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El coronavirus deja medio vacías las urnas en Francia

Recuento de votos con medidas especiales de seguridad en Estrasburgo
Recuento de votos con medidas especiales de seguridad en Estrasburgo   -   Derechos de autor  FREDERICK FLORIN/AFP
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La fuerte abstención en la primera vuelta de las elecciones municipales en Francia, en torno al 45%, ha servido de test para el ejercicio democrático en un contexto inédito en Europa. Los ciudadanos, mas de 47 millones, han optado en gran número por ignorar el mensaje del Gobierno de acudir a votar y han escuchado más el también mensaje del Gobierno de no acudir a aglomeraciones. En efecto el Gobierno francés ordenó la víspera de la primera ronda electoral, el cierre de todos los establecimientos públicos que no fueran indispensables. La paradoja cayó como una sentencia y la participación pagó el precio: un desplome histórico.

Al cierre de los colegios electorales, los dirigentes de los partidos políticos se apresuraron a pedir el retraso o la suspensión de la segunda vuelta, convocada para el 22 de marzo. Un vuelco radical de esos mismos políticos que el jueves se oponían a un eventual retraso y algunos llegaron a acusar al presidente francés Emmanuel Macron de cometer “un golpe de Estado institucional" si retrasaba los comicios.

Pero la velocidad a la que se expande el COVID-19 por Francia también ha provocado una aceleración de la percepción del peligro. Ya hay 5.500 contagiados (que se sepa) entre ellos 400 personas en estado grave, 127 han fallecido. En este contexto excepcional en Francia, los ciudadanos están más preocupados por su salud que por elegir a sus alcaldes y concejales.

El primer ministro Edouard Philippe ha optado por mantener la calma en medio de la agitación y consultar con los partidos políticos y los científicos antes de decidir si retrasa o no la segunda vuelta del próximo domingo.

Porqué yo decidí no salir a votar

Yo tampoco fui a votar en la primera vuelta de las elecciones municipales en Francia. Soy española y llevo viviendo, trabajando y pagando mis impuestos en este país desde hace casi 30 años. Desde que tengo derecho a votar en las municipales, como ciudadana de la Unión Europea, nunca he dejado de ejercerlo, porque me gusta votar y porque me parece un deber democrático.

Pero esta vez dudé hasta el último momento. Por la mañana pasé delante del colegio electoral, sin entrar, es una escuela de primaria. No vi ningún cartel sobre las reglas de seguridad para el coronavirus, supongo que estarían dentro, pero no me dió ánimos para entrar. Vi salir a una pareja de abuelos jóvenes con el nieto, un bebé, en la sillita. Y nada más. Decidí que no iría a votar. Como el 45% de los franceses. Enfrentados al dilema de ir a votar y por lo tanto exponerse al contagio o respetar la consigna del Gobierno de no acudir a aglomeraciones, muchos reaccionaron como yo. Me quedo en casa.

En mi decisión influyó mucho un artículo que leí la víspera en el diario Le Figaró, un grupo de médicos y científicos consideró imprudente mantener las elecciones bajo la amenaza del COVID-19. Seguí su consejo. Todavía me fío de los científicos, se suelen remitir a los hechos, como los buenos periodistas.

Y es que hay otro factor que pesó en mi decisión, que es la confianza en los mensajes de las autoridades, sobretodo políticas, de los Gobiernos, y no sólo en Francia, también en España y Reino Unido. Son tres países que conozco porque en cada uno de ellos vive un miembro de mi familia y los tres estamos sufriendo las consecuencias de sus mensajes contradictorios.

En Francia ‘vete a votar pero quédate en casa’. En España ‘no pasa nada, estamos haciendolo bien’ hasta que todo explotó. En Reino Unido, ‘no pasa nada, vamos a dejar que la gente se inmunice’…

Personalmente lo que me abrió definitivamente los ojos sobre la epidemia de coronavirus, fue lo que ocurrió en Italia, otro país que conozco bastante bien. Por un lado nos decían que esto era una gripe y por otro cerraban a cal y canto diez pueblos de Lombardía y el norte del país. Como a finales de la Edad Media, cuando la única manera de salvarse de la peste bubónica era confinarse. Semejante mensaje, tan contudente, rotundo y palpable caló en la población que comenzó a hacer acopio de víveres y mascarillas cuando las autoridades seguían diciéndonos que no hacía falta, que las mascarillas no sirven para nada (¿entonces para qué se fabrican, son un adorno?). ¿Con qué mensaje te quedas? ¿Lo que ves o lo que te cuentan? Es tan simple como eso. Por eso la comunicación política que va dirigida a las masas es tan importante y debe hacerse con precisión, honestidad y sobretodo confiando en que los receptores, es decir todos nosotros, somos personas adultas y responsables. Si se nos habla claro, sabremos lo que tenemos que hacer, y lo haremos.

Por nosotros, por nuestros padres, hijos, hijas, amigos y amigas, por la colectividad.