Estas orugas especialmente tóxicas han invadido varias urbanizaciones en la capital de Alemania. Las autoridades sanitarias no actúan y ahora son los propios vecinos quienes han decidido tomar cartas en el asunto.
La oruga procesionaria del roble se ha extendido de forma masiva en varios puntos de Berlín, por ello se han cerrado instalaciones deportivas y zonas verdes en el distrito de Charlottenburg-Wilmersdorf.
Especialmente afectados están los vecinos del parque de Jungfernheide. Allí los marcos de las puertas, los coches, las fachadas e incluso algunas farolas están cubiertos de estos insectos, lo que supone un auténtico problema para los habitantes de la ciudad.
Algunas personas mayores ya no se atreven a salir de casa, explica el concejal de distrito Nico Kaufmann al diario 'B.Z.'. Muchos niños están cubiertos de erupciones y los vecinos solo consiguen sobrellevar el día a día con pastillas de cortisona, añade el funcionario.
El peligro procede de los finos pelos urticantes de la oruga procesionaria del roble. Estos pelillos contienen la proteína Thaumetopoein, se desprenden con facilidad y se dispersan con el viento. Son extremadamente pequeños, tienen forma de gancho y, al contacto, penetran en la piel, los ojos o las vías respiratorias.
Provocan irritaciones mecánicas y reacciones alérgicas, como intenso picor, erupciones cutáneas, conjuntivitis o dificultades respiratorias. Lo más problemático es que estos pelos siguen activos durante mucho tiempo en los viejos nidos, incluso después de que las orugas los hayan abandonado, por lo que continúan representando un peligro.
Las autoridades sanitarias no intervienen porque estas orugas no se consideran plagas clásicas como, por ejemplo, las ratas. Además, la Oficina de Protección de las Plantas impide el uso de biocidas contra ellas. Por este motivo, ya el año pasado se dejó pasar la oportunidad de combatirlas a tiempo. Los vecinos han puesto en marcha ahora una petición. Reclaman un plan de protección vinculante para Jungfernheide y para todo Berlín.