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Islandia: cuando la crisis cambia la realidad de una nación y sus habitantes


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Islandia: cuando la crisis cambia la realidad de una nación y sus habitantes

Islandia, punto periférico de Europa, el último país del continente en el que el hombre se asentó y aquel con la población más desperdigada. Cuenta además con la mayor concentración mundial de volcanes.

Es un lugar con ciertos tintes de aventura extrema en el que nada se queda a medias. Como la crisis económica. EL FMI calificó el hundimiento bancario del país en 2008 como el mayor colapso financiero de la historia si se compara en proporción con el tamaño de su economía.

“Hubo un fraude masivo, actuaron de forma fraudulenta. Los últimos años estuvieron prestándose dinero unos a otros como locos, retocando sus libros de cuentas para darles mejor aspecto. Lo que pasa es que si alguien roba una botella de vodka de una tienda, se le persigue y se le mete en prisión. Pero si lleva un traje y una corbata y roba millones retocando sus libros de cuentas, entonces probablemente nadie le perseguirá”, denuncia Egill Helgason, presentador de la televisión pública y reconocido bloguero, reputado por hablar siempre con franqueza.

En 2009 se le pidió que entrase en política. Sin embargo, decidió permanecer en el periodismo para poder vigilar a los poderosos.

“En este país siempre hay ese peligro. Es una sociedad pequeña, con estos pequeños grupos, estas pequeñas camarillas que pueden tomar el control. Esta ha sido la situación durante casi 20 años antes del hundimiento. Teníamos esta camarilla de políticos, banqueros, liberales, que casi se habían hecho con el control de la sociedad, y hay que estar atentos”, sentencia.

En los años de bonanza, los tres principales bancos islandeses, privatizados en 2002, empezaron a invertir en negocios de alto riesgo. En seis años los nuevos propietarios habían aumentado el valor de los bancos hasta 12 veces el presupuesto estatal islandés.

Entre los 300.000 habitantes de Islandia se contaba con algunas de las personas más ricas del mundo. Pero después llegó septiembre de 2008. Los bancos islandeses se colapsaron dos semanas después de Lehman Brothers.

La quiebra fue tan grande como el boom económico que la precedió. Los islandeses se habían obsesionado con el dinero fácil, como reconoce Helgason: “Un economista famoso dijo que esto era una locura colectiva. Yo creo que esto era una locura colectiva, pero no todos se vieron beneficiados. Alguna gente aún mantiene sus beneficios de aqulla epoca, pero la mayoría… Al final, la sociedad perdió, los individuos perdieron, todo el mundo perdió”.

Bjarndis Mitchell podría perder pronto su casa. Forma parte de los muchos islandeses cuyas hipotecas subieron de forma incontrolada tras el hundimiento bancario.

Criadora de perros apasionada, esta madre de tres hijos que vive con una pensión por discapacidad debe 185.000 euros al banco por su casa, más de su precio en el mercado.

De estar en bancarrota, Bjarnadis paso a covertirse en una emprendedora llena de esperanza.

“Tras el hundimiento, me senté, como el resto del país, pensando: esto es una locura. La magnitud del colpaso y su efecto en cada casa, en cada familia de este país, era inmenso, inconmensurable. Y pensé, tenemos que hacer algo, cualquier cosa, exportar, lo que sea. Esa idea permaneció en mi cabeza, pero al ser una mujer con una discapacidad, sin poder, sin dinero, pensaba que no tenía nada”.

Sin embargo, tenía mucho: una pasión por los perros. Una idea que podía rentabilizar para mantenerse a flote.

Con ayuda y fondos de los organismos locales, en 2009 creo su nueva empresa.

Las 3.000 correas especiales para perros de que participan en concursos caninos que ha vendido no son aún suficientes, pero eso no la detendrá: “Prefiero intentarlo, prefiero morir intentando buscar una solución, aunque apenas sea una gota en el enorme océano que supone la magnitud de lo que estamos afrontando. Prefiero intentarlo que no hacer nada. Definitivamente es el espíritu vikingo, el “hazlo”, el “haz lo necesario, se valiente”. Es algo muy islandés”.

Los islandeses intentan recuperarse a nivel individual, pero también como sociedad. En juego está el futuro de su democracia.

Ellos fueron los primeros “indignados” de Europa. Lo que empezó como una reacción contra la crisis se transformó, en enero de 2009, en la mayor protesta que se ha vivido en Reikiavik desde que la nación se uniese a la OTAN en 1949. Querían un cambio radical, una nueva democracia, una nueva constitucuón.

A sus 25 años, Astros Gunnlaugsdottir es la participante más joven de la Asamblea Constitucional, un grupo de 25 hombres y mujeres elegidos por sufragio directo para escribir una nueva carta magna.

Sin embargo, esta iniciativa ha sido paralizado por el Tribunal Supremo, una institución dominada por los dos principales partidos políticos del país.

Astros reflexiona sobre cómo funcionaban las cosas: “No se puede dar un cargo a un amigo simplemente porque es tu amigo, tiene que estar cualificado para el trabajo. Solo somos 300.000 habitantes, así que es facil decir “le conozco, así que le voy a dar el trabajo o al revés, alguien me da un trabajo porque nos conocemos. Para mí, cambiar esto es muy importante”.

La caída de los bancos cambio algo: las prioridades de los islandeses. Ahora buscan nuevos valores como nación, valores que pervivan.

“La forma de vida ha cambiado mucho. La gente ya no se va al extranjero una vez al mes, como antes. Ahora se queda, disfruta otras cosas que ofrece la vida, como sus familias, gasta el dinero de otra forma”, concluye Astros.

Otro ejemplo de esta lucha, desde otro ángulo, es Sveinbjorn Petursson, de 55 años. Sin trabajo desde 2008, ha tenido que afrontar una realidad apenas visible antes de la caída de los bancos: el desempleo. Del 3% de antes de 2008, se pasó al el 9%.

¿Cómo afronta alguien el perder su papel en la sociedad? Para Sveinbjorn, la respuesta está clara. Solidaridad. La gente debe permanecer junta: “Fue un shock para todo el mundo y el Gobierno no tenía la capacidad para afrontar la situación. Entonces tuve una idea, aquellos que no teníamos trabajo podíamos formar un grupo, una especie de grupo de apoyo capaz de canalizar nuestras ideas para hacerlas llegar al gobierno, a los que mandan, para que sepan como deben actuar con nosotros”.

El último informe del Banco Central de Islandia muestra signos positivos, aunque frágiles, de recuperación, incluyendo un 3,1% de crecimiento económico en 2011 y una tasa de desempleo que ha bajado hasta el 7,1%.

La sociedad islandesa deberá tomar decisiones importantes en los próximos meses: ¿explotar sus recursos naturales o apostar por la innovación? ¿Unirse a la Unión Europea o seguir en solitario?

Los nuevos islandeses salidos de la crisis parecen listos para afrontar estos desafíos.

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