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La violación como arma de guerra en el Congo

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La violación como arma de guerra en el Congo

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‘La violación como arma de guerra’: las mujeres de la región de Kivu, en la República Democrática del Congo, saben demasiado bien qué significa.

Masika sobrevivió a las agresiones y ahora lo da todo para ayudar a mujeres en casos similares para que superen las atrocidades que han sufrido.
Descubran esta semana a una mujer excepcional.

“Aquí tenemos mucha mandioca… Una parte la podemos vender y otra la distribuimos entre las mujeres para que pueden seguir viviendo con sus hijos.”, nos cuenta Masika.

Todas estas mujeres han sido víctimas de violaciones y del rechazo de sus familias.

Han recorrido decenas de kilómetros a pie para encontrar abrigo bajo el ala de Masika y de su asociación, en Minova, en Kivu del Sur.

Una región donde los grupos armados ruandeses, congoleños, burundeses e incluso ugandeses aterrorizan a la población local años después de lo que se llamó la primera guerra africana, que tuvo lugar en la República Democrática del Congo, antes llamado Zaire.

“Esta mujer se llama Joséphine. Está enferma, fue violada. Y el médico me dijo que como recae mucho tiene que volver a casa. No se puede curar.”, nos muestra Masika.

En el hospital de Minova todo el mundo conoce a Masika. Es ella la que asegura los gastos médicos a las mujeres que como Joséphine han contraído el sida después de haber sido secuestradas, torturadas y violadas durante meses por las guerrillas que se ocultan en la selva.

Masika lleva a su propia casa a la mujer, que escapó de sus toturadores, aunque le quedan pocos días de vida. Masika dirige la asociación APDUD, que acoge a las víctimas repudiadas por todos.

Ha adoptado 34 niños, algunos fruto de violaciones y otros huérfanos de guerra.

Señalando a un niño que lleva en brazos dice: “Su madre estaba entre los cádaveres en un pueblo; los pájaros ya le habían devorado los ojos. Encontré al niño agarrado a su madre. Lo recogí sin más.”

Desde hace 12 años, Masika lucha para dar un futuro a aquellos para los que la esperanza parece imposible.

Un compromiso adquirido tras sobrevivir a lo impensable. En 1998 los guerrilleros asesinaron a su marido delante de ella y violaron a sus dos hijas.

“Me hicieron sentarme, desnuda como un gusano, con dos armas apuntándome a las sienes.”, cuenta. “Cuando gritaba me hacían cortes en la cara y el cuerpo con sus cuchillos. Tengo cicatrices de sus crímenes por todo el cuerpo.”

“Uno de los dos me preguntó si alguna vez había masticado un bazuca. Le dije que sí porque pensé que hablaba de un tipo de caramelo. Entonces cogieron el sexo de mi marido muerto y lo cortaron en trozos. Me obligaron a comerme todos los trozos del pene de mi marido.”

“La habitación estaba llena de su sangre.
Me ordenaron que reuniera los restos de mi marido y que me acostara sobre los despojos de su cuerpo.
Lo hice…”, narra entre lágrimas Masika. “Y entonces comenzaron a violarme sobre los restos de la carne de mi marido.”

Esta es una parte del calvario que Masika nos ha contado. Quiere que el mundo oiga lo que tantas mujeres soportan en República Democrática del Congo.

Masika recaba historias como la suya todos los días.

Además del apoyo moral y material, los miembros de la asociación intentan integrar a las víctimas en sus comunidades.También salen al encuentro de grupos armados para sensibilizarlos… a cualquier precio.

“Por mi trabajo me tengo que desplazar a las montañas, donde están las víctimas. Y allí me violaron de nuevo. Ya han sido cuatro veces. La última vez intenté envenenarme para morir.”, afirma Masika.

Pero se volvió a levantar. Su asociación cuenta hoy con unas 200 mujeres.

Bajo su aparente empuje, su cuerpo está devastado a pesar de tres operaciones. Las fuerzas, y sobre todo los medios, comienzan a escasear.

Ella denuncia también la impunidad que reina en el país.

“El gobierno no castiga a este tipo de agresores. Como militantes por los derechos humanos, hacemos todo por llevarlos ante la justicia y meterlos en prisión. Las leyes permiten condenarlos 25, 15 años, y hay sentencias así. Pero los ves libres a los dos días paseando. Y eres tú, la activista, la que está amenazada.”, denuncia.

Joséphine, de nuevo en el hospital, nos llama: “Os está transmitiendo un mensaje. Combatid, decid al gobierno que las otras mujeres están en la selva. Que ella sabe que mañana morirá; pero que las otras mujeres deben continuar viviendo”, nos transmite Masika.

El riesgo para Masika es permanente. Hombres armados han venido hasta donde está. No la encontraron, pero juraron matarla porque denuncia públicamente sus actos.

“Ya no temo a nada, ya estoy en peligro. Me veo como si estuviera muerta desde hace mucho tiempo. Morir me da igual, no tengo miedo de nadie. Voy a ver a esos hombres armados aunque me digan que me van a matar. Si tengo que hablarles para sensibilizarles, lo hago. Sé que un día me matarán. Me matarán porque lucho por las mujeres y por los Derechos Humanos. Tengo que continuar; me matarán, no tengo nada que temer.”, concluye Masika.

En la siguiente parte de esta edición conozcan a Noella, que quiere que se haga justicia con las mujeres de su país.

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