Newsletter Newsletters Events Eventos Podcasts Videos Africanews
Loader
Encuéntranos
Publicidad

Irán después de Jamenei: ¿Qué destino corre la República Islámica?

Un grupo de chiítas paquistaníes se reúne en Lahore tras la noticia de la muerte de Ali Jamenei
Un grupo de chiítas paquistaníes se reúne en Lahore tras la noticia de la muerte de Ali Jamenei Derechos de autor  AP Photo
Derechos de autor AP Photo
Por Alain Chandelier
Publicado Ultima actualización
Compartir Comentarios
Compartir Close Button

Las sucesivas explosiones en partes clave del país, incluso en el corazón de la capital, y la confirmación de que el líder de la República Islámica está siendo blanco de una operación aérea conjunta, han colocado a Irán en su situación política más difícil en años.

Con la abrupta destitución de Ali Jamenei de la cima de la pirámide del poder, el modelo de sucesión planificado en la Asamblea de Expertos no solo se ha enfrentado a un desafío existencial, sino que el equilibrio de poder regional entre Teherán, Washington y Tel Aviv también parece haber entrado en una etapa con un alto nivel de certeza numérica y riesgo estratégico.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

La pregunta fundamental ahora no es quién sucederá a Ali Jamenei, sino si la estructura de poder de la República Islámica puede reconstruirse antes de la posible formación de protestas callejeras.

La destitución física del líder de la República Islámica en medio de una tensión militar hace que el escenario de una transferencia de poder sin contratiempos sea prácticamente muy difícil.

En el sistema de la República Islámica, la cúspide de la pirámide del poder no es la única función del gobierno, sino que desempeña el papel de punto de equilibrio entre los cárteles económicos del IORP, las instituciones de seguridad paralelas y las formaciones del clero.

La eliminación de este punto de equilibrio por una fuerza externa podría significar la entrada simultánea del sistema en tres crisis: una crisis de mando en el sector militar, una crisis de sucesión en el sector político y una crisis de protestas callejeras en un organismo social sometido a una represión sangrienta y a presión económica.

Si bien según el principio 111 de la Constitución, el Consejo de Liderazgo Provisional debe iniciar el proceso de transición lo antes posible, la realidad sobre el terreno demuestra que la presencia de combatientes estadounidenses e israelíes en los cielos del país y los continuos ataques aéreos contra la capital han hecho que la oportunidad de reflexión y cooperación entre el presidente, el jefe del poder judicial y un miembro electo de los juristas del Consejo de Guardianes sea muy limitada y arriesgada.

Variables en conflicto: cuestiones fundamentales en el camino de la transición

Para ofrecer un panorama claro del futuro político de Irán en esta delicada coyuntura, el análisis de la trayectoria se basa en la respuesta a tres ambigüedades estratégicas, cada una de las cuales, por sí sola, puede transformar la dirección final del poder:

En primer lugar, surge la cuestión: ¿cómo reaccionará el IRGC en el momento cero? ¿Será capaz el núcleo más sólido del poder de consolidar la unidad procesal en torno a un consejo supremo de defensa frente a la presión de agresores externos, o los conflictos de intereses entre los cárteles económicos de la sede y el cuerpo ideológico de la retaguardia desencadenarán una ruptura en la cadena de mando?

En segundo lugar, es psicología de las masas ante una conmoción externa. ¿El miedo a una invasión extraterrestre conduce a un nacionalismo defensivo y a alianzas temporales? ¿O, por el contrario, esta crisis actúa como catalizador del colapso del muro del miedo, permitiendo que manifestantes, ante un vacío de poder, intenten derribar la estructura?

Y, por último, se pondrá a prueba la idoneidad política de la Asamblea de Expertos en la situación de guerra. Mientras la capital permanezca bajo la sombra de una amenaza militar, ¿se inclinará la institución por una selección conservadora, eligiendo un líder administrativo débil, o la urgencia de supervivencia del sistema la conducirá a aceptar un líder de emergencia con experiencia militar?

Responder a estas preguntas fundamentales lleva al futuro de Irán por cuatro posibles caminos:

1. Escenario de continuidad controlada: la transición a la sombra de la burocracia y Putin

En este escenario, que tiene el coeficiente de probabilidad más alto dependiendo de la disponibilidad institucional existente, es probable que el soberano intente evitar que el poder se extienda a las calles y debilite los pilares del sistema mediante la combinación de herramientas legales y autoridad de hardware.

Esta ruta de transición es, de hecho, un intento de transformar el choque de una entidad en un proceso administrativo controlado a fin de preservar la cohesión interna de las fuerzas armadas y evitar cualquier vacío en la toma de decisiones.

La primera capa de este escenario gira en torno al surgimiento de un líder administrativo. En este marco, la Asamblea de Expertos, al darse cuenta de la necesidad de contener la tensión, probablemente se decante por una elección que refleje un acuerdo colectivo entre las facciones interesadas más que una representación de la autoridad individual.

La selección de figuras como Alireza Arafi, que carecen de una base social independiente o de antecedentes ejecutivos controvertidos, significa que la nueva dirección no actuará como un polo de poder, sino como un símbolo legal.

Con esta composición, el centro de gravedad de la toma de decisiones pasa del individuo a una oligarquía informal, donde los principales comandantes de la Guardia Revolucionaria y los tecnócratas de la dirección, a la sombra de esta legitimidad jurídica, asumen la verdadera gestión de las arterias económicas y de seguridad nacional.

Paralelamente a esta vía burocrática, el proyecto de estabilidad centrado en Mojtaba se perfila como una variable clave y audaz. Durante años ha sido considerado por la élite como superior a las capas ocultas del aparato de inteligencia.

Gracias gracias a su vínculo orgánico con el núcleo duro de las fuerzas armadas, simboliza la continuidad sin límites para los leales al sistema. Es, además, la única opción capaz de responder con rapidez a las microfisuras que puedan surgir en las horas críticas.

Sin embargo, promover esa opción podría considerarse como una apuesta estratégica entre la estabilidad de la seguridad y una crisis de legitimidad. Si bien su influencia en las agencias de inteligencia podría ser una garantía de supervivencia a corto plazo, la sensibilidad histórica ante la herencia del poder y las posibles reacciones en el seno del cuerpo tradicional del clero hacen que esta elección sea un factor decisivo.

Pero que, a mediano plazo, en lugar de contener la crisis, podría convertirse en sí misma en un estímulo para aumentar las probabilidades de una movilización social generalizada.

En última instancia, este escenario se basa en la suposición de que el sistema, en el momento del incidente, preferirá un régimen estricto a la persuasión pública y, basándose en una red de intereses comunes entre militares y lunáticos religiosos, intentará efectuar la transición del patriarcado a la sistemática de seguridad.

La experiencia histórica de los sistemas autoritarios sugiere que, si no hay fisuras en las fuerzas de línea dura, las estructuras burocráticas de seguridad tienen una alta tendencia a reproducirse.

Por lo tanto, si se mantiene la cohesión en la cadena de mando del IRGC, el escenario de continuidad estructural, incluso en situaciones de choque, goza de una mayor capacidad ejecutiva que en los escenarios de colapso.

2. Escenario de soberanía militar: golpe de Estado

Más allá de los esfuerzos burocráticos por preservar la apariencia de legalidad, se vislumbra otro escenario en el que la fuerza de las capas ocultas del poder se basa en la conveniencia tradicional pasajera.

Por el camino, es probable que el IRGC, que durante décadas ha pasado de ser una mera entidad militar a convertirse en un enorme cártel económico y de seguridad, ante la ausencia del primer partido del sistema, ya no vea la necesidad de permanecer detrás del telón.

Este escenario, que podría denominarse golpe de Estado, podría ser clave cuando la élite militar llegue a la conclusión de que los temblores provocados por el vacío de poder superan la capacidad de gestión del clero tradicional.

En estas circunstancias, es probable que el IRGC coloque a un grupo completamente alineado en el puesto de liderazgo interviniendo directamente en el proceso de sucesión o, al debilitar la posición individual del nuevo líder, asuma la macrogestión del país bajo los auspicios del Consejo Supremo de Seguridad Nacional o estructuras de emergencia similares.

La lógica que impulsa esta transformación apunta a una transición hacia un modelo de desarrollo estadístico, que guarda numerosas similitudes con los patrones orientales, como los de China o Vietnam.

En este nuevo esquema, la soberanía militar, con el objetivo de evitar un colapso radical, podría implicar ciertas reformas económicas limitadas y abrir canales para medios de subsistencia; sin embargo, cualquier activismo político será reprimido con mano de hierro.

El propósito central de este escenario es garantizar la supervivencia del sistema mediante un cambio en su naturaleza: de un gobierno ideológico centrado en el clero a un gobierno tecnocrático de guarnición.

En este contexto, el clero, antes considerado la columna vertebral del sistema, se transforma en una institución principalmente ceremonial y legitimadora, cuya función se limita a respaldar la justificación religiosa de las decisiones de la nueva clase militar.

Sin embargo, la materialización de este escenario podría enfrentar desafíos internos complejos, arraigados en la estructura jerárquica y fragmentada del cuerpo. Contrario a la percepción común, el IRGC no constituye un bloque rígido y homogéneo, sino una red de intereses en conflicto.

Los altos mandos de los proyectos macroeconómicos, principales actores en la agenda económica, no necesariamente comparten objetivos con los organismos intermedios y operativos, que aún conservan vestigios de idealismo y posibles vínculos con las masas populares.

Si, en el momento de la transferencia del poder, esta brecha entre el cuartel general y las filas se profundiza, el escenario de la soberanía militar podría convertirse en el iniciador de una guerra interna por el poder en lugar de en una garantía de estabilidad.

En ese caso, la soberanía militar no se convertirá en una solución, sino en sí misma en un estímulo para debilitar la capacidad de represión y crear una oportunidad para que las fuerzas que protestan actúen; una situación en la que las botas militares podrían pisar finas capas de hielo en lugar de estabilizar el terreno.

3. Escenario de vacío de poder: confluencia de la crisis sucesoria y la explosión social

Este escenario se basa en la suposición de que la caída repentina de la cúspide de la pirámide del poder, no una transición suave, sino más bien la posibilidad de que se encienda una chispa en el almacén de pólvora, agravaría la crisis de legitimidad.

Cuando la reorganización del pilar principal del sistema coincide con postergaciones o con rivalidades erosivas entre las bandas más poderosas, el sistema político entra en un estado de parálisis en la toma de decisiones.

En esos momentos, el profundo silencio del soberano ante el vacío de liderazgo, en lugar de crear calma, se interpreta como una señal de debilidad y aumenta considerablemente el riesgo de que las masas se movilicen públicamente y abandonen su postura de activismo agresivo.

En este espacio, el escenario de un colapso interno o de un cambio fundamental de estructura ya no es una hipótesis descabellada, sino que se cambia por la posibilidad del contenido de momentos en los que el muro del miedo se derrumba.

El principal catalizador en este sector es la ruptura del cuerpo de las fuerzas armadas, donde los soldados y los cuerpos operativos de los Fareja o Basij, en ausencia de un mando unificado y carismático y bajo la presión de la conciencia colectiva o los lazos familiares, se niegan a aplicar los decretos de represión.

Esta fractura, que se conoce como erosión de la voluntad de reprimir, impide la supervivencia del sistema. De hecho, cuando las élites de arriba están ocupadas disputándose el puesto de liderazgo y, en las de abajo, las calles están ocupadas por manifestantes que no tienen nada que perder, el sistema llega a un punto en el que hay pluralidad de centros de poder en los que ninguna institución tendrá la capacidad de ejercer su soberanía sobre la geografía nacional.

Sin embargo, la realización de este escenario como un cambio de régimen exitoso depende de la aparición de un centro de gravedad alternativo capaz de, en el momento del colapso, evitar tanto la desintegración de la sociedad como el estallido de un conflicto civil o la “sirianización” del país.

Si este vacío de poder no se gestiona adecuadamente, la transición democrática podría derivar en un colapso total y caótico.

4. Escenario de intervención militar: colapso bajo presión y choque externo

El futuro político de Irán no puede buscarse únicamente en las reuniones de la Asamblea de Expertos o de los Comandantes de Cuerpo, ya que la variable de la intervención extranjera tiene ahora más que nunca el potencial de pervertir el curso de los acontecimientos internos.

Este escenario se basa en el supuesto de que los actores internacionales, en particular los Estados Unidos e Israel, evaluarían los acontecimientos derivados del vacío de poder considerándolos una variable oportunista o una reguladora del equilibrio regional.

En este contexto, la presión externa ha dejado atrás el estado pasivo y, de manera agresiva y multifacética, al mismo tiempo que la crisis sucesoria, se dirige al corazón palpitante del sistema para interrumpir el proceso de transferencia del poder organizacional antes de que comience.

La primera capa de esta presión podría adoptar la forma de una batalla híbrida en la que los devastadores ciberataques a infraestructuras críticas se complementen con sanciones aplastantes.

La desactivación de la red bancaria, la interrupción de la distribución de combustible y la interrupción de las vías de comunicación en momentos delicados, cuando el país se enfrenta a un vacío de liderazgo, podrían llevar rápidamente al colapso del orden urbano en las megaciudades.

Las interrupciones organizadas en la infraestructura crítica se diseñan con el objetivo de descolonizar a la clase media y sacar a las masas indignadas a las calles; una situación en la que los aparatos de seguridad inevitablemente se dedican a gestionar los disturbios a base de pan y gasolina desde una perspectiva nacional en lugar de centrarse en la expectativa política de sucesión.

La segunda capa, y la más devastadora, de este escenario se basa en los ataques similares a los de una cirugía contra los centros de mando y control.

Si, al mismo tiempo que se produce la crisis sucesoria, los círculos conectados entre el cuerpo y las capas administrativas resultan dañados por ataques aéreos u operaciones especiales, la estructura de poder sufrirá una especie de ceguera estratégica.

Esta desconexión entre la sede central y la cola impide que se emitan decretos únicos para suprimir o consolidar el poder, lo que convierte la soberanía en un archipiélago argelino de centros de poder aislados, cada uno de los cuales lucha por su propia supervivencia.

Por último, la participación en una guerra regional amplia podría reducir considerablemente la probabilidad de que se materialice una transición sin contratiempos.

Con la apertura de los frentes de batalla en las fronteras, la concentración de las fuerzas militares se ha desplazado del centro a la periferia, y este vacío de seguridad en la capital podría dar un respiro sin precedentes al activismo de la oposición radical.

En un sistema de este tipo, el impacto externo no solo hace que el proceso de sucesión supere las expectativas, sino que también aumenta el peso de los escenarios de transición estructural a corto plazo, al erosionar la maquinaria de represión.

En última instancia, la trayectoria de la evolución de la situación en Irán en la era posterior a Jamenei dependerá de tres variables: la velocidad del consenso en la Asamblea de Expertos, el grado de cohesión en la cadena de mando de las fuerzas armadas y la gravedad de las crisis económicas o de la intervención extranjera.

En la situación de referencia, y en ausencia de una escalada del conflicto externo, el escenario de redistribución del poder adquiere mayor relevancia.

No obstante, el vacío de liderazgo, la desconexión entre los actores políticos y militares, y la crisis de los medios de subsistencia pueden incrementar significativamente el riesgo de escenarios adversos.

Ir a los atajos de accesibilidad
Compartir Comentarios

Noticias relacionadas

Orbán eleva la alerta terrorista y mira a las ganancias electorales mientras la guerra de Irán perturba los mercados energéticos

Los iraníes salen a la calle para celebrar la muerte de Jamenei

Dolientes se reúnen en Mashhad tras la muerte del líder supremo iraní Jamenei