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Lampedusa: la isla perdida

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Lampedusa: la isla perdida

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La llegada del ferry supone un símbolo de esperanza para muchos en Lampedusa. Un grupo de inmigrantes procedentes de Siria llevaba mucho tiempo esperando. Ahora podrán poner rumbo a otro centro de refugiados en Sicilia.

La normativa europea les obliga a pedir asilo en el país al que llegaron en primer lugar, en este caso Italia. Para ellos no es la solución ideal pero es mejor que permanecer en un campo superpoblado.

“Estoy muy feliz. La gente aquí es maravillosa. Lo juro por Dios, se han portado de forma increíble”, explicaba una inmigrante, mientras otro miembro del grupo decía: “No puedo expresarlo con palabras, no puedo describir mis sentimientos. Estamos tan felices de que Dios nos haya ayudado a llegar aquí. Estamos cansados por el viaje pero estamos bien y esperamos un futuro aún mejor”.

Han estado en un campamento considerado un lugar de primera asistencia. Es decir, aquí los refugiados deberían permanecer sólo tres días tras su llegada, para después ser enviados a otro centro con mejores instalaciones en el que pedir asilo o ser enviados de vuelta a su país si no cumplen los requisitos para obtener el estatuto de refugiado. No obstante, el tiempo medio de estancia ha pasado a ser de unos 20 días, en un lugar que no está acondicionado para ello.

La tensión es palpable, sobre todo cuando algunos refugiados ven a gente que es trasladada antes que ellos pese a haber llegado más tarde. Las instalaciones están concebidas para acoger a 254 personas, pero el día de nuestra visita, hay 600.

“En frente del pabellón masculino principal hemos vaciado las oficinas y las hemos adaptado para poder albergar a otras 200 personas. Aún así, el centro esta superpoblado. Además, en los últimos días, como ha estado lloviendo, tuvimos que dar cobijo aún a más inmigrantes, así que les tuvimos que ofrecer refugiarse en nuestros autobuses para ponerse a cubierto de la lluvía”, nos declaraba Federico Miragliotta, director del centro.

Entramos en las instalaciones para familias. Antes los inmigrantes viajaban solos pero ya no es el caso. Según el director, cada familia dispone de una habitación, pero viendo colchones desperdigados por todas partes se intuye que la gente se instala como puede. La falta de intimidad es evidente.

“Las mujeres no se sienten cómodas aquí pero hoy estamos mejor que ayer. Se han ido varias personas, así que tenemos más espacio. Ayer tuvimos que dormir en el suelo, sin colchones ni nada. Estoy muy cansada porque no dormí nada en toda la noche”, nos cuenta una de las acogidas en el centro.

Con las familias llegan igualmente niños o mujeres embarazadas. Además, las violaciones durante los viajes clandestinos son habituales. En la zona de enfermería hay algo de material y ropa para atender a los menores aunque su equipamiento es precario.

La falta de recursos afecta también a su día a día. Apenas se pueden organizar actividades para los adultos, que pasan su tiempo durmiendo o paseando. Se intenta hacer algo más con los niños, para ayudarles a expresarse y superar los traumas de sus viajes.

“Tenemos varios dibujos de barcos hechos por los niños, en una tormenta, con rayos y truenos, lluvia… O por ejemplo también este dibujo, muy representativo, del barco abarrotado de gente”, nos muestra Massimo Merlino, de Save the Children Italia.

Entre enero y noviembre de este año, la Guardia Costera de Lampedusa ha rescatado en el mar a unas 13.000 personas. Si el tiempo acompaña, con un barco, el viaje desde Túnez hasta esta costa dura una hora. Desde Libia tres. Por eso intentan llegar aquí.

Subimos a una de las embarcaciones de la Guardia Costera. En Lampedusa tienen cinco dedicadas exclusivamente a operaciones de rescate. Parte de su financiación procede de la Unión Europea y su personal es de élite.

“Debemos estar listos para poder realizar una operación de rescate en 30 minutos. No obstante, el alto nivel de nuestro personal debido a años de experiencia nos permite reaccionar en mucho menos tiempo, 10 o 15 minutos”, asegura Giuseppe Cannarile, responsable de la Guardia Costera de Lampedusa.

Su trabajo se ciñe a las zonas costeras. En aguas internacionales actúa la armada italiana. Hace cuatro semanas el Gobierno lanzó la Operación Mare Nostrum. Por ahora las tropas desplegadas son italianas pero la UE espera aprobar la financiación necesaria para ayudar a Roma.

“Se trata de una operación militar, usando medios militares. Pero también es una operación humanitaria, porque el objetivo es mejorar la seguridad de la zona. No es un “corredor humanitario”, porque un “corredor humanitario” debería empezar en Trípoli”, aclara el teniente Umberto Castronovo, portavoz de la armada italiana en Lampedusa.

El cementerio de barcos, cercano al nuevo puerto de Lampedusa, sirve de recordatorio. Aquí se depositan todos los restos de los barcos naufragados y un día llegarán los del naufragio del 3 de octubre, en el que murieron más de 350 personas a menos de una milla de la costa.

Hablamos de ese día con Simone D’Ippolito, el primer buceador que llegó a la zona:“Estás ahí, ayudando a sacar del agua todos esos cadáveres… uno, dos, cinco, diez… No puedes mover el barco. A veces intentas avanzar, pero alguien te dice: “Para, acabamos de ver otro cuerpo”. Así que instintivamente das marcha atrás, pero entonces otro compañero te grita desde la parte de atrás: “¡Espera, aquí también hay un cuerpo!” Estás en un mar de cadáveres. Los sigues sacando y pierdes la cuenta de cuántos llevas.

Estos restos estaban a 50 metros de profundidad. Por lo general, todos los restos de naufrágio dan miedo, ¿verdad? Cuando estás en el agua, los restos de barcos hundidos asustan. Éste particularmente estaba a 50 metros de profundidad y según te acercabas, podías ver unos puntos negros, tanto sobre el barco, como alrededor. Parecían puntos negros en el fondo del mar, pero según te acercabas, te dabas cuenta de que en realidad eran cadáveres. Había muchos, por todas partes. Sobre los restos del barco y alrededor. Veías esos puntos negros por todas partes”.

Ahora los supervivientes están atrapados en Lampedusa. No quieren quedarse en Italia. Sueñan con el norte de Europa, con los países nórdicos. No obstante, la ley comunitaria les permite pedir asilo únicamente en el país al que llegan.

Así lo reconoce uno de los inmigrantes: “Mi destino sería Noruega, porque tengo amigos allí. Si pudiese llegar, con la ayuda de Dios, ellos me echarían una mano para que pudiese integrarme, para adaptarme a la cultura, a la vida diaria allí”.

Los habitantes de Lampedusa también se sienten atrapados. Están dispuestos a ayudar a los inmigrantes pero se ven abandonados por las instituciones.

“El colegio está cerrado. Los alumnos están obligados a tener sus clases en el instituto, lo que implica un uso doble. Por la mañana clases de instituto y por las tardes las de los pequeños. El ferry para hacer los viajes a Sicilia no está bien, los horarios son aleatorios. Además, pagamos más que los demas italianos por la electricidad, porque el proveedor es privado. Igualmente tenemos cortes en el suministro de agua porque hay escasez. ¿Qué nos da el gobierno a cambio de ayudar a esta gente? Creo que nada”, se quejaba una habitante.

“Hace unos días el hijo de una amiga se cayó y para hacerle una simple prueba de ultrasonidos tuvo que ir a Palermo en helicóptero. Es increíble. Para alguien en territorio continental este tipo de pruebas o análisis es algo normal. Va al hospital y lo hace. ¿Qué pasará cuando la gente deje de interesarse por lo que pasa en Lampedusa? Volverán a olvidarnos, como siempre. Por eso llamo a Lampedusa “la isla de nunca jamas”, porque no existe para nadie”, clamaba otra.

Además, el turismo se ha convertido en la principal fuente de ingresos de la isla y sus ciudadanos temen que la crisis humanitaria derivada de la inmigración ilegal acabe llevándose a los turistas a otra parte.