El giro de Trump hacia Putin dispara la inquietud en Europa, que teme un acuerdo sobre Ucrania a sus espaldas, pero sigue sin estar preparada para distanciarse de Washington.
La brecha entre Europa y Estados Unidos a cuenta de la guerra de Rusia contra Ucrania ha alcanzado una nueva profundidad, mientras Donald Trump refuerza su acercamiento a Vladímir Putin y sacude una alianza que ya se movía sobre hielo muy fino.
En apenas dos llamativas semanas, el presidente estadounidense ha acordado un pacto de diésel con su homólogo ruso, ha suavizado las sanciones económicas contra Moscú, ha pedido nuevas elecciones en Ucrania y ha cuestionado la legitimidad de su presidente, Volodímir Zelenski, de quien Trump ha dicho que es "más difícil de tratar" que Putin.
Zelenski, cada vez más desafiante, ha calificado el acuerdo sobre el diésel de "error histórico" y ha advertido de que otros pactos entre Estados Unidos y Rusia relacionados con los flujos de gas, la banca, los productos químicos y los activos inmovilizados podrían ser los siguientes. Ucrania ha detectado límites repentinos en el uso de la tecnología satelital Starlink y en los envíos de armas de fabricación estadounidense.
"Creo que se han dado pasos para convencer a Ucrania de que capitule", declaró Zelenski a 'Bloomberg', en unas palabras que reavivaron el temor recurrente a que Trump y Putin conspiren para cerrar un acuerdo secreto que culmine en la rendición de Kiev.
La propuesta de Moscú de celebrar una reunión trilateral entre Putin, Trump y el presidente chino, Xi Jinping, alimentó aún más esos temores. Preguntado por la posibilidad de participar, Trump se mostró dispuesto, aunque aclaró que el principal objetivo del encuentro sería abordar las armas nucleares y la desnuclearización, y no la guerra en Ucrania. El presidente estadounidense también afirmó que, a su juicio, Rusia y China habían mantenido una implicación limitada en determinados aspectos del conflicto.
La rápida sucesión de acontecimientos ha pillado desprevenidos a los europeos, que, tras tropiezos anteriores, creían haber aprendido a manejar el estilo unilateral de diplomacia de Trump. Una vez más, se ven sorprendidos y desbordados por un aliado cercano dispuesto a hacer gestos hacia Rusia sin exigir ni una sola concesión a cambio.
"Queremos que no haya ninguna duda sobre nuestra posición hacia Ucrania y, al mismo tiempo, sabemos que los estadounidenses tienen otros intereses", afirmó el canciller alemán, Friedrich Merz, la semana pasada al término de una cumbre de dos días en Bruselas.
En una crítica velada a Trump, el presidente francés, Emmanuel Macron, denunció las "ambigüedades" de algunos dirigentes y advirtió: "La capitulación es debilidad. La debilidad es un peligro".
La italiana Giorgia Meloni calificó el acuerdo sobre el diésel de "decisión muy arriesgada" que legitima a Moscú y debilita las sanciones. La danesa Mette Frederiksen lamentó que "nosotros, la alianza occidental, estamos ahora en una posición peor que hace unos días".
Este martes, la alta representante, Kaja Kallas, ha subido la apuesta y ha acusado explícitamente a Estados Unidos de presionar a Ucrania para que "se rinda en los términos de Putin".
Un vínculo consciente
Sin embargo, pese a las críticas y la indignación generalizada, Europa sigue sin querer, y quizás sin estar preparada, para desvincularse de Trump y seguir una vía propia. Bruselas, Berlín, París y Londres prefieren mantener un canal activo, aunque precario, con Washington para influir en su posición todo lo posible, como demuestra su participación en la última ronda de conversaciones de paz dirigidas por Estados Unidos en Miami y más adelante en Oslo.
"Europa vivirá con las consecuencias, y por eso necesitamos ver una Europa más unida sentada en la mesa", señaló el primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre. Para Kiev, la presencia europea se ha vuelto imprescindible para contrarrestar la inclinación favorable a Rusia de la Casa Blanca. Zelenski ha pedido en repetidas ocasiones que Europa establezca un canal paralelo con Rusia, pero Moscú no ha mostrado interés.
Aunque las últimas decisiones de Trump demuestran que el impulso europeo ha sido, como mucho, limitado, la idea sigue siendo la misma: hay que conservar el asiento en la mesa a cualquier precio.
"Tenemos que seguir adelante, porque también sabemos que la cooperación con Estados Unidos es esencial para que Ucrania pueda librar su guerra. Todo el mundo sabe que los volúmenes incluidos en el acuerdo de diésel son bajos", señaló un alto diplomático, que habló bajo condición de anonimato. "Así que mantener la calma y seguir. Lamentar y continuar. Pero sin dramatizar en exceso. Eso no está en el interés de ninguno de nosotros".
Algunos responsables se sienten más tranquilos al pensar que el acercamiento de Trump a Putin está motivado en gran medida por el deseo de desviar la responsabilidad de los altos precios de los combustibles antes de las elecciones de mitad de mandato del próximo mes, en las que los sondeos apuntan a que su Partido Republicano perderá.
Trump sostiene que la culpa la tienen los ataques exitosos de Ucrania contra las refinerías de petróleo rusas, pero los expertos en energía coinciden en que su guerra contra Irán es la principal responsable de la agitación en el mercado del crudo.
"Tenemos diálogo y seguiremos teniendo diálogo. Nos ha llevado a resultados positivos en lo que respecta a nuestros intereses", afirmó un alto cargo. "Esta es la mejor vía". Sin embargo, crece la conciencia de que Europa y Estados Unidos se han distanciado de forma fundamental en su manera de abordar a Rusia, con diferencias que podrían resultar imposibles de conciliar.
Europa, por ahora, apuesta por las sanciones para paralizar la maquinaria de guerra, por una desvinculación a largo plazo para evitar dependencias vulnerables y por un aislamiento diplomático estricto. Aunque algunos partidos de extrema derecha y extrema izquierda cuestionan esta lógica, la estrategia está ampliamente compartida.
Estados Unidos, en cambio, ofrece incentivos económicos para que Rusia participe en las negociaciones de paz. Según se ha informado, estos incluirían una liberación parcial anticipada de activos soberanos y la reanudación de los flujos de gas hacia Europa, dos medidas que Europa ya ha rechazado. También se dice que hay acuerdos en preparación relacionados con Lukoil y con tecnología nuclear.
Los responsables europeos sostienen que el enfoque estadounidense es erróneo porque pasa por alto la obsesión de Putin por la conquista territorial, el motivo de fondo por el que lanzó la invasión. Ningún acuerdo, por muy lucrativo que sea, puede sustituir en la mente de Putin la destrucción de Ucrania, afirman.
La invitación de Washington a Putin para la cumbre del G20 en Florida, a la que está previsto que acudan una docena de líderes europeos, es otra muestra de la evidente discrepancia.
A medida que Trump se acerca a Putin, parece poco probable que la brecha ideológica entre las dos orillas del Atlántico se reduzca a corto plazo. Más bien podría profundizarse aún más, lo que plantea serias dudas sobre qué ocurrirá cuando el proceso de paz entre en su fase final y los aliados tengan que tomar decisiones conjuntas de enorme trascendencia.
Maria Shagina, investigadora sénior en el International Institute for Strategic Studies, afirma que las acciones de la Casa Blanca están diseñadas para presionar a Europa a que abandone su frente de presión y se acomode a la postura estadounidense sobre Rusia.
"La cuestión más de fondo es si Europa puede mantener a largo plazo una estrategia de sanciones independiente. La UE y el Reino Unido conservan una considerable capacidad de presión económica sobre Rusia, pero ¿pueden convertir esa capacidad en una presión efectiva y sostenida sobre Moscú sin la participación de Estados Unidos?", explicó Shagina a 'Euronews'.
"El reto no es solo si Europa posee suficiente poder económico, sino si dispone de la voluntad política, la capacidad institucional y la coherencia estratégica necesarias para desplegar ese poder al margen de Washington, algo que hasta ahora ha sido inconcebible".