Considerada la respuesta de África Occidental al Caribe, Costa de Marfil reúne una costa extraordinaria, cultura reconocida por la UNESCO y vuelos directos desde Europa.
La laguna frente a mí está tranquila bajo el sol, solo la perturban el susurro de una brisa tropical y el traqueteo del motor de una barca que se acerca. Esta última acaba de salir de un embarcadero en una franja de arena a 200 metros, al otro lado del agua. Un rugido sordo insinúa que las olas más allá de la línea oscilante de palmeras cocoteras rompen con fuerza.
Podría parecer que estoy en el Caribe. Pero esto es Costa de Marfil, un país de África Occidental que quizá conozca más por su reciente regreso al Mundial de fútbol que por sus amplios tramos de espléndida costa atlántica y sus culturas tribales incluidas en la lista de la UNESCO.
Pero con vuelos directos desde París, Bruselas e Estambul a Abiyán, capital de facto de Costa de Marfil y una de las mayores ciudades de África, este es el momento de incluir el país en su mapa de viajes.
Un aire caribeño
Estoy en la costa, en la hermosa Assinie-Mafia, a solo una hora y media al este de los modernos rascacielos y el bullicio de Abiyán. Aquí reina la tranquilidad y el paisaje resulta hipnótico. Una ecléctica sucesión de hoteles, casas de huéspedes, pueblos pesqueros y exclusivos clubes de playa bordea las aguas calmas de la laguna Aby, separadas del océano Atlántico por una larga franja de arena dorada de postal.
Espero una barca que me lleve desde el embarcadero del hotel boutique La Maison d’Akoula, casi una galería de arte, hasta su club de playa privado al otro lado de la laguna. A mi espalda se escucha un murmullo suave de conversaciones y el tintinear de las copas mientras los huéspedes, en su mayoría miembros de la élite de Abiyán, apuran una copa de champán a la sombra de una frondosa higuera y de obras de arte marfileñas. A mi lado, un pájaro tejedor entra y sale de su nido en un destello amarillo.
Las playas de Assinie son muy apreciadas por los abiyaneses acomodados, pero apenas se ven turistas europeos. Vacacionar aquí deja la sensación de haber descubierto un lugar antes que los demás.
Los aficionados a la observación de aves disfrutarán de los paseos en barco por la laguna Aby, pasando junto a pequeños pueblos de pescadores y restaurantes a la orilla del agua hasta llegar a los densos manglares del Parque Nacional de las Islas Ehotilé, un humedal protegido.
A 45 minutos hacia el oeste, siguiendo la costa, se puede ver trabajar a los ceramistas en la antigua capital colonial de Grand-Bassam, hoy algo decadente.
A ello se suman las relucientes piscinas, los restaurantes a la laguna y los elegantes clubes de playa de La Maison d’Akoula y su vecino de similar categoría, el Hotel Coucoué Lodge. Los días aquí reúnen todos los ingredientes de una escapada caribeña excepcional, pero sin cruceros ni multitudes.
Mientras en parte del Caribe se lucha contra el sobreturismo, en Costa de Marfil hay quien defiende que hacen falta más visitantes.
Cultura reconocida por la UNESCO
Dos días antes estoy a tres horas y media tierra adentro, en la aldea de Kondeyaokro, cerca de la tranquila capital oficial del país, Yamusukro. Asisto a una danza tradicional Goli, un ritual espiritual que conecta al pueblo baulé, una de las más de 60 culturas tribales de Costa de Marfil, con sus antepasados.
Los tambores resuenan sin descanso y exigen atención, hasta alcanzar un clímax cuando dos figuras enmascaradas, cubiertas de hojas de palma, llegan al centro del círculo de espectadores. Cada uno trata de superar al otro con sus pasos, los pies volando sobre el polvo a un ritmo aparentemente imposible.
A medida que más gente se acerca a mirar, los jóvenes del pueblo animan a su favorito. La atmósfera es eléctrica y lo que empezó como una representación para los turistas termina convirtiéndose en un acontecimiento para toda la aldea.
Durante la cena, y tras uno o tres brindis, el rey del pueblo, Nana Yao Daniel, explica que aquí el turismo es necesario. Desde que se inauguró la nueva autovía de asfalto liso que conecta Abiyán con el remoto norte del país, las ventas al borde de la carretera del célebre tejido artesanal de la aldea se han desplomado.
En una pausa de la percusión me muestran los telares al aire libre donde los hombres baulé siguen tejiendo a mano largas tiras estrechas que luego se cosen para formar taparrabos que se llevan alrededor del cuerpo. Las mujeres se encargan de preparar el algodón y los tintes.
¿Me siento presionada para comprar algo? No, pero me conmueven los profundos azules índigo y los motivos geométricos del tejido que elijo, y siento que es un privilegio poseer una pieza de artesanía inscrita en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO.
Ecoturismo que financia la conservación
La autovía nos lleva más al norte, más allá de los tejedores baulé, hasta las afueras de la pequeña ciudad de Bouaké.
Aquí Karl Diakite, un ecoemprendedor marfileño, ha convertido el antiguo lugar de pesca de su familia en la Reserva de Fauna de N’Zi, un espacio de 41.000 hectáreas. La conservación se financia con las estancias en N’Zi River Lodges, un conjunto de cómodas cabañas sobre pilotes unidas por pasarelas suspendidas, donde se duerme con el sonido de los damanes de los árboles llamándose en la oscuridad.
"La mayoría de nuestros guardas eran antes cazadores furtivos", explica Diakite. "Con el tiempo han comprendido la importancia de preservar la fauna y el entorno, y también perciben los beneficios que les aporta".
Lugares como N’Zi son muy necesarios. Desde 1960, Costa de Marfil ha perdido el 80% de su cubierta forestal y más del 90% de sus elefantes de bosque autóctonos.
La reserva aún está en sus inicios, pero se respira un sentimiento constante de esperanza. La fauna se va recuperando y los safaris por la sabana arbolada permiten avistar búfalos de bosque, antílopes kob occidentales, defasas de agua, monos verdes y otras especies.
"Cuando empezamos era muy difícil ver cualquier tipo de fauna que no fueran aves, prácticamente no había mamíferos", recuerda Diakite. "Los búfalos parecían un mito. Cuando nos decían que había búfalos en la región nos reíamos de los especialistas, hasta que nosotros mismos empezamos a ver manadas".
Los primeros éxitos de la reserva alimentan ambiciones elevadas.
"Hay manadas de elefantes que tienden a atravesar la reserva, aunque son difíciles de ver por lo escasos que son", explica Diakite. "Uno de nuestros objetivos es convertirnos en un santuario para elefantes y contribuir así a repoblar lo que un día fue territorio de elefantes".
Para los amantes de la naturaleza más intrépidos, el vasto Parque Nacional de Taï, en el extremo oeste del país, alberga hipopótamos pigmeos en peligro de extinción y chimpancés occidentales en peligro crítico de extinción.
De regreso en Assinie-Mafia, paso los dedos de los pies por la arena fina con un vaso de dulce zumo de hibisco en la mano. Delante de mí se improvisa una partida de voleibol en la playa y, de fondo, suenan suavemente los ritmos envolventes del zouglou marfileño. Pienso que es una delicia.
Pero el atractivo de viajar aquí no reside solo en que se parece al Caribe antes de las multitudes, sino en que venir ahora y apoyar en el camino a lugares como N’Zi puede contribuir a decidir qué viene después.
Costa de Marfil, cómo llegar y dónde alojarse
Air France, Brussels Airlines y Turkish Airlines ofrecen vuelos directos a Abiyán desde París, Bruselas e Estambul respectivamente. El vuelo dura unas siete horas.
Una estancia en régimen de pensión completa en una habitación ejecutiva de N’Zi River Lodges (fuente en inglés) cuesta a partir de 198 £ (230€ / 150.000 FCFA) por noche, con un safari de observación de fauna incluido.
Una suite de un dormitorio sobre el agua en La Maison d’Akoula (fuente en inglés), en Assinie-Mafia, cuesta desde 450 £ (522€ / 340.000 FCFA) por noche, con desayuno incluido.
Otra opción es Hotel Coucoué Lodge (fuente en inglés), donde las habitaciones de jardín para entre dos y cuatro personas parten de 112 £ (130€ / 85.000 FCFA) por noche, con desayuno incluido.
Responsible Travel (fuente en inglés)organiza circuitos culturales y de naturaleza en Costa de Marfil a partir de 2.450 £ por persona (2.845€), sin incluir los vuelos.
Sarah Faith es redactora sénior especializada en valores en la agencia de viajes activista Responsible Travel