El rechazo a la normalización con Israel sigue siendo mayoritario en Líbano: el 89% de la población se opone, según el Índice Árabe del Centro Árabe de Investigación y Estudios Políticos (ACRPS).
Mientras continúan las incursiones en el sur de Líbano y se recrudecen los enfrentamientos en Bint Jbeil entre el Ejército israelí y los combatientes de Hezbolá, este martes se celebran en Washington negociaciones directas entre Beirut y Tel Aviv con la mediación de Estados Unidos.
Los países estarán representados por el embajador Yehiel Letterman, por parte de Israel, y la embajadora Nada Mouawad, en nombre de Líbano. También participarán el embajador estadounidense Michel Issa y el secretario de Estado, Marco Rubio, según diversas fuentes.
La reunión se enmarca en el esfuerzo diplomático del Gobierno libanés por alcanzar un alto el fuego, después de que Beirut haya cortado contactos con Teherán y rechazado negociar en su nombre o incluirlo en un eventual acuerdo de tregua con Washington.
Aunque Hezbolá, que continúa combatiendo, ha denunciado estos contactos directos con Israel y no ha autorizado al Ejecutivo libanés a negociar en su nombre, Beirut ha optado por seguir una vía oficial propia. Paralelamente, avanza hacia una apertura gradual a Israel, cuyos primeros indicios ya se habían dejado ver antes del estallido del actual conflicto.
Indicios previos de apertura a Israel
El pasado diciembre, el Gobierno libanés dio un paso significativo al nombrar a su antiguo embajador en Washington, Simon Karam, como representante civil en el comité militar encargado de supervisar el alto el fuego con Israel, conocido como el 'Mecanismo'.
En una de las reuniones de este comité, Karam se sentó en la misma mesa que el secretario del Consejo de Seguridad Nacional israelí, Uri Resnik, en lo que muchos interpretaron dentro de Líbano como un gesto incipiente de normalización.
En varias ocasiones, tanto el presidente, Joseph Aoun, como el primer ministro, Nawaf Salam, han expresado su disposición a entablar negociaciones directas con Israel. Esta postura quedó especialmente clara el 30 de marzo, cuando Salam declaró en una entrevista con la 'CNN' que Líbano está dispuesto a iniciar conversaciones para poner fin al conflicto. "Confirmo nuestra disposición a entablar negociaciones inmediatas", afirmó, al tiempo que solicitaba apoyo al presidente Donald Trump.
Cuestiones clave de la negociación
Mientras el Gobierno libanés insiste en que su objetivo es lograr un alto el fuego, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, afirmó el lunes, durante una visita al sur de Líbano, que "la guerra continúa, incluso dentro de la zona de seguridad". En otro discurso, Netanyahu subrayó que Israel aspira a desarmar a Hezbolá y a alcanzar un acuerdo de paz duradero con Líbano.
El diario 'Haaretz', por su parte, cita fuentes según las cuales el embajador israelí en Washington tiene instrucciones de no aceptar un alto el fuego en estas negociaciones. Según esas mismas fuentes, Netanyahu vería el proceso como una oportunidad para ganar tiempo y "mostrar buena voluntad" a Trump sin detener la ofensiva militar.
En este contexto, sigue sin estar claro cómo podría el Gobierno libanés alcanzar la tregua deseada ni qué resultados concretos podrían derivarse de las conversaciones. Tampoco está definido cómo Beirut podría imponer eventuales acuerdos a Hezbolá, que no le ha otorgado mandato alguno y cuya estructura militar sobre el terreno escapa en gran medida al control estatal.
El eventual desarme del grupo plantea además enormes dificultades. El propio Ejército libanés ha advertido de que un proceso de este tipo podría poner en riesgo la frágil paz civil del país.
Ante este contraste entre la vía diplomática libanesa y la determinación israelí de continuar la guerra y establecer una zona tampón de entre 8 y 10 kilómetros dentro de territorio libanés, surgen interrogantes clave: ¿cómo podrá el Gobierno cumplir su promesa de permitir a la población del sur recuperar sus tierras?
Rechazo social a la normalización
A pesar de las referencias oficiales a una posible "paz" con Israel, tanto Aoun como Salam han evitado emplear explícitamente el término 'normalización de relaciones', consciente de la sensibilidad que genera en la opinión pública.
Según el Índice Árabe del Centro Árabe de Investigación y Estudios Políticos, el 89% de los libaneses rechaza la normalización con Israel, lo que refleja un rechazo social mayoritario a este proceso. Este rechazo se ha traducido en movilizaciones en la calle, reflejo de una creciente polarización política y social.
Durante dos días consecutivos, simpatizantes de distintos partidos, entre ellos Hezbolá, Amal y el Movimiento del Futuro, se manifestaron frente a la sede del Gobierno en Beirut. Los participantes corearon consignas contra las negociaciones y denunciaron lo que consideran una deriva hacia la normalización.
La protesta evidenció una inusual coincidencia entre fuerzas políticas tradicionalmente enfrentadas, unidas en este caso por su rechazo a la decisión del Ejecutivo. El Ejército libanés intervino para contener la situación, haciendo un llamamiento a la calma y solicitando la retirada de los manifestantes "para preservar la paz civil", en un intento de evitar una escalada mayor.
Posteriormente, dirigentes de las distintas formaciones se apresuraron a señalar que las protestas no habían sido convocadas oficialmente, subrayando su carácter espontáneo, en un intento de rebajar la tensión.
Antecedentes históricos de negociación
Las relaciones entre Líbano e Israel han pasado por diversas fases desde 1949, alternando entre acuerdos formales y entendimientos limitados. Ese año, ambos países firmaron un acuerdo de armisticio, que puso fin a las hostilidades sin traducirse en una paz duradera. En 1983, bajo patrocinio estadounidense, se alcanzó el acuerdo del 17 de mayo, que sin embargo colapsó menos de un año después.
En 1996 se estableció un alto el fuego entre Hezbolá e Israel con mediación franco-estadounidense, aunque sin negociaciones directas. Algo similar ocurrió en la Conferencia de Madrid de 1991, donde Líbano participó en un marco multilateral, sin que se materializaran conversaciones bilaterales directas.
Todas estas iniciativas compartieron una característica común: su fragilidad y falta de continuidad.
Temores de inestabilidad interna
Analistas libaneses e internacionales advierten de que el actual giro hacia negociaciones directas podría tener consecuencias graves para la estabilidad interna del país, e incluso reavivar el riesgo de conflicto civil. Estos temores remiten a episodios como el asesinato del presidente electo Bashir Gemayel en 1982, en un contexto de fuerte polarización en torno a la relación con Israel.
Tras su muerte, su hermano Amin Gemayel asumió la presidencia y firmó el acuerdo de 1983, que provocó una profunda división interna entre partidarios y detractores, derivando en enfrentamientos y una creciente inestabilidad. Finalmente, bajo fuertes presiones internas y externas, el acuerdo fue cancelado en marzo de 1984.
Una fase especialmente delicada
Hoy, Líbano se encuentra de nuevo en una situación extremadamente delicada. El Gobierno se mueve entre las presiones internacionales, especialmente de Washington y Tel Aviv, y una opinión pública profundamente dividida.
Algunos analistas consideran que la apuesta por la negociación responde también al temor de que Hezbolá refuerce su posición interna si Irán sale relativamente indemne del conflicto. En cualquier caso, el desafío no se limita a gestionar el papel de Hezbolá, sino a evitar una deriva interna que podría resultar aún más costosa que la propia guerra.