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El infierno de la inmigración en Libia

Cinco años después del asesinato de Gadafi, el estado libio se ha derrumbado. Libia está sumida en la inestabilidad y se ha convertido en un destino de la inmigración irregular.

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El infierno de la inmigración en Libia

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Cinco años después del asesinato de Muamar Gadafi, Libia se ha derrumbado. El país está sumido en la inestabilidad y se ha convertido en un destino de la inmigración irregular. Las actividades ilegales entorno a los inmigrantes se multiplican: robos, extorsión, retención en centros de inmigración, donde las condiciones son inaceptables.

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"Cerca de 4.700 personas han muerto ahogadas en el Mediterráneo en 2016, según Naciones Unidas"

Valérie Gauriat, reportera de euronews ha viajado a Libia, donde ha recogido el testimonio de hombres y de mujeres, en su mayoría de otros países africanos, que lanzan un llamamiento de ayuda.

Las autoridades de un país dividido, y minado por la organización yihadista Estado Islámico y por las milicias, culpan directamente de la situación a la comunidad internacional.

“Todos los viernes salen a la caza del negro. Meten a la gente en la cárcel por nada”, denuncia una mujer en uno de los centros.

Otro se indigna: “nos llaman animales y nos pegan”.

“Mire cómo le han dejado la piel; lleva once meses aquí. Miren a este otro, miren como vivímos aquí”, declara otro de ellos señalando a un compañero en un estado deplorable.

“Nos hemos dado cuenta de que nos hemos convertido en un negocio para ellos. Quieren hacerse ricos a nuestra costa”, sentencia enfadada una mujer.

Estas voces llegadas de África no son más que unas pocas entre miles que sufren tras los muros de los centros de detención para inmigrantes de Libia.

Con dos mil kilómetros de frontera marítima y cuatro mil kilómetros de frontera terrestre, Libia tendría oficialmente cerca de trescientos mil inmigrantes.

Son muchos los candidatos a la peligrosísima travesía hacia Europa, a unos 300 kilómetros de las costas libias.

Un drama creciente al que los guardacostas intentan hacer frente con medios irrisorios.

“¡Estábamos muriéndonos, todos estábamos muriéndonos! Gracias Libia ¡Nos has salvado la vida!”, agradece uno de los inmigrantes rescatados en zódiacs.

Operación Sofía

El equipo encargado del sector de Trípoli solo tiene seis zódiacs de 12 metros, para cubrir 120 kilómetros.

Unas embarcaciones que no sirven en alta mar ni tampoco para largas distancias.

Los guardacostas libios creen que la presencia de barcos europeos en el Mediterráneo no ha hecho más que aumentar el número de inmigrantes

“Hoy los inmigrantes en lugar de tener que navegar de doscientas a cuatrocientas millas náuticas, pueden fácilmente no tener más que recorrer una decena de millas. En cuanto han salido de las aguas territoriales libias se encuentran directamente con los barcos de la Operación Sofía, que les esperan para llevarlos a las costas europeas”, nos cuenta Ashref el Badri, jefe de los guardacostas de Trípoli.

“Llevan una cantidad enorme de gente en los barcos porque calculan para distancias cortas. El resultado es que desde que zarpan y en cuanto han navegado doce millas, los barcos se hunden. Esa es la principal causa del aumento del número de muertos”, explica Hadi K’hail, uno de los guardacostas del sector de Trípoli.

Cerca de 4.700 personas han muerto ahogadas en el Mediterráneo en 2016, según las Naciones Unidas.

Un siniestro balance récord.

En las imágenes se puede apreciar los restos de los barcos interceptados por los guardacostas libios. “Ahora los fabrican especialmente para transportar emigrantes. Y el tráfico es un negocio próspero porque desde enero son más de catorce mil los inmigrantes que han sido socorridos en el mar. Cuatro veces más que los años anteriores”, informa Valerie Gauriat, reportera de euronews.

Lucha contra la inmigración clandestina

Estamos citados en las oficinas del departamento libio de lucha contra la inmigración clandestina (DCIM).

Aquí los efectivos se han reducido.

La unidad especializada en redes de traficantes de personas en Trípoli lucha en otros frentes.

“Muchos de nuestros hombres están en Sirte combatiendo al Estado Islámico. En estos momentos la verdad es que no tenemos fuerza de intervención alguna”, se lamenta Naser Hazarm, jefe de administración y personal.

“Fíjese como actúan los traficantes … (Los inmigrantes) han recorrido cien kilómetros ahí dentro”, se alarma mostrando unas imágenes de inmigrantes hacinados bajo ladrillos en la zona de carga de un camión.

El tráfico de inmigrantes ha surgido en Libia tras el linchamiento de Gadafi.

El negocio nunca les ha ido tan bien como en el último año, según los traficantes con los que hemos hablado.

Cada travesía les deja un beneficio de entre dieciséis mil euros por una zódiac y hasta más de cien mil por un pesquero.

“La Operación Sofía ha facilitado las cosas. Antes las zódiacs podían tardar en llegar 17 horas, 20 horas, 24 horas. Ahora la travesía dura un máximo de cuatro horas”, confiesa sin revelar su identidad un traficante libio.

Como los guardacostas, los equipos libios contra los traficantes carecen de medios. La caja del ministerio del Interior está vacía; y llevan tres meses sin cobrar.

“Todo hace agua”, nos dice el responsable administrativo del departamento.

“El material, los ordenadores, los coches, los uniformes, los medios de comunicación nocturna, los walkie talkie… necesitamos ayuda con todo eso”, denuncia Naser Hazarm.

Mohamed Swayib, responsable de relaciones internacionales de los encargados de perseguir a los traficantes, acusa a la comunidad internacional.

“El hecho de que la Unión Europea, la Organización Internacional de las Migraciones, Frontex, las Naciones Unidas no respeten los acuerdos firmados con el estado libio con respecto a la ayuda financiera, logística y técnica ha aumentado el problema”, denuncia.

“Quiero subrayar – continúa – que Libia no quiere ser para siempre el policía que trabaja gratis para detener a los inmigrantes que van a Europa. El fin político oculto a nivel europeo es hacer de Libia una zona de sombra, en la que agrupar a todos los inmigrantes ilegales para que se conviertan en ciudadanos libios. Eso no va a pasar porque el pueblo libio no lo aceptará nunca”, concluye.

Los centros de detencion

Los inmigrantes detenidos por las autoridades libias son enviados a uno de los veintidós centros de internamiento forzoso para inmigrantes del país.

Nos presentamos sin avisar en uno de ellos en Trípoli.

El director no está.

Un guardia nos permite pasar.

Bajo la tutela del ministerio del Interior, centros como éste son a menudo administrados por alguna de las numerosas milicias que se disputan el control de Libia con las autoridades oficiales.

Más de un centenar de personas se hacinan en este hangar que apesta a orina.

“Aquí hay gente que lleva diez meses, gente que está desde hace seis meses, otros desde hace un año. Hay gente que ha muerto, gente herida. Hay gente que ha perdido la vida …”, cuenta uno de los inmigrantes del centro.

“En un día comes la mitad de esto o todo y se acabó. Hasta otro día. Sin desayuno, sin cena, sin nada ¡queremos volver a casa!”, se lamenta.

Aquí son muchos los que están heridos.

Porrazos, disparos.

La mayoría de ellos están enfermos.

Hay insectos por todos lados.

Atribuyen varias muertes a la falta de cuidados e higiene.

“Solo tiene que mirarle la piel. Lleva aquí once meses. Querríamos volver. Mire a éste otro, mire cómo vivimos aquí”, explica uno de los detenidos mostrando el cuerpo demacrado de uno de sus compañeros.

Vamos a la zona de las mujeres. A primera vista las condiciones son menos malas. Pero la primera impresión dura poco.

“Estoy embarazada. No tengo ninguna atención médica. No como, no duermo bien. Disparan a la gente, disparan en cualquier momento” se queja desesperada una de las mujeres internas en el centro.

“No bebe leche, come arroz blanco. Tiene cuatro meses, hace tres meses que está aquí. No hay nada para atenderla, no hay ni pañales. Mire el arroz que tiene que tomar el bebé, es de hace tres días”, denuncia.

“¡Ni cuidados ni medicamentos!”. “Un bebe está enfermo desde hace tres días”.

Todas las mujeres que están aquí dicen haber sido detenidas en la calle o en su casa.

“Vas paseando y te detienen en la calle, te secuestran. Te ven y te secuestran. Ahora nos hemos convertido en un negocio para ellos. Quieren hacerse ricos a nuestra costa. Con lo que les damos … no recibimos ni siquiera el cinco por ciento de lo que les donamos. Y no hemos venido a Libia para recibir limosnas. Estamos aquí para mejorar nuestras condiciones de vida. Si no quieren vernos en el país, que nos ayuden a irnos”, relata exasperada una mujer con el rostro tapado con una camiseta para no desvelar su identidad.

Muchas de estas mujeres han perdidos a sus bebés por falta de cuidados. Nos dicen que los golpes y las amenazas son frecuentes. Y las violaciones, habituales.

“Para obtener cualquier cosa nos piden dinero”, dice.

¿Y si no tienen dinero?

“Cuando no tenemos dinero abusan de nosotras. Por detrás. Tengo un hijo que a veces quiere beber leche, la necesita. Pero cuando no tienes dinero estás obligada a seguirles el juego. Pones el culo para que abusen de ti, ¡para que abusen de ti! No me oculto por falta de responsabilidad. Me escondo porque después pueden hacerte daño”, responde

“No nos abandonen aquí porque estamos cansados, hasta la piel nos duele”, pide llorando, con expresión cansada, una de las mujeres.

Aunque las exacciones son un hecho en numerosos centros de internamiento, unos son mejores que otros.

Como aquí, en otro barrio de Trípoli.

Esta vez, el director nos atiende. Nos muestra el estado de abandono de las instalaciones. Y denuncia la falta de medios para atender las necesidades de los internos.

Sin dinero, no puede pagar a los proveedores. Y falta comida. La ayuda humanitaria es muy escasa.

“Estamos afectados por todas estas cosas ridículas. Pero las ONG no hacen su trabajo a pesar de las ayudas financieras que reciben de algunos países. Esto es todo lo que nos dan las ONG cada dos o tres meses. Vienen a hacer su propaganda mediática y filman la distribución de saquitos como este a unos pocos inmigrantes”, denuncia el director del centro de detención Abu Slim Migrant, Ramadan Rayes, mostrando una de las bolsas de ayuda humanitaria.

Aquí no hay malos tratos a los detenidos: una cincuentena de personas. Nos dicen que sus guardias son amigables. Lo que no impide que también quieran irse cuanto antes.

Las mujeres que están aquí han escapado de una red de prostitución. Fueron detenidas cuando intentaron embarcarse hacia Europa.

“Aquí nos tratan muy bien, pero estamos cansadas de estar aquí, porque quieren que volvamos a Nigeria, y ya estamos preparadas para regresar “, asegura una de ellas.

“La Oficina Internacional de las Migraciones dijo que debemos esperar. Y en esas estamos, esperando. Hasta ahora, no hemos visto ningún avance. Y diciembre está acabándose. ¡Tenemos que volver a casa!”, implora.

Según las autoridades libias unas ocho mil personas han sido devueltas a sus países desde 2015.

Pero para la mayoría la vuelta a casa es un imposible.

“Las embajadas de los países africanos no ayudan nada por una simple razón: en primer lugar porque no están representadas en Libia y en segundo lugar porque no saben qué hacer si los reenvían. Creen que esta gente supone un problema y se quedan muy tranquilos cuando se van del país. No se les ocurre que puede ser una carga para Libia”, explica Ramadan Rayes.

En las calles de Trípoli

Los que no sufren penas de prisión se esfuerzan por sobrevivir en una ciudad en donde el peligro acecha por todos lados.

Esta rotonda es célebre en Trípoli.

Aquí todos los días decenas de hombres intentan vender su fuerza de trabajo a patronos muy a menudo con pocos escrúpulos.

“Todos los días, disparan a la gente como si fueran animales, no es justo, secuestran a la gente, les hacen pagar miles de dinares. Te llevarán a trabajar y no te pagarán. Cuando acabes el trabajo te dirán que te largues. ¡No es justo! Que la ONU nos ayude”, cuenta un inmigrante en las calles de Trípoli.

Todos tienen aquí un único objetivo: Europa.

“Si estamos aquí es para poder cruzar, para ir a Italia. Venimos aquí a sentarnos por la mañana para encontrar trabajillos con los árabes. Para ahorrar. Pero es cuestión de suerte. Porque aquí los hay que vienen a robarnos, para vendernos y meternos en la cárcel. Hay que pagar mil dinares para que te liberen. Y también cuando has ahorrado un poco y puedes pagar el barco para cruzar, en pleno mar van a detenernos para encerrarnos otra vez en la cárcel. Y hay que pagar antes de salir. Ya ves. Así estamos los inmigrantes aquí en Libia”, concluye Osmane, un inmigrante nigeriano en Trípoli.