Felipe II prometió un milagro si su hijo sanaba. Encargó entonces a Juanelo Turriano un monje autómata que aún funciona cuatro siglos después. Hoy, ese y otros ingenios del siglo XVI creados en España se encuentran dispersos por museos de Europa y Estados Unidos.
En el siglo XVI, el futuro de la monarquía española estuvo a punto de quebrarse. Carlos de Austria, príncipe de Asturias e hijo de Felipe II, sufrió una grave caída por unas escaleras que le provocó fiebre, delirios y pérdida de visión. La situación se volvió desesperada: decenas de médicos de toda Europa intentaron salvarlo sin éxito, mientras en la corte se multiplicaban las oraciones, procesiones y rituales religiosos.
El rey, uno de los monarcas más poderosos del mundo, no podía hacer nada. Gobernaba territorios en Europa, América y Asia, pero no podía ayudar a su hijo. Según cuentan los historiadores, Felipe II se arrodilló junto al lecho del príncipe y prometió a Dios que, si su hijo sanaba, él devolvería el favor con un milagro 'futurista'.
Pocos días después, el heredero comenzó a recuperarse. Primero recobró la vista y, semanas más tarde, parecía completamente curado. El milagro, según la leyenda, se había producido.
El propio príncipe relató entonces un sueño: un monje franciscano se había acercado a su cama y le había anunciado que sanaría. La descripción coincidía con fray Diego de Alcalá, religioso fallecido un siglo antes. Felipe II, desesperado durante la enfermedad, había ordenado trasladar sus reliquias hasta la habitación del heredero.
El rey decidió entonces cumplir su promesa. Encargó al relojero e ingeniero Juanelo Turriano la creación de un monje mecánico inspirado en Diego de Alcalá. El resultado fue uno de los autómatas más sorprendentes del Renacimiento.
Construido en madera y hierro hacia 1562, el monje mide apenas 40 centímetros, pero ejecuta movimientos complejos: camina, gira la cabeza, mueve los ojos, se golpea el pecho, besa una cruz y parece rezar mientras avanza. Todo ello impulsado por un mecanismo de relojería oculto en su interior.
Más de cuatro siglos después, el autómata sigue funcionando. Hoy se conserva en el Museo Nacional de Historia Estadounidense del Smithsonian, en Washington, donde continúa caminando y rezando como lo hacía en el siglo XVI.
Aunque la historia mezcla documentos y leyenda, el monje representa uno de los primeros ejemplos de ingeniería robótica de la historia y un testimonio de la fascinación renacentista por las máquinas capaces de imitar la vida.
Juanelo Turriano, el genio que fascinó a emperadores
Juanelo Turriano, nacido en Cremona alrededor de 1500 y fallecido en Toledo en 1585, fue uno de los grandes científicos del Renacimiento español. Relojero de Carlos I y Felipe II, destacó por la creación de autómatas impulsados por mecanismos de relojería.
Sus ingenios sorprendían a contemporáneos y provocaban incluso sospechas. Se cuenta que uno de sus muñecos caminaba por las calles de Toledo recogiendo limosnas, lo que motivó investigaciones de la Inquisición, que veía en estos prodigios algo cercano a lo diabólico. Otro autómata, según las crónicas, llevaba el desayuno al emperador. De aquellos artefactos, al menos cuatro han sobrevivido hasta nuestros días;
• Una dama musical con laúd, conservada en el Museo de Historia del Arte de Viena, que simula tocar el instrumento.
• Un segundo monje con barba, datado hacia 1560, expuesto en el Museo Nacional Germano de Múnich.
• El llamado 'campanillero', un monje calvo que hace sonar una campana al moverse, actualmente en el Museo de Artes Aplicadas de Budapest.
Todos ellos comparten dimensiones similares y complejos mecanismos internos, capaces de ejecutar movimientos coordinados que anticipan la robótica moderna. Genio olvidado, legado disperso.
Los autómatas de Juanelo Turriano abandonaron España con el paso de los siglos y hoy se encuentran repartidos por Europa y Estados Unidos. Ninguno permanece en el país donde fueron concebidos. Su creador, pese a haber servido a emperadores y reyes, murió en Toledo en 1585 en la pobreza, un destino frecuente para muchos innovadores de su tiempo.
Sin embargo, su legado sigue vivo. Cada vez que el pequeño monje mecánico del siglo XVI da un paso, gira la cabeza o se golpea el pecho, recuerda que España fue, hace más de 400 años, pionera en una tecnología que hoy define el futuro: la robótica.