El BCE está subiendo el coste de los préstamos para evitar que la energía cara alimente una inflación persistente. Los economistas discrepan sobre hasta dónde deberán aumentar los tipos y cuánto podría resentirse el crecimiento.
Europa se enfrenta a una doble presión, por el encarecimiento de la energía y por unos costes de financiación más altos destinados a contener la inflación generada por ese mismo shock energético.
El Banco Central Europeo elevó el jueves sus tres tipos de interés clave en 0,25%, situando el tipo de depósito en el 2,5%. Se trata de la segunda subida de tipos en tres meses y la razón salta a la vista en cada gasolinera de Europa.
El crudo Brent volvió a superar el umbral de los 100 dólares por barril el miércoles, a medida que el conflicto entre Estados Unidos e Irán seguía perturbando el tráfico por el estrecho de Ormuz.
El gas sufre, si cabe, una presión aún mayor, ya que el índice neerlandés TTF, referencia para el mercado europeo, se ha disparado un 190% desde comienzos de año.
La inflación de la zona euro se aceleró en agosto hasta el 3,3%, frente al 2,9% de julio, mientras que los precios de la energía aumentaron un 14,3% interanual frente al 10,3% del mes anterior.
Todo ello plantea la pregunta de fondo que sobrevuela la decisión. Los tipos de interés no producen barriles de petróleo ni metros cúbicos de gas. Entonces, ¿qué pretende exactamente lograr un tipo de depósito más alto?
Lo que los tipos más altos pueden y no pueden conseguir
Christine Lagarde describió la decisión como "una decisión evidente". En su rueda de prensa señaló que "el conflicto en Oriente Medio sigue generando presiones inflacionistas y que la inflación se mantendrá muy por encima del objetivo durante un periodo prolongado".
Un banco central no puede reabrir una ruta marítima. Tampoco puede rellenar un depósito de gas antes del invierno.
Lo que sí puede hacer es enfriar la demanda interna para que un shock de precios importado no se convierta en un shock interno. Las pruebas disponibles apuntan a que, por ahora, ese salto aún no se ha producido.
La inflación subyacente, que excluye energía, alimentos, alcohol y tabaco, incluso se redujo ligeramente en agosto hasta el 2,4%, desde el 2,5%. La inflación de los servicios, el indicador que el BCE sigue más de cerca en busca de señales de sobrecalentamiento interno, bajó al 3,0 %, desde el 3,3 %.
"Hasta el momento, los salarios no muestran una reacción significativa al shock energético", afirmó Lagarde. El BCE no responde a lo que ya ha ocurrido, responde a lo que teme que pueda ocurrir a continuación.
En una nota, Joe Nellis, profesor emérito y responsable de investigación económica en la firma de auditoría y asesoría MHA, señaló que "aunque una política monetaria más restrictiva no es una respuesta eficaz a shocks de inflación de corta duración impulsados por la oferta, el BCE se está moviendo en esa dirección para combatir una inflación que se está volviendo más estructural".
Lo que comenzó en primavera como una prima de guerra sobre el crudo se ha prolongado ya lo suficiente como para incorporarse a los contratos, a los costes de transporte, a los seguros y a las expectativas de los hogares.
El verdadero objetivo son las expectativas
La inflación general se sigue situando este año en el 3,0%, pero las previsiones para 2027 y 2028 se han revisado al alza, hasta el 2,5% y el 2,1% respectivamente.
Ni la inflación general ni la subyacente regresan claramente al 2% al final del horizonte de previsión.
Lagarde advirtió de que "el shock energético podría intensificarse aún más y su efecto sobre otros precios y sobre los salarios podría ser más fuerte de lo que se espera actualmente", y añadió que "los precios del gas, en particular, podrían subir si se producen nuevas interrupciones de suministro o si un invierno inusualmente frío coincide con niveles bajos de almacenamiento".
El propio indicador salarial del BCE ya apunta a que el crecimiento de los salarios pactados repuntará hasta el 2,7% en la primera mitad de 2027.
Ese es el mecanismo que el Banco intenta cortar. Si los trabajadores esperan que los precios sigan subiendo y las empresas confían en poder trasladar los costes, el shock petrolero deja de ser un shock puntual y se convierte en un régimen de inflación sostenida.
"La inflación debería mantenerse muy por encima del objetivo durante el próximo año, ya que el encarecimiento del gas y de los alimentos añade nuevas presiones al alza sobre el índice", señaló Leo Barincou, economista sénior de Oxford Economics.
¿Pueden los tipos del BCE alcanzar el 3%?
Probablemente, lo más significativo del jueves fue lo que Lagarde no dijo. Evitó cuestionar la expectativa de nuevas subidas que descuentan los mercados y se limitó a señalar que el consejo no había debatido el camino a seguir y que los mercados estaban haciendo "su trabajo" mientras el BCE hacía el suyo.
Claus Vistesen, economista jefe para la zona euro de Pantheon Macroeconomics, interpretó ese silencio como una señal de sesgo restrictivo.
"Ahora pensamos que el BCE desplazará su tipo oficial de forma más decidida hacia territorio restrictivo en los próximos seis meses, con una subida en diciembre y otra en febrero, lo que situará el tipo de depósito en el 3,0%", afirmó.
Oliver Rakau, economista jefe para Alemania en Oxford Economics, llegó a una conclusión similar. "La principal lección de hoy es lo baja que es la exigencia para seguir endureciendo la política", escribió, aunque destacó que "las presiones contenidas de la inflación subyacente siguen favoreciendo un enfoque reactivo o dependiente de los datos en la fijación de la política del BCE".
¿Puede Europa permitirse este ajuste?
El precio de evitar una inflación persistente es que unos tipos más altos también frenan una actividad ya lastrada por la energía cara.
Otras subidas de tipos podrían ahogar a los hogares endeudados, debilitar los mercados inmobiliarios y encarecer la inversión empresarial. Las pequeñas empresas podrían retrasar o cancelar proyectos a medida que aumentan los costes de financiación.
Con todo, el BCE ha mejorado sus previsiones de crecimiento para este año y el próximo. La dinámica de los sectores vinculados a la tecnología y el apoyo fiscal en Alemania aportan impulsos positivos al crecimiento. Eso da cierto margen de maniobra a los responsables de la política monetaria, aunque no elimina la presión sobre los prestatarios.
La cuestión no es, por tanto, solo si el BCE volverá a subir los tipos, sino durante cuánto tiempo será necesario mantenerlos en niveles elevados. La política monetaria puede limitar la propagación de la inflación. Que lo consiga sin dañar el crecimiento dependerá en gran medida de la rapidez con la que se alivien las presiones energéticas en Europa.