"El templo de los huesos", segunda entrega de la trilogía "28 Years", es una película brutal y bella que se aferra a la bondad en un mundo corrompido por la ira.
Aviso, contiene spoilers
Hay una escena en The Bone Temple en la que un personaje, con peluca rubia, chándal brillante y alas de hada, hace el baile de Dipsy de los Teletubbies, meneando el trasero mientras los presentes, horrorizados, aguardan ser desollados vivos.
Así es el sadismo desorientador de la entrega de Nia DaCosta a la trilogía 28 Years, una película brutal y hermosa que se aferra sin pudor a la bondad en un mundo corroído por la rabia y una nostalgia podrida.
Cuando volvemos a encontrarnos con nuestro joven héroe Spike (Alfie Williams), que en la anterior entrega decidió quedarse en el continente tras la muerte de su madre, la situación no pinta bien. Ha sido secuestrado por una banda violenta conocida como los Jimmies, dirigida por el rastrero Sir Jimmy Crystal (Jack O'Connell, que vuelve a demostrar su aptitud para encarnar líderes de secta despiadados).
Jimmy está loco. No en plan simpático y estrafalario, sino del tipo el diablo es mi padre y me ha pedido que sacrifique gente. Lo llama 'charity', y ordena a sus seguidores destripar a humanos no infectados para 'Old Nick', al que además considera responsable del Virus de la Rabia.
Mientras tanto, Ian Kelson (Ralph Fiennes), un médico solitario que pasa los días puliendo huesos para su osario, entabla un vínculo inesperado con un alfa que arranca columnas vertebrales (Chi Lewis-Parry), ahora enganchado a las inyecciones de morfina que Kelson usa para defenderse. Juntos, se drogan, miran las estrellas y bailan al ritmo de música de los años 80 en breves paréntesis extraños y dulces.
Esta estructura narrativa de dos vertientes se despliega con una yuxtaposición volátil, la capacidad humana para el bien y el mal acaba chocando en un apoteósico baile con el diablo (al son de Iron Maiden, nada menos).
Como 28 Years Later, The Bone Temple se siente muy alejada de sus predecesoras. El metraje granuloso y nervioso de 2002, 28 Days Later, ha sido sustituido por imágenes tan nítidas y coloridas que parecen desbordar la pantalla con ímpetu sensorial.
Y están los zombis desbocados, antes eje del factor miedo de la franquicia, ahora poco más que un contratiempo de fondo mientras emergen horrores peores.
El Virus de la Rabia, ahora contenido en unas Islas Británicas en cuarentena, no solo ha generado varias nuevas evoluciones de los infectados, sino también un mosaico de supervivientes que luchan por encontrar propósito sin orden. Algunos se aferran a lo que antes les hacía humanos, como Kelson con su búnker repleto de discos, mientras que otros se transforman en otro tipo de monstruo, como Sir Jimmy y sus matanzas guiadas por el delirio.
Aquí la película muestra cómo la tragedia puede dar lugar a sistemas de creencias peligrosos, tejiendo una red de personajes interconectados cuyas vidas interiores aportan al paisaje apocalíptico una profundidad emocional y temática.
En una era de reinicios, remakes y spin-offs interminables, el guionista Alex Garland ha logrado lo que muy pocos, una secuela que enriquece su franquicia previa al atreverse a reflejar la oscuridad del mundo real.
Aún congelada en los 2000, la película nos permite medir nuestras propias experiencias frente a las de sus personajes, usando la nostalgia para explorar cómo la gente se pierde en recuerdos idealizados.
Desde la aparente idolatría de Sir Jimmy hacia un presentador de televisión caído en desgracia, hasta el vagón abandonado donde Samson, el alfa, evoca un recuerdo perdido hace mucho, las huellas del pasado están por todas partes, amenazadas por un futuro incierto.
Bajo la dirección segura de DaCosta, la película se vuelve más oscura y extraña que nunca, con una inquietud que se cuece a fuego lento preferida frente a los sustos de sobresalto, y un tono que oscila entre la crudeza más sangrienta y el realismo mágico, en una reminiscencia del descomunal final de Love Lies Bleeding.
Sostenida por una interpretación arrolladora de Ralph Fiennes, The Bone Temple se precipita hacia lo que parece una psicosis, con escenas de gran impacto, una banda sonora anacrónica y una maldad enmascarada que se manifiestan como una especie de Circo de Satán surrealista.
Algunos podrían lamentar la escasa evolución de Spike, cuyo arco de madurez asentó los cimientos emocionales de la película anterior. Pero esta contención parece necesaria en una trilogía cuyo impacto vive en los encuentros que se producen por el camino.
Cada personaje presentado hasta ahora, por pequeño que sea, ha sido una pista hacia un nuevo rumbo. Y como revela el final de la película, por fin cerramos el círculo, de vuelta a donde todo empezó...
Aunque habrá que esperar un tiempo. Se rumorea que la conclusión se estrenará en 2027, con Danny Boyle de nuevo al mando.
Hasta entonces, la fuerza de la serie reside en las preguntas inquietantes que deja. A todos nos gustaría creer que, ante circunstancias similares, estaríamos bien, que no recurriríamos a la violencia ni a la autodestrucción. Pero si vivir una pandemia real nos enseñó algo, es que las creencias de la gente rara vez se alinean con la verdad.
El dolor engendra dolor, lo que a su vez conduce a la culpa, y la brecha entre la bondad y la crueldad se ensancha.
Como dice Kelson, "nadie es Old Nick. Solo estamos nosotros."
28 Years Later: The Bone Temple ya está en cines