El papel estelar de Timothée Chalamet, como aspirante a campeón de tenis de mesa, ofrece una ansiedad desatada y una enérgica revisión del sueño americano.
El cine se sostiene sobre soñadores. Gente dispuesta a jugárselo todo por una vida audaz, en la que importan más el éxito, el espectáculo y el legado que existir en silencio, y de forma aburrida, en los márgenes.
Como dice el aspirante a batería Andrew en Whiplash, "Preferiría morir borracho y arruinado a los 34 y que en la mesa se hablara de mí antes que llegar rico y sobrio a los 90 y que nadie recordara quién fui".
En su primer proyecto en solitario, Josh Safdie lleva esas convicciones al extremo y deja que la ambición y el ego de su protagonista campen a sus anchas. Lo que parece un drama deportivo convencional deriva enseguida en un frenesí de violencia y comedia disparatada con el ping-pong como eje, que hincha febrilmente y fractura el sueño americano.
Cuando conocemos por primera vez al joven Marty Mauser (Timothée Chalamet), trabaja a regañadientes como dependiente de zapatos en la tienda de su tío y se escaquea para tener encuentros furtivos en el almacén con su amiga Rachel (Odessa A'zion), infeliz en su matrimonio.
Pero estamos en el Nueva York de los años cincuenta, época de prosperidad de posguerra y espíritu rock and roll, y Mauser cree, con una tenacidad inquebrantable, que está destinado a algo más.
Tras cobrarse a punta de pistola el salario que le deben, Mauser viaja a los Campeonatos del Mundo de tenis de mesa para competir, y encaja una derrota devastadora ante el japonés Koto Endo (interpretado por el campeón real Koto Kawaguchi). Ello desencadena un efecto dominó de caos cada vez más descontrolado, alimentado por el deseo de Mauser de redención y grandeza. A cualquier precio.
A la hora de atrapar a personajes desamparados en el lío neoyorquino que ellos mismos se han fabricado, Safdie tiene oficio. Sus anteriores películas con su hermano Benny, Uncut Gems y Good Time, son célebremente tensas y se centran en hombres tercos e ingenuos cuya insistencia termina siendo su perdición; su empuje y su desesperación acaban precipitando su caída.
Marty Supreme es algo más indulgente, no obstante.
Inspirada libremente en la vida del jugador de tenis de mesa Marty Reisman, Safdie y el coguionista Ronald Bernstein toman elementos de las experiencias más insólitas de Reisman como buscavidas de mediados de siglo y los caricaturizan con un absurdo grandilocuente. El resultado es una película que funciona como un sueño de ansiedad, salpicada y, en última instancia, anclada por la punzante contundencia de la realidad.
Definida por momentos de auténtico agarrotamiento en la butaca (con una bañera que cae como uno de los más memorables), Marty Supreme no tarda en dispararte el pulso. Cada mala decisión que toma Mauser es como echar un Mentos en una Coca-Cola, lo que provoca una erupción espumosa de un nuevo infierno.
Esa estela de caos se asienta pronto en una especie de ritmo embriagador, animado por un brío luminoso y sin límites que a la vez eleva y agota.
Una banda sonora anacrónica, trufada de temazos de los años 80 como 'Forever Young' de Alphaville y 'Change' de Tears for Fears, refuerza esa sensación de euforia grandilocuente. Es como si estuviéramos atrapados entre los obstáculos de una época concreta, pero, como Mauser, movidos por una llamada con la mirada puesta en el futuro.
Es raro que los personajes movidos por la ambición resulten simpáticos, y Mauser no es una excepción. Despiadado en sus tácticas, no duda en robar, sabotear y pisotear a quien se le ponga delante. Es mérito de la interpretación de Chalamet (seguramente la mejor de su carrera) que un personaje tan irredimible mantenga el interés emocional de principio a fin, sosteniendo cada escena con una chulería juguetona y una determinación de corazón frío.
Aunque algo desaprovechado, el reparto secundario está también excelente, con A'zion destacando junto a Gwyneth Paltrow como Kay Stone, una actriz de Hollywood venida a menos que inicia una aventura con Mauser. Y ahí está Abel Ferrara, siempre una presencia bienvenida; su voz áspera y su rostro curtido añaden una capa extra de inquietud al violento capo mafioso Ezra Mishkin.
Donde la película sufre algo es en su empeño por sostener tanto estrés. Eso hace que el mundo y los personajes ajenos a la misión de Marty se sientan algo huecos, mientras la acción empieza a decaer hacia el cansancio en la segunda mitad.
Es difícil no compararla con otra aspirante al Óscar, One Battle After Another, que también pone en marcha a un protagonista a la carrera, pero mantiene el impacto temático con escenas de cocción lenta y un equilibrio de personajes ricamente trazados.
Pero si entras en el cine a golpe de adrenalina de Safdie, sigue siendo un viaje de los buenos. Uno que hincha, como ese dirigible promocional de A24, la persecución de la grandeza y luego la deja estallar, revelando la panza hueca de la obsesión y la aspiración.
En un flashback tan hermoso como desgarrador, el jugador de tenis de mesa Béla Kletzski (Géza Röhrig) cuenta cómo se embadurnó de miel para que sus compañeros de Auschwitz pudieran comer. Mientras las lenguas lamen con fruición al compás de los sintetizadores orquestales crecientes de la partitura de Daniel Lopatin, la película nos recuerda que el sentido rara vez se encuentra en cumplir sueños superficiales, sino en los momentos silenciosos de nuestra humanidad.
Marty Supreme ya está en cines del Reino Unido e Irlanda, y llegará de forma escalonada al resto de Europa en febrero.