Los ataques estadounidenses contra Irán abren un frente de incertidumbre en los mercados energéticos. Con Teherán produciendo más de tres millones de barriles diarios y el Estrecho de Ormuz en el tablero, las consecuencias podrían ser globales.
Pese a décadas de sanciones, Irán sigue siendo un productor relevante. Extrae alrededor de 3,1 millones de barriles diarios, según la OPEP, de la que forma parte, y sus reservas probadas la sitúan como la tercera potencia mundial en crudo. Para entender la dimensión, basta un dato: en 1974 era el tercer productor del planeta, solo por detrás de Estados Unidos y Arabia Saudí.
A diferencia de Venezuela, otro país aplastado por sanciones americanas durante años, la industria iraní conserva cierta solidez operativa. El coste de extracción ronda los diez dólares por barril, una cifra que en el sector se considera excepcional. Canadá o el propio Estados Unidos gastan entre cuatro y seis veces más para sacar el mismo volumen.
Ese margen convierte a Irán en un beneficiario directo de cualquier subida de precios, lo que explica parte de la lógica que rodea la escalada de tensión.
El Estrecho de Ormuz: el cuello de botella que nadie quiere ver cerrado
El verdadero riesgo para los mercados no está en los pozos iraníes, sino en un canal de agua de cincuenta kilómetros de ancho. Por el Estrecho de Ormuz pasaron en 2024 unos veinte millones de barriles diarios, casi el 20% del consumo mundial de petróleo líquido, según la Agencia de Información de Energía de Estados Unidos.
Irán ha amenazado en múltiples ocasiones con bloquear ese paso. Y aunque la amenaza no se ha materializado nunca del todo, el solo rumor de una interrupción bastaría para encarecer los seguros marítimos y disuadir a muchos buques de transitar. Solo Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos cuentan con infraestructuras alternativas, capaces de desviar como mucho 2,6 millones de barriles diarios, una fracción del total.
Las exportaciones iraníes actuales, entre 1,3 y 1,5 millones de barriles diarios, van en su mayoría a refinerías chinas. Pekín sigue comprando, con descuento, pese a las presiones de Washington.
Un conflicto con facturas para todos
El impacto de una escalada no se quedaría en los países directamente implicados. Los vecinos de Irán, Turquía, Pakistán, los estados del Golfo, albergan bases militares estadounidenses y temen convertirse en objetivo de represalias. Instalaciones energéticas, plantas de desalinización y redes eléctricas son vulnerables a los misiles iraníes de alcance intermedio.
En el plano económico, un barril rozando los cien dólares arrastraría de nuevo la inflación global, justo cuando muchas economías aún digieren el impacto de años de precios elevados. Para Donald Trump, que ha prometido energía barata a los estadounidenses, ese escenario tendría además un coste político concreto: las elecciones de mitad de mandato se celebran a finales de año.