Las residencias musicales ganan terreno en Europa, pero el modelo traslada parte del coste al público: viajes, alojamiento y otros gastos se suman al precio de la entrada. Facua advierte del impacto para los consumidores.
Durante décadas, Las Vegas convirtió las residencias musicales en parte de su identidad. En lugar de llevar un espectáculo de ciudad en ciudad, grandes artistas instalaban durante semanas o meses una producción en un mismo recinto y eran los espectadores quienes viajaban para verla. Ahora, Europa empieza a experimentar con una fórmula parecida.
Madrid es uno de los ejemplos más visibles de esta transformación. Shakira protagonizó una residencia de 12 conciertos en un recinto temporal, el Estadio de Shakira, instalado en Iberdrola Music, en Villaverde. Bad Bunny concentró diez conciertos en el Riyadh Air Metropolitano dentro de su gira, mientras que Dani Martín se convirtió en el primer artista en desarrollar una residencia en el Movistar Arena de Madrid.
El fenómeno trasciende a los artistas españoles y latinoamericanos. Nombres internacionales como Céline Dion, Adele o Ariana Grande también han estado vinculados, de distintas maneras, a formatos que concentran varias actuaciones en una misma ciudad europea. La consecuencia es un cambio importante en la relación entre artista, ciudad y consumidor.
Para Rubén Sánchez, secretario general de Facua, esta fórmula "no beneficia al público". Considera que concentrar las actuaciones permite reducir costes para la industria al utilizar durante más tiempo un mismo recinto, mientras que obliga a muchos espectadores a asumir gastos adicionales.
"No es lo mismo que todos los espectáculos se celebren en Madrid a que haya una gira por distintas ciudades de España", explica Sánchez. Al precio de la entrada pueden sumarse transporte, alojamiento, comida y otros gastos derivados del viaje.
Más fechas, pero también más gastos
Las residencias pueden aumentar el número de entradas disponibles al ofrecer varias oportunidades para ver a un mismo artista. Sin embargo, para quienes viven lejos de la ciudad elegida, el coste real de asistir puede ser considerablemente mayor.
Sánchez cree que será precisamente la respuesta del público la que determine el futuro del modelo. Si los aficionados aceptan desplazarse y asumir ese gasto adicional, considera probable que aparezcan más residencias. Si existe rechazo y este se traduce en una menor venta de entradas, la industria podría reconsiderar la estrategia.
"El triunfo o el fracaso del nuevo modelo va a depender de la reacción masiva de los usuarios", afirma.
El problema del precio final
Facua también alerta de otro problema asociado a la venta de entradas: la falta de claridad sobre cuánto terminará pagando el consumidor. Sánchez cuestiona especialmente los llamados "gastos de gestión" que se añaden durante el proceso de compra. Para Facua, el precio anunciado debería incluir desde el principio todos los costes obligatorios.
"Desde el minuto uno, desde el primer pantallazo, desde el primer anuncio, tienen que decir cuál es el precio de la entrada", sostiene. A ello se suma el mercado de reventa. Facua defiende que solo debería permitirse sin ánimo de lucro, por ejemplo cuando un consumidor que finalmente no puede acudir vende su entrada a otra persona. La organización reclama una regulación más estricta de la reventa destinada a obtener beneficios.
El consumidor tendrá la última palabra
El modelo recuerda a Las Vegas porque convierte al concierto en un destino. Para las ciudades anfitrionas, miles de aficionados pueden generar actividad para hoteles, restaurantes, transportes y comercios. Para el consumidor, sin embargo, supone asumir una parte mayor del coste y la logística.
Sánchez considera que todavía es pronto para saber si las residencias se consolidarán en Europa. La clave estará en si el público acepta esa nueva ecuación: más oportunidades para ver a un gran artista, pero también la posibilidad de tener que viajar y gastar más para hacerlo.