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Ni Messi, ni Caín, ni 'Loco': los nombres que el Registro Civil español no deja poner

Foto de un recién nacido que en España no se podría llamar Armando Bronca Segura
Foto de un recién nacido que en España no se podría llamar Armando Bronca Segura Derechos de autor  Pixabay
Derechos de autor Pixabay
Por Cristian Caraballo
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España permite cierta creatividad al nombrar a un bebé, pero no todo vale. El Registro Civil puede vetar nombres ofensivos, confusos, repetidos entre hermanos o que induzcan a error sobre el sexo. Estos son los casos más curiosos y las reglas que pocos conocen.

Hay decisiones que parecen completamente libres hasta que te topas con un funcionario. Elegir el nombre de un hijo es una de ellas. En España, los padres pueden optar por casi cualquier cosa, pero el Registro Civil tiene la última palabra, y a veces la ejerce.

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No existe una lista negra oficial. Lo que hay es un criterio legal que, interpretado por humanos distintos en ventanillas distintas, da lugar a resultados dispares, conflictos administrativos y, de vez en cuando, a alguna historia que merece ser contada.

Las reglas del juego

La ley es clara en sus límites aunque no siempre en su aplicación. El Registro Civil puede rechazar un nombre si es ofensivo, ridículo o humillante para quien lo lleve; si induce a confusión sobre el sexo; si coincide con el de un hermano vivo, ni siquiera cambiando el idioma vale, así que si ya hay un Juan en casa, el siguiente no puede ser John ni Jean; o si se trata de un acrónimo, una marca comercial o una combinación que no funcione como nombre propio.

El criterio de fondo es proteger al menor. Que el nombre no se convierta en una losa antes de que el niño aprenda a escribirlo.

El club de los vetados

A lo largo de los años, distintos registros españoles han rechazado nombres que sus padres consideraban perfectamente razonables. Caín, Judas y Stalin aparecen en los archivos de lo denegado, junto a Hitler, Osama Bin Laden y, con menos carga histórica pero igual resultado, Loco y Engendro. Este último es difícil de defender incluso en el mejor de los días.

También han sido rechazados nombres completos de personajes famosos. Leo Messi y Karl Marx no pasaron el corte, lo cual es comprensible: uno podría crear expectativas imposibles de gestionar en un patio de colegio, y el otro garantiza debates en todas las cenas familiares hasta la jubilación.

Los nombres de frutas y objetos tienen menos suerte de lo que podría esperarse. Limón, Pera y Manzana han generado objeciones. Que alguien lo intentara con Manzana en un país donde existe Apple como marca global dice algo sobre la creatividad humana, aunque no está del todo claro qué.

El caso Lobo y el poder del recurso

Uno de los ejemplos más conocidos es el de Lobo. El nombre fue rechazado en primera instancia, los padres recurrieron y finalmente lo consiguieron poner. No es un caso aislado: cada año se producen decenas de conflictos similares entre familias y funcionarios, y el resultado depende en buena medida del criterio de quien esté al otro lado de la ventanilla ese día.

El caso de Lobo recuerda a lo sucedido con Vega, un nombre que inicialmente fue rechazado por considerarse un apellido. En un contexto en el que cada año se registran cerca de 400.000 nacimientos, la Dirección General solo resuelve de manera diversa alrededor de un millar de recursos, lo que representa un porcentaje muy reducido.

Esto genera una situación curiosa: el mismo nombre puede ser aceptado en una provincia y rechazado en otra, lo que convierte el registro del hijo en algo parecido a una lotería administrativa.

También famoso fue el caso de una pareja de España que decidieron ponerle a su hijo Goku, como el protagonista de la serie 'Dragon Ball'. Una idea que, según aseguraron los padres en su momento, se la dio una entrada de un blog que aparecía con sugerencias de nombres frikis.

El artículo seguía la línea de nombres igualmente de reconocido calado entre el público general como Luke, que no deja de ser el anglicismo para Lucas o Leia que incluso puede pasar por un nombre catalán. "Familiares y amigos lo aceptan muy bien también, y ningún problema ni en hospital, registro, padrón o iglesia con el nombre", aseguraron los felices progenitores.

Curiosamente es uno de los pocos nombres de la serie de animación que no es una comida ya que es una adaptación de Sun Wukong, el héroe del cuento popular chino Viaje al Oeste. Al menos no le pusieron a una niña Bulma o Gohan. Busquen, busquen...

El género, cada vez menos determinante

Tradicionalmente, el Registro Civil podía rechazar nombres que indujeran a error sobre el sexo. Con los años, esta norma se ha ido aplicando con mucha más flexibilidad, y hoy pasan sin problema nombres que hace dos décadas habrían levantado cejas. Es uno de los pocos terrenos donde la burocracia española ha decidido relajarse sin que nadie se lo pidiera expresamente.

Aún así, durante años, se rechazaron nombres como Andrea para hombres (en Italia algo normal) o Ariel, Noa o Sasha por su ambigüedad. Incluso algunos tradicionalmente asociados a un sexo, como Cruz o Trinidad, han empezado a usarse en el otro sin mayor problema. La influencia internacional y la exposición constante a referentes culturales han contribuido a diluir esas fronteras. Lo que antes se interpretaba como confusión ahora se asume con bastante naturalidad.

En la práctica, el criterio se ha desplazado: ya no se trata tanto de evitar equívocos como de no imponerlos. Y, como suele ocurrir, la norma ha terminado adaptándose a la realidad con cierto retraso, seguramente después de que alguien en una ventanilla dejara de fruncir el ceño y decidiera que tampoco era para tanto.

Lo que sí entra

España es hoy uno de los países más abiertos de Europa en esta materia. Se aceptan nombres extranjeros, inventados, inspirados en series o en deportes. Khaleesi (43 niñas con una media de 6 años), Arya (1.800 pequeñas con 4,5 años de media) o Neymar están en el registro. Que los niños que los llevan tengan luego que explicarlos en cada presentación es otro asunto, pero legalmente están en orden.

La línea sigue siendo la misma de siempre: si el nombre puede convertirse en un problema para quien lo lleve, el Estado se reserva el derecho a intervenir. Es una de las pocas ocasiones en que la burocracia española actúa con algo parecido a la velocidad necesaria.

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