto por materiales porosos y aumentar las zonas verdes y de refrigeración. «Lo innovador de este programa es su sistema de gobierno, que aunó diferentes departamentos municipales (colegios, sanidad, carreteras, zonas verdes y agua) para diseñar y poner en marcha el proyecto de una manera integrada», relata Lina Liakou, directora ejecutiva de la red 100 Resilient Cities.

Las altas temperaturas en zonas urbanas también pueden incrementar la exposición al ozono troposférico —un contaminante nocivo para los sistemas respiratorio y cardíaco de las personas, causante de muertes prematuras—, que surge cuando los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles generados por las actividades humanas reaccionan a la fuerte luz del sol y a temperaturas elevadas. Durante la ola de calor del pasado mes de junio, algunas ciudades europeas alcanzaron niveles de unos 180 µg/m³, el límite máximo de la UE. En el 2016, en torno al 98 % de la población urbana de la UE seguía estando expuesta a valores de ozono troposférico que superaban los límites de la OMS.

Copernicus ayudará a las ciudades a adaptarse

El Servicio de Cambio Climático de Copernicus (CS3) está desarrollando instrumentos indicadores meteorológicos para ayudar a las autoridades municipales a reaccionar a los problemas sanitarios relacionados con las olas de calor, como el mayor banco de datos climáticos existente totalmente operativo, disponible a través de Climate Data Store, o el desarrollo de soluciones en colaboración con empresas locales de investigación y tecnología o autoridades locales.

Durante más de seis meses, ha colaborado con el proyecto VITO, con base en Bélgica, para producir datos de alta resolución que puedan emplearse en estrategias de adaptación a la hora de planificar ciudades y diseñar planes sanitarios preventivos. Los datos de alta resolución ofrecerán una instantánea de la distribución de la temperatura y otras variables climáticas de un centenar de ciudades europeas, con especial atención a las islas de calor.

En la iniciativa planteada por VITO, se emplean modelos sencillos, teniendo en cuenta la forma en que las diferentes construcciones y superficies reaccionan al calor y la radiación: además de aumentar la vegetación y las soluciones basadas en la naturaleza, los urbanistas pueden reducir el impacto de las olas de calor cambiando el color de los edificios o usando tejados blancos, que reflejan —en lugar de absorber— la radiación solar. También puede modificarse la geometría de los edificios para evitar el efecto de calentamiento de los cañones urbanos. «Para desarrollar una estrategia de adaptación eficaz, es preciso saber qué partes de la ciudad tienen más probabilidades de verse afectadas y, después, introducir factores compensatorios», afirma Carlo Buontempo, director del Sistema de Información Sectorial del C3S.

Otra iniciativa del C3S de Copernicus consiste en poner en marcha un servicio operativo para el sector de la energía a fin de evitar, en la medida de lo posible, futuros cortes de electricidad. Tal y como indica Carlo Buontempo, «es necesario predecir en qué medida la matriz energética podrá satisfacer la demanda futura, siendo conscientes de que es probable que los patrones tanto de la producción renovable como de la demanda de energía se alteren a consecuencia del cambio climático».