La muerte del ayatolá pone fin a casi 37 años de su dominio absoluto sobre Irán. Si observamos su legado, vemos una combinación de autoridad religiosa, poder militar e influencia regional. Lo analizamos:
Ali Jamenei ha muerto, abatido en un ataque aéreo conjunto estadounidense-israelí sobre Teherán el sábado durante la Operación Furia Épica.
Su Gobierno se basaba en una doctrina única que le otorgaba un control religioso y político absoluto. Le permitía saltarse al parlamento, al poder judicial e incluso al presidente, dándole la última palabra en absolutamente todo.
Tras éste está el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica o IRGC. Estos 150.000 soldados de élite sólo responden ante el líder supremo. Actúan como brazo ejecutor del régimen y como un vasto conglomerado empresarial, un "imperio dentro del imperio" si se quiere, que lo gestiona todo, desde la energía hasta las telecomunicaciones.
Jamenei utilizó este brazo religioso y militar para construir el llamado 'Eje de la Resistencia'. Al financiar y entrenar a grupos militantes y extremistas como Hezbolá en Líbano, los hutíes en Yemen y respaldar al régimen de Al Assad en Siria, Jamenei convirtió a Irán en un beligerante regional intocable.
Ahora, su muerte deja un vacío de poder. Los ataques también mataron a varios altos cargos, incluido el jefe del IRGC.
Pero hay que recordar que Jamenei no inventó la República Islámica de Irán. Lo hizo su predecesor, el ayatolá Ruhollah Jomeini, y la República sobrevivió a su muerte. El régimen de Teherán se diseñó para evitar ese vacío de gobierno, y un consejo temporal, incluido el presidente, ya ha tomado las riendas.
La verdadera amenaza ahora es la ira de la población iraní y los daños devastadores de una guerra más amplia.
Lo que está en juego no es sólo la sustitución de un líder, sino la supervivencia misma de la República Islámica.
Y mientras el mundo observa, este repentino vacío está a punto de repercutir en la seguridad mundial y probablemente haga subir los precios del combustible.