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Un audaz e inquietante Requiem de Mozart abre el Festival de Aix en Provence

Un audaz e inquietante Requiem de Mozart abre el Festival de Aix en Provence
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Los orígenes del Réquiem de Mozart, obra póstuma del autor, están envueltos en mitos y misterios. En el Festival de Aix en Provence se ha estrenado una nueva versión escénica, firmada por el italiano Romeo Castelucci.

Aterradora, inquietante y solemne... Con estos adjetivos se ha calificado el estreno mundial de una versión escenificada del Réquiem de Mozart, que ha inaugurado este año el Festival Lírico de la localidad francesa de Aix en Provence. Romeo Castellucci, encargado de la puesta en escena y Raphaël Pichon, a la batuta, han roto moldes con su interpretación de esta misa de difuntos, obra póstuma de Wolfgang Amadeus Mozart.

Raphaël Pichon, director, subraya que "este réquiem es una obra que se ha interpretado un número incalculable de veces por todo el mundo. Es un ritual que llevamos a cabo para nosotros, para los que estamos vivos no para quienes han muerto. Romeo Castellucci la concebía más bien como una celebración de la vida que como una celebración de la muerte".

La soprano australiana Siobhan Stagg, protagonista, describe así la puesta en escena: "Trabajamos con una cronología de vida que se retrotrae en el tiempo. Al principio, en el escenario aparece una persona que está al final de su vida; después, una mujer de veinte años; una niña de nueve y al final, un bebé. Es como pensar en la muerte, pero al revés, como un círculo de vida."

La propuesta visual es ambiciosa: los personajes cantan, bailan se desnudan, Stagg comenta que "esta producción exige que la gente que está en escena lo de todo, todo lo que hay de vida en ellos, esa es la ironía que a Romeo, le encanta: que bailen, corran, que se hinchen y lleguen exhaustos al final."

La historia del réquiem de Mozart es en sí misma un drama, ya que el compositor austriaco falleció cuando sólo llevaba escrita la mitad de la partitura de esta misa de difuntos. El requiem fue completado por uno de sus discípulos Franz Xaver Süssmayr.

De hecho, Mozart habría percibido el encargo de la pieza como un signo. En este sentido, Raphaël Pichon, destaca que "Mozart hablaba de la muerte como si fuera una de sus mejores amigas. Pero en sus últimas cartas, se puede percibir que tuvo una especie de premonición y creía que esta misa de difuntos, sería la suya". Entre los distintos fragmentos que la componen Pichon destaca "Lacrimosa", porque "es de una desnudez y de una fragilidad enormes. Lo que es bello debe ser frágil, debe ser perecible, aparecer y desaparecer. Y esa desaparición de la belleza es lo que la convierte en algo tan hermoso".

Mozart escogió dos momentos, hacia el principio y el final del réquiem, para sendos solos de soprano. Siobhan Stagg tiene su teoría de porqué: "La voz de soprano es la más livana y quizás la más inocente, en cierta manera. Cuando nacemos y afortunadamente cuando morimos también -si se es religioso- nos gusta pensar que somos inocentes, quedamos limpios de todos los errores, y vamos a un sitio mejor, pacífica, tranquilamente. Supongo que Mozart eligió ese color vocal por esa razón".