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Durga, protegiendo la paz

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Durga, protegiendo la paz

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Nepal es un país que durante mucho tiempo ha inspirado a viajeros y escritores en busca de aventura y espiritualidad. Pero para los nepalíes la historia reciente de su país es más dolorosa que romántica. Un buen ejemplo es la historia de Durga Devi Sharma.

Su casa es como un templo dedicado a las divinidades hindúes que, asegura, le salvaron la vida hace diez años.

“Aquí están Shiva, Parvati y Ganesh, explica. También está Vishnu. Esta es mi fuente de energía. No podría estar sola aquí sin estas imágenes. Son mis amigas y mi vida. Las divinidades me han devuelto a la vida. Yo estaba muerta. Todo lo que soy hoy se lo debo a la misericordia de las divinidades”, explica.

Durga Devi Sharma es agente de policía en Katmandú desde hace 18 años. Los alrededores del templo de Pashupatinath están cargados para Durga no solo de sentimiento religioso. Aquí, se produjo el drama que cambió su vida y la de su familia para siempre.

“Me apuntó con su arma, en el pecho. Yo no estaba armada. Intenté alejar su arma de mi cuerpo, con mis manos, después me agaché. Él dió marcha atrás y después disparó. La primera bala me pasó rozando pero volvieron a disparar. Me dieron en el brazo y en el pecho. Intenté dar algunos pasos y me caí”, cuenta.

Fue en 2002, en plena guerra civil. De un lado los rebeldes maoístas, del otro las fuerzas del régimen. El conflicto terminará con la abolición de la monarquía y la instauración de una república democrática.

Un día, patrullando, Durga, su marido y otros compañeros fueron víctimas de un ataque de los rebeldes contra las fuerzas de seguridad nepalíes.
Herida en el brazo y en el pulmón, Durga pasó varios meses en un hospital luchando por su vida.
Cuando se recuperó, retomó sus funciones como agente de policía. Por nada en el mundo, dice, hubiese dejado su trabajo. Ni siquiera por las secuelas del ataque que hoy le impiden realizar tareas físicas.

“Pienso en cosas positivas. Yo tendría que estar muerta y no lo estoy. Ahora tengo mi trabajo como cualquier persona. Vuelvo a estar al servicio de la gente y eso me da fuerza. Estoy muy orgullosa”, afirma.

Su marido tuvo menos suerte. Herido durante el ataque, aunque de menos gravedad, hoy sufre una minusvalía y ha tenido que abandonar su trabajo.
Vive con sus dos hijas en su pueblo natal mientras que Durga ha tenido que quedarse en Katmandú para seguir trabajando. El salario de Durga junto con una pequeña pensión que recibe su marido son los ingresos de los que vive la familia. Una situación difícil en una sociedad patriarcal que todavía necesita recorrer un largo camino para relizar las reformas sociales y económicas que necesita.

“Tras el conflicto tendrían que haberse ocupado de muchas cosas como poner en marcha reformas sociales o de seguridad. Todavía no se ha hecho nada y las mujeres siguen sitiéndose en peligro”, dice.

Ataques armados, violaciones, torturas, asesinato de sus maridos o de sus hijos, las mujeres han pagado un precio muy alto en esta guerra. Y la transición hacia la democracia no ha conseguido calmar las tensiones.

Muchas mujeres esperan que las autoridades reconozcan la violencia que sufrieron además de las pérdidas. También quieren que el gobierno ponga fin a las discriminaciones a las que se enfrentan las mujeres a diario.

“El futuro de Nepal está en manos de quien dirige el país. Si tenemos buenos dirigentes y éstos consiguen entender el espíritu y las esperanzas del pueblo, entonces podremos tener ante nosotros un futuro feliz”.