Un equipo del CSIC y varias universidades españolas, portuguesas y británicas concluye que el conejo europeo agrupaba, en realidad, dos especies distintas separadas hace dos millones de años, una de ellas en declive.
Durante más de un siglo, la ciencia dio por hecho que en la Península Ibérica vivía una sola especie de conejo, dividida como mucho en dos variantes regionales. Un estudio publicado en 'Biological Conservation' pone en duda esa idea.
Según sus autores, del Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC) y de centros de investigación de Portugal y Reino Unido, se trata en realidad de dos especies con historias evolutivas separadas: dos linajes, una única etiqueta.
El trabajo 'When taxonomy lags behind evolution: Consevation implications of cryptic diversity in the Iberian rabbit' (PDF), coordinado por Rafael Villafuerte y Miguel Delibes-Mateos, junto a investigadores del grupo TRAMAS, distingue entre el conejo ibérico ("Oryctolagus algirus") y el conejo europeo ("Oryctolagus cuniculus").
El primero ocupa de forma natural Portugal y el oeste de España; el segundo domina el este peninsular y es el origen de las poblaciones introducidas en Europa, Oceanía y América, donde a menudo se comporta como especie invasora.
Ambos animales se separaron hace aproximadamente dos millones de años, cuando quedaron aislados en refugios distintos durante los periodos glaciares: uno en el valle del Ebro, otro en el Golfo de Cádiz. Desde entonces, según explican los investigadores, apenas han vuelto a cruzarse de forma significativa, pese a parecerse mucho a simple vista.
Lo que los diferencia
Las diferencias no se limitan al genoma. El conejo ibérico es más pequeño, de pelaje más oscuro, con camadas menos numerosas y una maduración sexual más temprana que el europeo.
Cambian también el microbioma intestinal, la composición de la carne y las comunidades de parásitos que albergan. Son, en palabras de Villafuerte, "las dos especies siempre han estado ahí, pero lo que ha cambiado es nuestro conocimiento sobre ellas".
Los propios autores citan precedentes: algo parecido ocurrió con las jirafas, agrupadas en una sola especie hasta que la genómica reveló que en realidad eran cuatro, o con los elefantes africanos, hoy divididos en especie de sabana y especie de bosque.
¿Por qué importa el descubrimiento?
Aquí está la parte que más preocupa a los investigadores. Mientras el conejo europeo mantiene poblaciones estables o en aumento en buena parte de su área hasta el punto de generar daños agrícolas en algunas zonas, el conejo ibérico atraviesa un declive marcado en Portugal y el suroeste español. Gestionar a ambos como si fueran la misma especie, sostienen, ha enmascarado la gravedad de esa caída.
El problema no es solo estadístico. Las repoblaciones cinegéticas suelen introducir ejemplares de conejo europeo, más abundante y prolífico, en zonas donde antes solo vivía el conejo ibérico. Eso puede acelerar su sustitución mediante competencia e hibridación, advierte Delibes-Mateos: "No podemos seguir gestionando como una sola especie dos conejos que han evolucionado por separado durante casi dos millones de años".
La cuestión trasciende al propio animal. El conejo es presa de hasta 40 especies de depredadores, entre ellos el lince ibérico y el águila imperial, por lo que su estado de conservación condiciona el de buena parte de la fauna mediterránea.
Reconocer formalmente las dos especies permitiría, según los autores, diseñar programas de seguimiento, planes de recuperación y normativas de caza específicas para cada linaje, en lugar de aplicar criterios pensados para uno solo de ellos.