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Aqeela Asifi, premio Nansen por su labor educativa con niñas afganas refugiadas en Pakistán

Aqeela Asifi no es una maestra ordinaria. Ha dedicado toda su vida a educar a niñas refugiadas en Pakistán. La mayoría huyó de los combates en la

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Aqeela Asifi, premio Nansen por su labor educativa con niñas afganas refugiadas en Pakistán

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Aqeela Asifi no es una maestra ordinaria. Ha dedicado toda su vida a educar a niñas refugiadas en Pakistán. La mayoría huyó de los combates en la vecina Afganistán. Cuando llegó hace 23 años ya había unos 3 millones de refugiados en el país, las niñas tenían prohibido ir a la escuela. Aqeela hizo que poco a poco esta situación cambiara.

Punto de vista

Cuando comenzamos a vivir con ellos, me di cuenta de que éramos como extraños los unos con los otros y de que nadie se preocupaba de educar a los niños

Aqeela Asifi: “En 1992, cuando comenzó la guerra en Afganistán yo, también, tuve que emigrar, tuve que dejar Kabul. Cuando llegamos, vimos que había ya muchos refugiados. Las gentes eran muy buenas, personas muy hospitalarias y civilizadas. Pero cuando comenzamos a vivir con ellos, me di cuenta de que éramos como extraños los unos con los otros y nadie se preocupaba de educar a los niños. Para ellos era impensable el hecho de educar a las niñas (…) Sé como una persona puede defenderse contra la ignorancia. Poco a poco y con mucha dificiltad obtuve el permiso de los líderes locales.”

Su trabajo en el campo de refugiados de Kot Chandnaen en el norte de Pakistán que acoge a 4 800 familias ha sido recompensado con el prestigioso premio Nansen otorgado por la Agencia de la ONU para los refugiados.

No fue fácil, al principio, Aqeela tuvo no solo que convencer a las familias de la necesidad de educar a las niñas, sino buscar un lugar donde poder enseñar.

Agha Muhammad, líder local: “No había escuelas aquí, así que, nos dijo, si aceptan, tendré que buscar un lugar para enseñar. Le dije que tenía que consultarlo con los líderes locales. Ella comenzó dando clases en las tiendas de campaña pero los padres no traían a sus hijas. Al cabo de un mes, el número de alumnas aumentó. Estuvo dos años enseñando así, luego, se construyeron aulas (…) Al cabo de 10 o 12 años, la gente comprendió que la escuela funcionaba bien, los padres veían a sus hijas crecer y formarse, así que, poco a poco, otras escuelas como la de aquí, abrieron, la de Sra Zakhira, luego, otra en Wali Khailo.”

Una dedicación que no ha cesado desde que Aqeela llegó hace 23 años a Pakistán. Desde entonces, más de 600 niñas han integrado las escuelas del campo de refugiados, incluso, alumnas de los pueblos vecino

El ciclo formativo va hasta octavo, con 13 años. Las niñas aprenden urdu, pastún, inglés y materias básicas como matemáticas, economía y biología.

Fatima Bibi, alumna: “No he dejado de estudiar desde que tengo dos años. Si ella no hubiera empezado todo esto, no habríamos podido estudiar. Ella es afgana, nosotras, también. Es la única profesora de nuestra nacionalidad aquí. Me gustaría estudiar y llegar a ser profesora como ella o doctora. También, me gustaría ser ingeniera o alguien importante. Puedo leerle a mi padre los mensajes del teléfono móvil, también, las facturas de electricidad, puedo leer todo lo que necesito.”

Con los años, nuevos profesores han sido contratados para trabajar en las escuelas del campo de refugiados. Wazira Bibi es una de ellas, huyó de Afganistán y estudió con Aqeela: “No había nada cuando llegué. Huí junto a mi esposo y mis hijos. Todo era muy confuso al llegar, luego, me enteré de que Aqeela dirigía una escuela. En aquella época, no había profesores suficientes así que decidí unirme a ella. Durante nueve meses estuve aprendiendo y enseñando al mismo tiempo. Gracias a ella tuve mi primer trabajo remunerado durante 18 meses.”

Aqeela formó a numerosos profesores cuando llegó a Pakistán. Tuvo que dejar su casa en Kabul, hoy, cinco de sus seis hijos viven aún en este campo de refugiados. Es ella quien se ocupa de la educación de sus hijos. Su marido, propietario de una tienda, la apoya en todo momento: “Al principio, se volvó en esta labor por compasión, pero se convirtió en un trabajo muy profesional y, hoy, todos nosotros, yo mismo, toda nuestra tribu, le estamos muy agradecidos.”

Aqeela Asifi: “Disfruto con mi trabajo, me siento orgullosa de ser mujer, de ser profesora y de haber ganado un premio internacional (…) Mi marido es un apoyo esencial y coopera en todo (…) En todos los aspectos, mi familia ha podido mejorar su nivel de vida. Muchas otras familias han podido prosperar gracias a la educación de sus hijas. En cada casa hay, al menos, una niña que finaliza todo el ciclo educativo.”

Su trabajo no se limita al campo de refugiados, Aqeela, también, ha conseguido que niñas de los pueblos vecinos vayan a la escuela. Muchas de ellas caminan varias horas al día para asistir a clase. Es el caso de Faiza Khanum: “Nuestra casa está a dos horas de aquí. Venimos a pie. En nuestro pueblo, los chicos pueden ir a la escuela hasta el décimo grado, las chicas, sin embargo, solo hasta quinto, así que yo no puedo ir a la escuela, tampoco, hay profesores suficientes. Los estudiantes allí se pasan el día jugando, no estudian. Me gustaría ser piloto y ayudar a mi país.”

Visitamos, ahora, un pueblo cercano al campo de refugiados, allí hablamos con, Rahat Bibi, tía de Faiza, que pasó también por las aulas de Aqeela: “Fui alumna de la señora Aqeela hasta el octavo. Siempre nos alentó para que siguiéramos estudiando, y sigo haciéndolo, ahora, quiero obtener un título universitario. Me gustaría ser profesora. Sin la escuela que creó Aqeela, hubiera sido como muchas otras niñas y mujeres de pueblos cercanos, una analfabeta.”

La clave del éxito de Aqeela reside en haber conseguido cambiar la mentalidad de las gentes del lugar. Hoy, no solo sus alumnas le agradecen su dedicación, sino todos los pueblos que rodean el campamento. La gente ha comprendido cual es el verdadero valor de educar a sus hijas.

Agha Muhammad, líder local: “Muchos niños de familias pobres no van a la escuela, se dedican a recoger basura, trabajan en fábricas de ladrillos, yo mismo no pude acceder a la educación pero estoy a favor porque no quiero que mis hijos pasen por lo que yo pasé, ni ellos, ni mis nietos. Les ayudaré para que puedan alcanzar una vida mejor.”

Aqeela Asifi: “Sin educación la sociedad no avanza. Desde que comenzamos esta aventura, 125 niñas han acabado sus estudios escolares, muchas de ellas han entrado en la universidad y, ahora, ocupan puestos remunerados, lo que llena de satisfacción a muchas familias.

Su visión ha hecho posible que dos generaciones de niñas refugiadas afganas tengan bases sólidas para encarar el futuro.

www.unhcr.org/55f2924f6.html

www.unhcr.org/cgi-bin/texis/vtx/nansen

car.punjab.gov.pk/campoverview