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De 1492 a Gaza: las raíces históricas de la ruptura entre España e Israel

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, habla durante una rueda de prensa en Jerusalén, el jueves 19 de marzo de 2026
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, habla durante una rueda de prensa en Jerusalén, el jueves 19 de marzo de 2026 Derechos de autor  Ronen Zvulun / AP
Derechos de autor Ronen Zvulun / AP
Por Maria Muñoz Morillo
Publicado Ultima actualización
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Las relaciones entre España e Israel están en punto muerto. Tras las críticas de Sánchez a los conflictos de Gaza e Irán, Netanyahu ha puesto el foco contra España y su política. Pero la desconfianza del primer ministro va más allá y tiene su origen en un recelo heredado de la visión de su padre.

La relación bilateral entre España e Israel no pasa por su mejor momento. Durante la ofensiva en Gaza, el Gobierno de coalición de Pedro Sánchez fue uno de los más críticos con las acciones de Israel en el enclave.

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La llamada a consultas de embajadores, las acusaciones de "apoyo al terrorismo" hacia el Gobierno de Pedro Sánchez y las denuncias españolas por la situación humanitaria en Gaza han creado un abismo diplomático. Sin embargo, reducir esta tensión a un simple choque ideológico entre la izquierda española y la derecha del Likud de Netanyahu sería un análisis incompleto.

Según el experto del Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid Ignacio Molina, la agresividad de Benjamín Netanyahu tiene raíces mucho más profundas, personales y, sobre todo, historiográficas: su padre es el origen de su escepticismo contra España.

La herencia de Benzion Netanyahu: España como el origen del racismo contra los judíos

Para entender la psicología política de Benjamín Netanyahu, hay que entender la influencia de su padre, el historiador Benzion Netanyahu. Su obra sobre la Inquisición española no es solo un texto académico; es la base del ideario de su hijo.

Benzion sostuvo una tesis tan polémica como influyente: la Inquisición no persiguió a los judíos por religión, sino por un odio racial antisemita. Para el padre del actual primer ministro, la España de 1492 fue la verdadera precursora de las leyes racistas modernas. Al negar que los conversos seguían practicando el judaísmo en secreto (tesis que choca con otros historiadores), Benzion situó la culpa no en la Iglesia, sino en el Estado y el pueblo español.

Esta visión parece haber provocado que Netanyahu asocie el antisemitismo no tanto con la Alemania nazi, sino con la España del siglo XV. Como señala Ignacio Molina, en la cosmovisión de los Netanyahu, España representa el paradigma de que "el judío nunca está seguro".

Gestos de desdén y la sombra de la 'leyenda negra'

Esta fijación se ha manifestado en gestos diplomáticos de gran carga simbólica. En 2013, durante la presidencia de Mariano Rajoy, Netanyahu regaló al Papa Francisco un ejemplar de la obra de su padre sobre la Inquisición. El mensaje implícito era claro: la intolerancia era un rasgo intrínseco de la sociedad española.

Incluso su hijo, Yair Netanyahu, ha heredado esta animadversión, llegando a sugerir en 2019 —antes incluso de la actual crisis— que los musulmanes deberían "liberar" Ceuta y Melilla, comentario criticado duramente por Santiago Abascal, líder del partido de ultraderecha Vox.

El choque con el Gobierno de Pedro Sánchez: el detonante, pero no la causa

Aunque el prejuicio es antiguo, la gestión de la coalición liderada por Pedro Sánchez ha servido de catalizador. El liderazgo de Madrid en el reconocimiento del Estado de Palestina y las duras críticas a la operación militar en Gaza, y a la actual guerra en Irán, han permitido a Netanyahu transformar su prejuicio histórico en una estrategia política útil en Israel.

Al señalar a España como el "eslabón débil", una especie de caballo de Troya de Occidente, Netanyahu aglutina a su base electoral contra un "enemigo externo" que él ya consideraba hostil mucho antes de que Sánchez llegara a la Moncloa.

Una advertencia contra la simplificación

Sin embargo, el análisis del experto de Elcano exige evitar simplificaciones. Reducir a España a un pueblo que odió a los judíos en el pasado es tan injusto como reducir al pueblo de Israel a una sociedad que odia a los palestinos. Ambos pueblos son complejos y diversos, y sus gobiernos actuales no agotan la realidad de sus identidades.

La crisis actual supone un lamento por la pérdida de la diplomacia constructiva. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que figuras como el embajador Samuel Haddas, el primer representante de Israel en España y de origen sefardí y pionero en el establecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambas partes, trabajaron para que 1992 (500 años después de la expulsión de los judíos por parte de los Reyes Católicos) fuera el año del reencuentro y no el del reproche. Haddas entendía que la historia común, con todas sus luces y sombras, debía ser un puente y no un foso.

¿Hacia una ruptura permanente?

El actual escenario, marcado por el 'apagón' de las vías diplomáticas y la desconfianza mutua, deja a España e Israel en una parálisis peligrosa. Mientras el Gobierno de Sánchez busca mantener una posición de principios basada en el Derecho Internacional, se enfrenta a un interlocutor en Jerusalén cuyo rechazo a España parece que no es solo político, sino casi biográfico.

En el tablero de la geopolítica, se auguran mejores tiempos para la relación bilateral, añorando esa diplomacia de altura que, como la de Haddas, sabía distinguir entre las diferencias pasajeras de los gobiernos y los lazos inquebrantables entre las culturas.

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