Las olas de calor son cada vez más frecuentes y extremas, pero un nuevo estudio revela que el 41% de quienes vieron alertas por calor en Inglaterra no tomó ninguna medida de protección. ¿Por qué las advertencias no se traducen en acción?
El calor de este verano está siendo extremo. Olas de calor sucesivas han resecado paisajes, derretido glaciares, reducido lagos y ríos, y los incendios forestales han arrasado vastas zonas, dejando los entornos profundamente transformados.
Pero los efectos del calor extremo van mucho más allá de lo que vemos en el paisaje. Y una de las consecuencias más graves es menos visible, el impacto en nuestra salud.
Pese a las reiteradas advertencias de las autoridades sanitarias, muchas personas en Inglaterra siguen sin percibir el calor extremo como un riesgo grave para la salud.
Una nueva investigación de expertos de la Universidad de las Naciones Unidas ha detectado una brecha importante entre las advertencias sobre el calor y el comportamiento de la población. El estudio analiza cómo responde la gente a las alertas sanitarias por calor (HHAs, por sus siglas en inglés) y por qué las advertencias no siempre se traducen en medidas de protección.
Los investigadores encuestaron a 1.097 adultos en Inglaterra y entrevistaron a 29 personas implicadas en la comunicación de los riesgos del calor.
Lo que la gente sabe no siempre se traduce en acción
Los resultados muestran una clara brecha entre lo que la población sabe sobre el calor y lo que realmente hace al respecto.
Alrededor de siete de cada diez personas encuestadas habían visto alguna vez una alerta sanitaria por calor. Pero entre quienes habían recibido una alerta, el 41% declaró no haber tomado ninguna medida para protegerse.
La razón más habitual era sencilla, no creían estar personalmente en riesgo.
Solo el 18,1% de las personas dijo percibir un riesgo alto asociado al calor extremo. En torno al 30% afirmó además tener pocos conocimientos o ninguno sobre las medidas que podrían protegerles.
Los motivos para no actuar eran diversos. Un 19% mencionó una baja percepción de su riesgo personal. Un nueve por ciento no reconoció la alerta, un siete por ciento no sabía qué medidas adoptar y un cinco por ciento consideró que la alerta era difícil de entender.
Por qué la población no responde a las advertencias
Según los investigadores, no basta con emitir una alerta. La población necesita entender que el calor extremo puede suponer un riesgo para su salud, reconocer cuándo una advertencia les afecta y saber qué pueden hacer para protegerse.
La forma en que se transmiten esas advertencias también puede ser parte del problema.
El 90% de las personas encargadas de comunicar los riesgos del calor indicó que utiliza canales digitales. Estos permiten difundir la información con rapidez, pero no llegan por igual a todo el mundo. Las redes sociales fueron identificadas como la fuente de información sobre el calor menos fiable, especialmente entre las personas mayores.
Alrededor del 30% de la población declaró no haber recibido nunca alertas sanitarias por calor ni información sobre cómo protegerse. Esto crea una preocupante desconexión, los canales utilizados para comunicar los riesgos del calor no siempre alcanzan a quienes son más vulnerables.
Cómo llegar a la población más allá del mundo digital
Los investigadores recomiendan recurrir también a organizaciones locales de confianza, como asociaciones vecinales, bibliotecas, servicios sociales, entidades del voluntariado y comunidades religiosas, para llegar a quienes pueden quedar fuera de las advertencias digitales.
Añaden que las autoridades deben mejorar la forma de medir si su comunicación funciona realmente. En lugar de limitarse a contar visitas a páginas web, interacciones en redes sociales o menciones en los medios, deberían evaluar si la población comprende las advertencias y si estas se traducen en medidas de protección.
Hacer las alertas por calor más claras y más útiles
Las entrevistas con quienes se encargan de comunicar los riesgos del calor apuntan a otro problema. La comunicación sobre el calor en Inglaterra se centra en gran medida en la coordinación entre instituciones y la preparación ante emergencias, más que en ayudar a la población a cambiar su comportamiento.
Según los investigadores, informar a la ciudadanía es ahora el objetivo principal, pero informar por sí solo puede no bastar para motivar la adopción de medidas de protección.
Y la comunicación es solo una parte del problema.
El estudio también señala factores más de fondo que determinan quién es vulnerable al calor extremo. Entre ellos figuran las condiciones de la vivienda, la situación socioeconómica, los problemas de salud previos, la exposición ambiental y el acceso a recursos.
Una advertencia no puede abordar esos elementos.
Más allá de las alertas, hacer que viviendas y comunidades sean más resilientes
A medida que las olas de calor se vuelven más frecuentes y más intensas, los investigadores sostienen que Inglaterra debe ir más allá de un enfoque basado casi exclusivamente en las alertas.
Esto implica mejorar la forma de comunicar los riesgos del calor, pero también introducir cambios a largo plazo para reducir la exposición y la vulnerabilidad de la población.
La vivienda es una pieza clave. Los investigadores piden que la resiliencia frente al calor se integre en las normas de edificación, las políticas de planificación urbana y los programas de rehabilitación, con una aplicación y un cumplimiento más estrictos de las medidas destinadas a reducir el sobrecalentamiento de los edificios.
El reto, concluyen, no es solo advertir de que se acerca la próxima ola de calor, sino conseguir que haya menos personas vulnerables cuando llegue.