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Reuniones familiares, cenas, deporte, clases de inglés: lo que la COVID le ha quitado a los mayores

Raquel y Eduardo, de 71 y 70 años respectivamente, hablan con su hijo y su nieto por videollamada.
Raquel y Eduardo, de 71 y 70 años respectivamente, hablan con su hijo y su nieto por videollamada.   -   Derechos de autor  Ángela Pérez Acosta
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Sus vidas han dado un giro radical. Hace un año que no ven al menor de sus nietos. Tuvieron que cambiar sus salidas con amigos, horas de deporte y clases por una pantalla de móvil y una cinta andadora que les ayuda a mantenerse en forma. La razón, el coronavirus.

Raquel Arbulo y Eduardo Lepra son un matrimonio de 71 y 70 años respectivamente. Llegaron a España en 2001, desde su país natal Uruguay, a la localidad de Gandía (Valencia) donde rápidamente, tanto ellos como sus tres hijos, se adaptaron fácilmente. Ahora, sin embargo, no les resulta tan sencillo.

Eduardo, tal y como cuenta Raquel, “es de alto riesgo por tener una cardiopatía y diabetes, lo que hace que extrememos las medidas de protección”.

Ambos recuerdan el principio de la pandemia desde dos puntos de vista completamente distintos. “No le di demasiada importancia. Sí que me preocupaba un poco, pero ni mucho menos tenía miedo”, relata Raquel a lo que añade que ambos seguían haciendo sus “vidas normalmente”.

Una vida muy activa, indica. “Salíamos todos los días. Los viernes nos reuníamos con las amigas para ir a cenar. Yo iba todos los días a la piscina, dos veces por semana a zumba y dos veces a inglés. Y mis nietos antes venían todos los días”.

A pesar de continuar con su normalidad, cuando empezaron a escuchar hablar del virus, Eduardo asegura que ya en los meses de febrero y marzo él pensaba que “no se decía toda la verdad y no se estaba dando la verdadera importancia que tenía”.

“Cuando nos confinaron fue ya una medida drástica, pero porque las medidas anteriores fueron insuficientes y tardías”, explica.

Para ambos, el confinamiento fue duro, pero la realidad que vino después les asustó más aún. “Creo que las medidas que los profesionales de la salud recomendaban para la desescalada no se estaban cumpliendo”, explica Eduardo.

Viven en un pueblo de 75.000 habitantes, pero duplica su población durante el verano. “Me alegraba acabar el confinamiento, pero nosotros debíamos tener mucha precaución sobre todo por la cantidad de turistas que vienen”, detalla la esposa.

Aislamiento social y familiar

Por eso, el verano para ellos ha sido “realmente atípico. Apenas hemos bajado dos veces a la playa”, añade. A día de hoy, debido a los rebrotes, siguen sumando precauciones.

“Hemos dejado de hacer muchas cosas, casi todo. Salir de paseo, ir a tomar el café, estar con los amigos…viajar. Antes viajábamos mucho, ya nada”. “Es más, si salimos a la calle es a parques grandes donde no hay gente o a la montaña. Sitios donde no nos juntemos con otras personas”, asegura con tono de nostalgia.

Para Raquel se acabaron sus clases de zumba, de natación, de inglés, pero también las reuniones familiares. “Antes, mis nietos venían todos los días. Ahora tenemos que ser cuidadosos”.

Es más, según explica, lleva más de un año sin ver a su hijo. Vive a 750 kilómetros con su familia. Tiene un niño que ha entrado en el colegio por primera vez, lo que puede suponer un alto riesgo de contagio para el matrimonio.

“De lo que tenemos más ganas es de ver a nuestro nieto pequeño que cumplió tres años este verano y no sabemos cuándo podremos volver a verlo”.

“Tener contacto desde la pandemia ha sido imposible. Veo con preocupación el futuro”, añade el esposo al deseo de su mujer. Ambos intentan avivar sus relaciones con la familia y amigos mediante videollamadas, Whatsapp y teléfono.

Al igual, se mantienen continuamente informados por la televisión y medios digitales sobre todos los avances en relación al Coronavirus. “A diario vemos las noticias, los programas que hablan sobre la Covid-19 y busco más información por Google”, explica Raquel.

La pandemia ha entrado así a formar parte de su día a día, trastocando su mundo. “Lo que más me impacta de esto es la impotencia, el no poder hacer nada”, indica resignada Raquel.

“Sé que esto llevará mucho tiempo, pero confío en que lo pasaremos, no será todo como antes, pero pasará”.

“Dicen que lo último que se pierde es la esperanza, así que bueno, nosotros esperamos que ‘alguien’ se ilumine y tome las medidas correctas para salir de esta situación cuanto antes”, concluye Eduardo.