El sector manufacturero chino apenas aguantó en mayo, y los datos oficiales muestran su menor actividad en tres meses, mientras la guerra en Irán y la debilidad interna reavivan las dudas sobre las ambiciones de crecimiento de Pekín.
El vasto sector manufacturero de China perdió fuelle el mes pasado, según las cifras oficiales publicadas el domingo, lo que reaviva las dudas sobre cuánto tiempo la segunda mayor economía del mundo podrá soportar una crisis energética mundial cada vez más profunda y los persistentes problemas de demanda interna.
El índice oficial de gestores de compras del sector manufacturero (PMI), publicado conjuntamente por la Oficina Nacional de Estadísticas de China (NBS) y la Federación China de Logística y Compras, cayó hasta exactamente 50 en mayo, 0,3 puntos menos que en abril y su nivel más bajo desde febrero.
En una escala de 0 a 100, la cifra se sitúa justo en el umbral que separa la expansión de la contracción, un resultado matemáticamente neutro que, en contexto, dista mucho de ser tranquilizador.
Los detalles detrás de la cifra principal aumentan la preocupación.
Los nuevos pedidos bajaron hasta 49,9, volviendo al terreno contractivo desde 50,6 en abril, mientras que la producción retrocedió ligeramente hasta 51,2 y las existencias de materias primas cayeron hasta 48,6.
No obstante, se observó un foco de relativa fortaleza, el PMI de la manufactura de alta tecnología alcanzó 52,9 y el de la fabricación de equipos 52,1, ambos por encima del mes anterior, según Huo Lihui, estadístico jefe de la NBS.
Un choque energético que puede acabar afectando a China
Buena parte del debate económico mundial en 2026 ha estado dominado por la guerra con Irán y el cierre desde marzo del estrecho de Ormuz, por donde en tiempos de paz transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial.
Esta interrupción ha disparado los precios del crudo en lo que la Agencia Internacional de la Energía ha calificado como uno de los mayores shocks de oferta de la historia del mercado petrolero mundial. Para la mayoría de países asiáticos, principales importadores del flujo de crudo que atravesaba este paso estratégico, las consecuencias han sido graves.
China, sin embargo, se ha visto relativamente protegida hasta ahora.
Se estima que Pekín acumuló antes del inicio del conflicto en torno a 1.400 millones de barriles en reservas estratégicas y comerciales de petróleo, el equivalente a unos 220 días de importaciones.
El mayor uso de otros combustibles fósiles como el carbón, la rápida inversión en energías renovables y la diversificación de las rutas de suministro han amortiguado aún más el impacto.
"Aunque la crisis energética sigue siendo el principal viento en contra para Asia, China está relativamente más protegida gracias a su sólido sistema de seguridad energética", escribió en una nota de investigación la semana pasada Frederic Neumann, economista jefe para Asia de HSBC.
Con todo, a medida que se prolonga la guerra con Irán, aumentan los riesgos para la economía china.
Las exportaciones resisten pero la demanda interna se debilita
El flanco más vulnerable de la economía de Pekín sigue siendo la demanda interna, ya que la prolongada crisis del sector inmobiliario ha erosionado la confianza de los consumidores. HSBC recortó con fuerza su previsión de crecimiento de las ventas minoristas en China para 2026, hasta el 2,8% desde el 5,2%, después de que los datos de abril arrojasen un aumento interanual de apenas el 0,2%, el peor registro desde la época de la pandemia.
"La demanda interna va rezagada, pero la manufactura de gama alta y las exportaciones aguantan el tipo", escribió la semana pasada Robin Xing, economista jefe para China de Morgan Stanley.
Pekín se ha fijado para 2026 un objetivo de crecimiento anual de entre el 4,5% y el 5%, el más bajo desde 1991 y por debajo de la meta de "en torno al 5%" de los tres años anteriores.
Morgan Stanley considera alcanzable el objetivo anual de crecimiento de China, pero advierte de que la evolución del mercado mundial del petróleo es el gran factor imprevisible.
Las exportaciones a Estados Unidos han caído en términos interanuales durante buena parte de los últimos doce meses, aunque las ventas al resto del mundo se mantienen sólidas, especialmente hacia Europa y el sudeste asiático.
Cierto optimismo en torno al comercio bilateral ha regresado desde que el presidente estadounidense, Donald Trump, se reunió con el líder chino, Xi Jinping, en Pekín a mediados de mayo, cuando ambas partes acordaron crear un Consejo de Comercio y un Consejo de Inversión entre Estados Unidos y China para gestionar los lazos económicos entre los dos países.