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Un siglo sin Gaudí: Barcelona celebra al arquitecto que convirtió la ciudad en obra de arte

Una turista hace fotos dentro de la Sagrada Familia mientras la luz de sus vidrieras ilumina el interior, el martes 26 de mayo de 2026 en Barcelona
Una turista hace fotos dentro de la Sagrada Familia mientras la luz de sus vidrieras ilumina el interior, el martes 26 de mayo de 2026 en Barcelona Derechos de autor  Emilio Morenatti / AP
Derechos de autor Emilio Morenatti / AP
Por Javier Iniguez De Onzono
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El orfebre del modernismo catalán fue artífice de los estereotipos arquitectónicos que atraen hoy a las hordas de turistas dentro -aunque no solo- de la capital catalana, la cual no verá este 2026 el fin de su 'magnum opus', la Sagrada Familia, tal y como estaba previsto.

La efeméride es conocida. En torno a las seis de la tarde del 7 de junio de 1926, Antoni Gaudí i Cornet se dirigía a su misa diaria en la plaza de San Felipe Neri: un recoveco escondido en el corazón del Gòtic de Barcelona donde la menguante comunidad local -encarnada en los niños de un centro educativo que juegan en esta suerte de patio- ejerce resistencia ante los 26,1 millones de turistas que acuden a la ciudad cada año; en buena parte para disfrutar del legado del arquitecto catalán por antonomasia.

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Las crónicas de la época relatan cómo, en el momento en el que el tarraconense atravesaba la Gran Vía entre los chaflanes de Bailén y Girona, dos tranvías de la línea entre la Plaza de Tetuán y el Paseo de Gràcia se cruzaron. Gaudí retrocedió para esquivar uno de ellos pero fue atropellado por el segundo. El lugar del siniestro es equidistante, a 20 minutos a pie, de dos de sus obras más insignes: la casa Milà (popularmente conocida como la Pedrera) y la basílica de la Sagrada Familia.

El accidente le provocó una conmoción cerebral, varias costillas rotas y su traslado, primero, a una casa de socorro en Sant Père Més Alt (al no ser reconocido por los dos viandantes que le ayudaron) y después hasta el antiguo hospital de la Santa Cruz, donde muere unas 48 horas más tarde a sus 74 años de edad. Fue enterrado en la capilla de nuestra señora del Carmen, en la cripta de su obra más conocida e inacabada.

Conocido por su devoción católica y reclamado como símbolo por la derecha independentista, el propio Jordi Pujol (a quien, al igual que Gaudí, es imposible separar de la identidad de la Cataluña contemporánea) llegó a expresar delante de la reina emérita Sofía en un acto conmemorativo de 2002 que Gaudí no fue solo "un constructor de edificios", sino también "un configurador del alma colectiva de Cataluña", tal y como lo recogió entonces Catalina Serra en su crónica para 'El País'.

No resulta casual que la etapa más prolífica de Gaudí se desarrolle en paralelo a la Renaixença: el movimiento cultural que provocó un auge de la literatura catalana, entre otras disciplinas artísticas, a finales del siglo XIX. Esta se enmarca dentro de la corriente romántica que atravesó todo el continente europeo (como en el caso del Rexurdimento gallego) en este siglo, siendo simiente de muchas corrientes nacionalistas en el Viejo Mundo.

Los inicios de la leyenda: desde la Calderera hasta la Mataronense

El historiador Josep Maria Tarragona cuenta cómo el pequeño y enfermizo Antoni, el benjamín de una modesta familia de caldereros criado, desde 1852, entre la ciudad de Reus y el pueblo de Riudoms (Tarragona), aprendió el oficio de su padre durante sus frecuentes ataques de fiebre reumática que le impedían acudir a la escuela.

Cataluña, lugar de origen de la Revolución Industrial en España, estaba en plena transformación económica y urbanística: dos años después del nacimiento de Gaudí se derrumbaban las murallas medievales barcelonesas y se implementaba el revolucionario ensanche de Ildefons Cerdà, mejorando la higiene pública y reunificando la urbe intramuros con sus municipios aledaños, como Gràcia. Solo cuatro años antes, en 1848, el Estado había inaugurado su primera línea de ferrocarril entre Mataró y Barcelona.

El clan de los Gaudí i Cornet, relata Josep Maria Tarragona, no quiere dejar pasar este tren y se muda a Barcelona en 1868 para proveer a sus hijos varones de carrera universitaria, para lo que tienen que deshacerse de varias fincas e hipotecar el Mas de la Calderera, la masía que varios conocidos del arquitecto defienden como su lugar de nacimiento.

Antoni, sin embargo, no conseguirá ingresar en la Escuela de Arquitectura hasta el 74, por los requisitos académicos previos necesarios y por sus limitaciones económicas. Por entonces trabaja como delineante y poco después comienza a firmar sus primeros proyectos, como el sistema hidráulico de la cascada monumental de la Ciudadela (1875) bajo las órdenes de Josep Fontserè.

Esta obra se crea para la Exposición Universal de Barcelona de 1888 y es uno de los primeros ejemplos de modernismo catalán, la rama arquitectónica de la Renaixença caracterizada por un estilo exuberante, curvo y con formas inspiradas en la naturaleza, como los motivos florales. Ya desde sus inicios, por tanto, su impronta quedará vinculada a Barcelona hasta la actualidad.

Titulación de Antoni Gaudí en la Escuela de Arquitectura de Barcelona
Titulación de Antoni Gaudí en la Escuela de Arquitectura de Barcelona @CasaBatlloGaudi

Defensor de la Revolución de la Gloriosa que condujo al Sexenio Democrático y del Gobierno de Juan Prim (también oriundo de Reus), Gaudí trabaja entre 1878 y 1882 en otro proyecto de marcado cariz político: la Cooperativa Obrera Mataronense.

Esta fue concebida como una sede social conformada por la propia fábrica y las instalaciones que servirían a los obreros (viviendas económicas, jardines y un edificio de servicios) en pleno auge de la corriente del socialismo utópico y de las reivindicaciones de la clase trabajadora a finales del XIX. Gaudí se enamoraría, de hecho, de una de las maestras de la escuela, Pepeta Moreu, aunque esta le rechazó alegando estar comprometida.

Con un currículum notable a sus espaldas y una capital que empieza a tratarle como una figura pública, el arquitecto y director de la Escuela Elies Rogent proclama al entregarle su título, en 1879: "No sé si hemos dado el título a un loco o a un genio: el tiempo lo dirá".

Comienzan las obras de la Sagrada Familia

Gaudí ya está plenamente integrado en la sociedad burguesa de la futura metrópolis en auge: participa en asociaciones propias de la Renaixença comola Asociación Catalanista de Excursiones Científicas y mantiene trato con coetáneos como el poeta y sacerdote Jacint Verdaguer o el industrial Eusebi Güell, quien se convertirá en uno de sus mejores clientes y amigos.

En 1883 recibe el encargo de continuar las obras del proyecto de su vida, la Sagrada Familia. Gaudí opta por modificar el proyecto inicial y desarrollar una obra mastodóntica en torno al origen de la obra, la cripta del templo católico donde acabaría enterrado, que jamás vería terminado y al cual hoy, pese al avance de las obras de la cúpula, aún le resta una década para ser terminado de acuerdo con los deseos de su creador.

A partir de ese año y hasta 1887 también se centra en el desarrollo de los pabellones Güell, por encargo de Eusebi. Es aquí donde el arquitecto, que estaba experimentando con elementos del neomudéjar, utiliza por primera vez la técnica del trencadís: uno de sus inventos más reconocibles basado un revestimiento de mosaicos compuestos por trozos de cerámica, vidrio o mármol y generalmente colores brillantes.

Su diseño contiene otra anécdota vinculada al taller del ceramista Lluís Bru. En un ataque de irritabilidad o de TDAH al contemplar como su colega colocaba las piezas pacientemente una a una, Gaudí cogió un azulejo y lo arrojó contra el suelo exclamando, presuntamente, "¡se tienen que colocar a puñados o no acabaremos nunca!".

Este instante de ira está reflejado, en la actualidad, en muchos de los monumentos que atestiguan esta época y que perduran en su ciudad, pero también allende Barcelona. A esta época pertenece, por ejemplo, Villa Quijano ("El Capricho"), de la localidad cántabra de Comillas, declarada Bien de Interés Común.

Maximalismo -y pérdidas- elevadas al cubo: la etapa final

Gaudí acentuará notablemente los contrastes de colores en las fachadas de sus creaciones, dejando una impronta inconfundible en algunas de sus obras más conocidas, como la Casa Calvet, el Park Güell, la Casa Batlló o la Casa Milà. La naturaleza impone sus formas a través de formas helicoidales o columnas inclinadas, y dicha evolución acabará reflejándose en el proyecto que le obsesionará y centrará su atención, casi exclusivamente, a partir de 1915: la inacabada basílica.

El maestro sufre varias pérdidas (su sobrina Rosa; Francisco Berenguer, su principal colaborador; sus amigos José Torras y Bages y el mismísimo Eusebi Güell) que acentúan su fervor religioso y su aislamiento en pro de acabar con su proyecto vital. Desde que también muere otro de sus colaboradores, el escultor y modelista Llorenç Matamala en 1925, Gaudí se mudará a una pequeña estancia de su taller en la Sagrada Familia y se dedicará enteramente al trabajo.

Los testigos cuentan, al comenzar la tarde del 7 de junio de 1926, Gaudí estaba trabajando en unas lámparas para la cripta y, al acabar la jornada y antes de dirigirse como cada día a la iglesia de Sant Felipe Neri, llamó a uno de los operarios que le asistían: "Vicente, mañana venid temprano, que haremos cosas muy bonitas". Una belleza inacabada que el propio León XIV tendrá la ocasión de comprobar este miércoles, 10 de junio, cuando acuda a la obra, casa y tumba del maestro catalán.

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