El Gobierno vasco lleva décadas reclamando el Guernica. Lo quiere en el Guggenheim de Bilbao durante nueve meses. El Reina Sofía acaba de publicar un informe de 16 páginas que dice, en esencia, no.
El Guernica mide casi ocho metros de largo. Pesa, con su estructura de transporte, más de 500 kilos. Y lleva sin salir de Madrid desde 1981, cuando llegó en avión desde Nueva York tras cuatro décadas de exilio. Desde entonces, cada vez que alguien ha pedido prestado el cuadro más famoso de Picasso, la respuesta ha sido la misma: no.
La última petición la ha formulado el Gobierno vasco con una argumentación que va más allá de lo cultural. El lehendakari Imanol Pradales quiere que la obra se exponga en el Museo Guggenheim de Bilbao entre octubre de 2026 y junio de 2027, coincidiendo con el 90 aniversario del primer Gobierno vasco y del bombardeo de Gernika. Para el Ejecutivo autonómico, el traslado sería "una reparación simbólica y política, no solo al pueblo vasco, sino un mensaje al mundo".
El Reina Sofía no lo ve así. O más bien: no cree que el cuadro aguante el viaje.
Lo que dice el informe técnico
El Departamento de Conservación-Restauración del museo madrileño publicó hace unos días un dictamen de 16 páginas (PDF) en el que desaconseja "rotundamente" el traslado. El documento describe el estado actual del lienzo con un nivel de detalle que no deja mucho margen a la interpretación: grietas, craquelados, microfisuras, pérdidas de policromía, lagunas pictóricas.
Parte del daño viene de la propia pintura que usó Picasso, que presenta "una fragilidad añadida". Pero la mayor parte, según los técnicos, es consecuencia directa de los más de 30 traslados que vivió el cuadro entre los años treinta y su llegada a España.
En muchos de esos viajes, la obra tenía que enrollarse para caber en los contenedores de transporte, un proceso que fue dejando huella. En 1957, dado el mal estado de conservación que ya presentaba entonces, se aplicó cera resina por el reverso y se reforzó con bandas de lino y algodón.
El informe es claro sobre lo que podría ocurrir con un nuevo movimiento: "Las vibraciones podrían generar nuevas grietas, levantamientos y pérdidas de la capa pictórica, así como desgarros en el soporte". Y añade que la obra "no puede enrollarse" y debe permanecer en posición vertical con condiciones estables de humedad y temperatura.
Un debate que va más allá de la conservación
El Gobierno vasco no discute el estado del cuadro. Lo que discute es la pregunta. Según el lehendakari, la petición formal que trasladó la consejera de Cultura, Ibone Bengoetxea, al ministro Ernest Urtasun no era un encargo sobre el estado de conservación, sino sobre las condiciones bajo las que sería posible moverlo: qué tecnología, qué garantías, qué coste. La respuesta del Reina Sofía, publicada apenas un día después de esa reunión, no respondía a eso.
"Sería grave que una solicitud formal de un Gobierno se responda sin un análisis serio y en profundidad", dijo Bengoetxea. Las autoridades vascas aseguran estar dispuestas a asumir todos los costes de la operación y a crear una comisión técnica específica para coordinarla.
La tensión tiene también un trasfondo político que nadie intenta disimular. La negociación está enmarcada en un momento de transferencias de competencias entre el Estado y Euskadi, y el Guernica se ha convertido en una causa de Estado para el Gobierno de Pradales. El lehendakari llegó a advertir a Pedro Sánchez en la Moncloa que cerrar la puerta a esta cuestión sería "un grave error político".
Un historial de negativas sin polémicas añadidas
Lo que complica la posición vasca es que el Reina Sofía tiene un historial consistente. En 1997 rechazó incluir el Guernica en la inauguración del propio Guggenheim de Bilbao. En 2000 dijo que no al MoMA de Nueva York. En 2006, al Royal Ontario Museum. En 2007, al propio Gobierno vasco. En 2009, a una cadena televisiva japonesa. En 2012, a un museo coreano.
Ninguna de esas negativas abrió una crisis diplomática de esta magnitud, quizás porque ninguna venía cargada con el peso simbólico que le da el 90 aniversario del bombardeo de Gernika. Esta semana, el propio alcalde de la localidad, José María Gorroño, ha ido más lejos que el Gobierno vasco: si el cuadro tiene que moverse, dice, el lugar natural no es Bilbao sino Gernika.
Por ahora, el Guernica sigue donde lleva más de tres décadas: en la sala 206 del Reina Sofía, inmóvil, y con toda la controversia girando a su alrededor.