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Abdalá de Jordania, la "tercera vía" de Oriente Próximo

Abdalá de Jordania, la "tercera vía" de Oriente Próximo
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Abdalá II tenía 37 años y ninguna experiencia en la administración del Estado cuando se convirtió en rey de Jordania. El nuevo soberano se había dedicado durante la mayor parte de su vida a formarse como soldado en Inglaterra y Estados Unidos, y había vivido menos de 20 años en su país.

Aunque en sus primeros años de vida ostentó la condición de heredero al trono, el 1 de abril de 1965 la complicada situación interna movió a su padre, el rey Hussein, a designar a su hermano el príncipe Hassan, que durante 35 años estuvo en la sombra del poder y conocía al dedillo todos los entresijos de la corte. Pero tras varias décadas sin alteraciones en la línea sucesoria, con el súbito agravamiento de su larga enfermedad el monarca cambió de decisión.

El 25 de enero de 1999, en vísperas de su último viaje a Estados Unidos para recibir tratamiento contra el cáncer, retiró por decreto a Hassan la condición de príncipe heredero y se la otorgó a Abdallah, que prestó juramento como heredero al día siguiente, en el mismo aeropuerto en que despedía a su padre camino de Estados Unidos.

Pese a las críticas por su inexperiencia y por su desconocimiento de la realidad profunda de su país, Abdalá
contaba con el apoyo de cuatro pilares de la sociedad jordana, es decir, la familia real, las tribus, el Ejército y el poder económico. A su tío Hassán, en cambio, sólo le apoyaban los intelectuales.

En el plano internacional, la Administración apostó sin ambajes por Abdalá: duplicó la ayuda militar y añadió una aportación extraordinaria de 300 millones de dólares. Washington deseaba proteger al joven monarca de la dependencia de Irak, cuyo embargo internacional venía perjudicando extraordinariamente al reino, desprovisto de recursos naturales.

Con Abdallah en el trono se restauraba el principio de primogenitura, y su experiencia castrense le garantizaba la fidelidad de las fuerzas armadas uno de los ejércitos mejor entrenados y con más fama de la región, y que constituye al mismo tiempo la columna vertebral del país y el soporte de la monarquía.

El rey consiguió granjearse esta lealtad de los militares durante el tiempo que ejerció el cargo de general de division de las Fuerzas Especiales, encargadas de la represión del terrorismo y de los desórdenes públicos. Al frente de estas unidades, Abdalá reprimió con firmeza diversas revueltas populares que se desencadenaron en el sur del país donde se mezcla la miseria, las reivindicaciones islamistas y el rechazo contra Estados Unidos y en favor de Irak.

Otra baza a la hora de ganarse el afecto del pueblo vino de la mano de la reina Rania Yassin, nacida en Kuwait en 1970 en el seno de una distinguida familia palestina y residente en Jordania desde 1990. El 30% de la población jordana entre refugiados y autóctonos es palestina y vieron con agrado tener una reina de entre los suyos.

Tras prestar juramento como nuevo rey en el Parlamento, lo primero que hizo Abdalá es tranquilizar a la comunidad internacional, para la que era un perfecto desconocido, y a la población jordana con unas declaraciones en las que aseguraba que Jordania trataría de efectuar una transición pacífica y tranquila para mantener la estabilidad del país. Prometió además emprender reformas democráticas radicales.

En el plano exterior, aunque subrayó el rechazo de su país a las sanciones de la ONU contra Irak, dejó entrever una mayor dureza con el régimen de Saddam Hussein, rompiendo el prudencial neutralismo adoptado por su padre desde la Guerra del Golfo en 1991.

También el día de su designación se produjo su primera metedura de paa diplomática, cuando tildó a Irán “una amenaza para la seguridad de ciertos países del Golfo.”

Si una cosa quedó clara de inmediato es que bajo Abdalá, Jordania seguiría siendo un aliado de Estados Unidos en la región, más estrecho si cabe. En 1996 Jordania se convirtió en el sexto país en recibir de la Casa Blanca el estatus de Aliado Principal No de la OTAN (MNNA), que en Oriente Próximo sólo poseían hasta la fecha Israel y Egipto.

También se reunió con el presidente sirio Hafez al-Assad y en una decisión muy criticada dado el bloqueo del proceso de paz con los palestinos, recibió al primer ministro israelí Binyamin Netanyahu en Ammán.

Para Tel Aviv, mantener buenas relaciones con el Reino jordano siempre ha sido crucial, dado su carácter de Estado tampón fiable frente a la imprevisibilidad de sirios e irakíes, además de un mediador insustituible en sus complejísimos tratos con la Autoridad Palestina.

Pero otra cosa que quedó clara rápidamente es que la desaparición de Hussein no iba a alterar el estrecho vínculo entre jordanos y palestinos: en su reunión con Arafat en la ciudad cisjordana de Ramallah el 25 de abril de 2000 respaldó explícitamente la creación de un Estado palestino con capital en Jerusalén Este. Al mismo tiempo, su negativa a entrevistarse en Jerusalén con Barak el 22 de agosto, dejó claro que no iba a reconocer la aspiración israelí de soberanía sobre esa parte de la ciudad, arrebatada a Jordania en la guerra de 1967.

Cuando a finales de septiembre de 2000 estalló en Jerusalén la segunda intifada palestina contra Israel, Abdalá condenó el recurso del Tsahal a arsenal militar para reprimir la revuelta, aunque junto con el entonces presidente egipcio Hosni Mubarak se situó en el bando de los países árabes que pidieron prudencia y rechazaron como temerarios los llamamientos a la guerra contra Israel.

Junto con el rey de Marruecos Mohammed VI y el recién elegido presidente sirio Bashar al-Assad, Abdalá era el tercer vértice de una generación de jóvenes líderes árabes, que heredaron la corona de sus padres.

En el orden interno, en septiembre de 1999 Abdallah dispuso diversas medidas represivas contra sectores islamistas, con Hamás, especialmente, en el punto de mira. Pero detrás de las acusaciones contra el movimiento al que acusó de pretender convertir el país en una base de retaguardia para acciones terroristas antiisraelíes, se veía una advertencia dirigida a todos los partidos islamistas, incluyendo los Hermanos Musulmanes.

Hasta 2013, las tímidas reformas decididas por el monarca y sobre todo el miedo de los jordanos a que la primavera árabe acabase en invierno sirio, protegían el trono.

Además, tras las revoluciones en los países vecinos Abdalá pasó a ser el más ferviente defensor de democratizar su país.

En marzo de 2013 juró ante él un nuevo Gobierno, de marcado talante reformista. Fue la primera vez que para formar ejecutivo el monarca consultó con la Cámara baja del parlamento. Fue el primer ladrillo de la llamada “revolución blanca” para renovar el sistema político en Jordania desde dentro. Ante la violencia y empantanamiento en Siria, la ingobernabilidad en Libia y la intertidumbre en Egipto, Abdalá II propone la “la tercera vía de Oriente Próximo”, reformas profundas desde dentro, evitando a toda costa la violencia

El verdadero reto ahora para el rey es el avance yihadista. Desde el año pasado, el país ha reforzado sus defensas en la frontera con Irak, alarmado por la proximidad de las milicias islamistas suníes del grupo Estado Islámico y es una de las cuatro naciones árabes que bombardea posiciones de los yihadistas en Siria.

Para Washington, es clave mantener la estabilidad en Jordania también fronteriza con Israel y Arabia Saudí y evitar que el caso del piloto pueda restar popularidad a su contribución a la ofensiva aérea contra el EI.

Tras conocerse que Al Kasasbeh fue quemado vivo, Obama afirmó que se “redoblarán la vigilancia y la determinación” en la lucha contra el EI, que controla partes de Irak y Siria, y aspira a crear un califato en la región. La campaña contra el grupo EI, se inició hace casi seis meses en Irak y más de cuatro en Siria.