Unos 200 científicos estudian el medio marino frente a las Islas Desertas de Madeira en una expedición que evalúa la salud de los ecosistemas y cómo la protección oceánica ayuda a preservar la biodiversidad y combatir el cambio climático.
Una raya se desliza sobre el fondo marino junto a las islas Desertas, en Madeira. Las imágenes son analizadas por científicos que buscan comprender los efectos de la protección marina sobre la vida en los océanos.
Juan Mayorga, biólogo marino de la iniciativa Pristine Seas de National Geographic, participa en una expedición que reúne a unos 200 científicos para estudiar el entorno marino del archipiélago.
"Es un buen día cuando vemos animales como este", afirma el investigador colombiano, que analiza imágenes submarinas para evaluar los efectos de la protección marina.
A bordo de unas 15 embarcaciones, los investigadores estudian la vida marina del archipiélago, evalúan el estado de salud de sus ecosistemas y analizan su capacidad para resistir los efectos del cambio climático.
"A medida que protegemos este lugar, año tras año, los peces se hacen cada vez más grandes y producen cada vez más crías. Es la protección en acción", subraya Mayorga, que trabaja para esta iniciativa de conservación marina de la National Geographic Society.
El buque insignia de la expedición es el Santa Maria Manuela, un velero de 70 metros de eslora que ha trasladado a investigadores de distintas partes del mundo hasta las islas Desertas, un grupo de tres islotes rocosos deshabitados situados a unos 40 kilómetros al sureste de Madeira.
Los investigadores utilizan cámaras submarinas provistas de cebo y montadas sobre estructuras metálicas para atraer y grabar peces a profundidades de entre 40 y 50 metros.
El objetivo es comparar dos zonas: una al sur de las islas Desertas, donde la pesca está totalmente prohibida, y otra al norte, donde sigue permitida en determinadas áreas.
"Vamos a colocar estas cámaras en estas áreas marinas protegidas y, después, también en zonas donde hay pesca, y vamos a comparar las dos", explica Jennifer Caselle, investigadora del Instituto de Ciencia Marina de la Universidad de California en Santa Bárbara.
La investigación no se limita a las imágenes. Los científicos también recogen muestras de agua para detectar rastros de ADN de peces que podrían no aparecer en las grabaciones.
En las islas Desertas también miden la temperatura de las rocas en la zona intermareal para estudiar los efectos del calor sobre los organismos marinos y comprender mejor cómo podría cambiar la biodiversidad a causa del calentamiento global.
Estudiar la respuesta al calentamiento global
Rui Seabra, investigador de 44 años de la Universidad de Oporto, instala sensores de temperatura en rocas que quedan expuestas durante la marea baja en una pequeña ensenada.
El científico quiere comprender cómo responden los crustáceos y las esponjas a las condiciones de las zonas soleadas y sombreadas. Esta información podría ayudar a los investigadores a prever cómo reaccionará la biodiversidad marina al aumento de las temperaturas.
"Necesitamos entender cómo se redistribuirá la biodiversidad, qué especies migrarán y adónde, qué condiciones existen aquí, cómo van a cambiar y qué especies esperamos encontrar aquí en el futuro", explica.
La expedición se desarrolla en un momento en el que la protección de los ecosistemas marinos también ocupa un lugar destacado en la agenda internacional.
Emanuel Gonçalves, jefe de la expedición y director científico de la Fundación Oceano Azul, destaca la importancia de las reuniones internacionales, como la 17.ª Conferencia de las Partes del Convenio sobre la Diversidad Biológica (COP17), que se celebra en Ereván (Armenia), para establecer prioridades políticas.
Sin embargo, advierte de que el trabajo sobre el terreno no puede quedar a la espera de las decisiones políticas. "No podemos esperar. Y eso es lo que la ciencia nos dice también. Esta emergencia de acción no permite que esperemos a decisiones que, a veces, tardan décadas en tomarse", recalca.
Madeira cuenta con una larga trayectoria en conservación marina. El archipiélago está formado por la isla principal de Madeira, Porto Santo, las islas Desertas y las remotas islas Salvajes.
En 1971, las autoridades establecieron una reserva alrededor de las islas Salvajes para proteger a las pardelas cenicientas, aves marinas presentes en Madeira y otras islas del Atlántico.
Ampliada en 2022, la reserva abarca ahora unos 2.600 kilómetros cuadrados, lo que la convierte en la mayor área marina protegida del Atlántico Norte.
Otra reserva, creada alrededor de las islas Desertas a principios de la década de 1990, ha contribuido a la recuperación de una colonia de focas monje del Mediterráneo, uno de los mamíferos marinos más amenazados de Europa, cuya población ha pasado de apenas ocho ejemplares a 31.