En medio del Greifswalder Bodden se encuentra una isla, uno de los lugares más aislados de Alemania. Mientras otras islas alemanas reciben cada año a cientos de miles de turistas, aquí el recinto está protegido por altas vallas de seguridad, alambre de espino y esclusas vigiladas.
Entre la isla de Rügen y la parte continental de Pomerania Occidental, en medio de las tranquilas aguas del Greifswalder Bodden, se encuentra la isla de Riems. Tras altas vallas y accesos estrictamente vigilados se ubica uno de los principales centros del mundo de investigación sobre enfermedades animales, equipado con laboratorios de máxima seguridad.
Investigación en armas biológicas en la época nazi, más tarde investigación sobre enfermedades
La historia de Riems está estrechamente ligada al nombre de Friedrich Loeffler. Este médico y microbiólogo se dedicó a finales del siglo XIX de forma intensa al estudio de la fiebre aftosa, una enfermedad vírica extremadamente contagiosa que afecta a vacas, cerdos y otros ungulados de pezuña hendida.
En colaboración mit Paul Frosch, Loeffler consiguió en 1898 la prueba decisiva de que el agente de la fiebre aftosa no era una bacteria, sino un virus. Este hallazgo se convirtió en uno de los primeros hitos de la virología, una disciplina que hoy es imprescindible para combatir las epizootias animales y las enfermedades infecciosas humanas.
Sin embargo, aquella investigación también trajo importantes problemas: en los estudios realizados en los alrededores de Greifswald se produjeron en repetidas ocasiones diseminaciones del patógeno y brotes de la enfermedad. Un emplazamiento aislado debía reducir ese riesgo.
En 1910, Loeffler inició sus trabajos en la isla de Riems.
Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, la actividad del centro de investigación se suspendió en un primer momento. En 1940 volvió a funcionar y se desplazó a Riems a especialistas adicionales para encargarse de investigaciones virológicas de carácter militar. La revisión histórica realizada por la Universidad de Greifswald acredita que la investigación sobre enfermedades animales en Riems se utilizó durante la época nazi también con fines militares.
Así, en 1942 el centro de investigación trabajó junto con el Heereswaffenamt en un agente patógeno capaz de provocar en el ganado bovino la altamente contagiosa fiebre aftosa. El material desarrollado se probó en 1943 en una isla del lago Peipus, en el noreste de Europa, en la frontera entre Estonia y Rusia. Se habían previsto nuevos experimentos a gran escala para el año siguiente, pero ya no se llevaron a cabo como estaba previsto.
En 1945, las instalaciones y el equipamiento del centro de investigación se desmontaron en gran medida y se trasladaron a la Unión Soviética como parte de las reparaciones. Pero ya en 1946 la actividad científica se reanudó, en un primer momento en condiciones difíciles, ante la propagación de la fiebre aftosa. En 1948, Heinz Röhrer asumió la dirección y impulsó la reconstrucción del emplazamiento. En 1952, el instituto acabó llevando el nombre de su fundador, Friedrich Loeffler.
Lo que se investiga tras las vallas de seguridad
Hoy la isla de Riems es la sede principal del Instituto Friedrich Loeffler (FLI), el instituto federal de investigación en salud animal. Sus funciones van desde el estudio de peligrosas enfermedades animales hasta el desarrollo de métodos de diagnóstico y el apoyo científico en la lucha contra brotes de enfermedades.
Riems es único en Europa por su capacidad para investigar determinados patógenos de alto riesgo, como los virus del Ébola y de Crimea-Congo, también en animales grandes como cerdos y vacas. Según el Instituto Friedrich Loeffler, en todo el mundo solo existen capacidades comparables en otros dos centros: en Winnipeg, en Canadá, y en Geelong, en Australia.
Entre los temas de investigación más relevantes siguen figurando la fiebre aftosa, la peste porcina africana y la gripe aviar. También forman parte del trabajo del centro los agentes infecciosos que pueden transmitirse entre animales y seres humanos, las llamadas zoonosis.
Los investigadores y el resto del personal que quiere acceder a la isla tienen que seguir un estricto protocolo de seguridad: varias esclusas, desvestirse por completo, desinfección y colocarse un traje especial son pasos obligatorios. Al salir las normas son aún más precisas: un minuto bajo el agua, un minuto con jabón y otros dos minutos más con agua. El pelo y las uñas también deben limpiarse a fondo siguiendo un calendario establecido. Las aguas residuales se calientan hasta 100°C antes de que lleguen a la depuradora propia del instituto. Los cadáveres de animales se descomponen en recipientes metálicos especiales con hidróxido de potasio, de modo que no queden restos infecciosos.
El propio instituto describe sus áreas de alta seguridad como instalaciones técnicamente muy complejas, dotadas de sistemas de presión negativa y filtros especiales para el aire de entrada y de salida.
Un centro de investigación de relevancia internacional
La ampliación del emplazamiento ha dado a Riems una nueva dimensión en la actualidad: en 2013 se inauguró un amplio complejo de investigación en el que el Gobierno federal había invertido cerca de 300 millones de euros. Según el Ministerio federal, se construyeron en total 89 laboratorios y 163 unidades de establo con distintos niveles de seguridad.
Las instalaciones permiten estudiar las enfermedades animales no solo en el laboratorio, sino también en grandes grupos de animales y en condiciones controladas.
La actividad en Riems no se limita a la isla: cuando se expande una enfermedad animal, el instituto presta apoyo a las autoridades con su experiencia científica y con análisis diagnósticos.
Lo vigente que sigue siendo esta tarea quedó patente en 2025: el instituto apoyó entonces a las autoridades, entre otras cosas, en la lucha contra la gripe aviar y en la gestión del brote de fiebre aftosa que se registró en Alemania en aquel momento.