La situación económica de una familia desempeña un papel clave en el desarrollo cerebral de los niños, según un nuevo estudio.
Todo lo que vive un niño deja una huella en su cerebro y condiciona su desarrollo y su funcionamiento para el resto de su vida.
La situación económica de la familia de un niño y su entorno, como el barrio en el que crece, pueden influir en el desarrollo del cerebro más de lo que se pensaba hasta ahora, según sugiere una nueva investigación.
Un estudio de investigadores de la Universidad de Washington, en Estados Unidos, concluye que los factores socioeconómicos explican en torno al 16 % de la variabilidad en las medidas de la función cerebral de los niños, con un impacto mayor que el cociente intelectual (CI), el estilo de crianza o los antecedentes de salud.
"El cerebro de un niño de un entorno socioeconómico bajo se parece al de un niño de un entorno socioeconómico alto que está privado de sueño y sometido a estrés", señaló Nico Dosenbach, autor sénior del estudio.
Añadió que no se trata de "un cerebro menos inteligente" y que, si hubiera formas de mejorar el sueño y reducir el estrés de los niños que viven en hogares con menos oportunidades socioeconómicas, podrían disminuir las diferencias asociadas a esas circunstancias.
La infancia es especialmente vulnerable a la pobreza. Los menores tienen más probabilidades de vivir en la pobreza que los adultos y las consecuencias pueden ser mayores en los años clave de su desarrollo.
Casi 900 millones de niños en todo el mundo viven en situación de pobreza multidimensional, según UNICEF, lo que significa que carecen de necesidades básicas como alimentación, agua, vivienda, educación y atención sanitaria.
Los investigadores analizaron a alrededor de 12.000 niños de entre 9 y 10 años, examinando su entorno, su salud y sus actividades diarias.
Evaluaron 649 variables que influyen en el desarrollo cerebral, agrupadas en categorías como tiempo de pantalla, capacidades cognitivas, salud física y mental, crianza, así como raza y sexo.
Las condiciones del barrio y la situación económica destacaron como factores principales. Estaban especialmente relacionadas con características funcionales de las áreas motoras y sensoriales del cerebro, muy sensibles a las variaciones diarias en el sueño y el estrés.
"Empecé a llamarlo 'el elefante en el cerebro'", explicó Scott Marek, primer autor del estudio. "Pensaba que las oportunidades socioeconómicas tendrían importancia, pero no que tanta. Eclipsaban todo lo demás".
Señaló que, solo con observar las imágenes del cerebro de un niño, el equipo podía saber cuál es el nivel de bienestar económico de su familia y cuánto duerme y cuánto tiempo pasa frente a pantallas.
Sin embargo, las imágenes cerebrales no permiten determinar el CI. "Eso me indica que el CI no está arraigado en la neurobiología. El entorno moldea el cerebro de los niños de formas que se han interpretado erróneamente como reflejo del CI, cuando en realidad solo reflejan el estrés y la privación de sueño", añadió Marek.