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Indignación, miedo, estupor y compasión: el incierto camino de Ceuta por recobrar una cierta normalidad

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Por Julian GOMEZ
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Nuestro reportero Julián López Gómez llegó a la Ciudad Autónoma apenas dos días después de que al menos 72,000 personas cruzaran ilegalmente su frontera con Marruecos. En un ambiente generalizado de incomprensión, angustia y perplejidad, esto es lo que vio y escuchó.

Nada más llegar, me enteré de que una manifestación contra el Gobierno acababa de ser convocada, y me organicé para ir grabarla. De nada había servido que para entonces el Ministerio del Interior hubiera asegurado que casi todos los inmigrantes habían regresado a Marruecos. Entre cánticos de "¡Ceuta no se vende", "¡Pedro Sánchez dimisión!" y "¡Ceuta, unida, jamás será vencida!", los asistentes decían sentirse abandonados, humillados y traicionados.

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“Esto no puede ser, que España tenga un servicio de inteligencia tan inútil que no se entere de lo que hay en Ceuta”, me dijo una señora que aseguró que durante dos noches no había logrado conciliar el sueño y se había recluido en casa con sus nietas.

“Esta es una ciudad militar. Deberían haber salido los tres mil soldados que tenemos para defenderla.”, comentó otra asistente mientras agitaba una bandera española.

"Nos dejaron indefensos".
"Nos dejaron indefensos". Euronews

“Nadie salía a decir absolutamente nada. Por lo menos decir qué vamos a hacer. Un plan. Nada”, comentó una tercera manifestante, antes de gritar encendidas críticas contra las políticas migratorias del Gobierno y su gestión de la crisis.

Junto a indignación, percibimos una inequívoca sensación de miedo, acentuada por el hecho de que los inmigrantes llegados son solo hombres. Un número indeterminado permanece en Ceuta, incluidos al menos mil menores según la Delegación del Gobierno, y deambula por playas, calles, parques y descampados.

“No hay dinero en Marruecos. Por eso vinimos a España. Pero aquí nos han tratado muy mal”, me dijo uno de ellos, mientras paseaba a mediodía sin rumbo determinado por una calle principal, con una temperatura ambiente de 33 grados centígrados.

“Mi padre, mi familia todos son pobres. Ahora estamos aquí y nos buscamos la vida. Dormimos en la calle. Estamos aquí, la vida es muy dura, pero…", me comentó otro, quien deambulaba en dirección al puerto de la ciudad.

"¿Te vas a intentar quedar aquí o vas a tener que regresar?", le pregunté.

“Ahora aquí. No sé cuánto puedo aguantar aquí”, respondió.

"No sé cuánto podré aguantar aquí".
"No sé cuánto podré aguantar aquí". Euronews

La omnipresencia de inmigrantes alimenta una sensación de vulnerabilidad e indefensión incluso en residentes que se describen como moderados y empáticos.

“Sientes miedo porque se sale todo fuera de control, sientes que las fuerzas de seguridad no dan abasto", me dijo un hombre mientras jugaba con su perro. "Para seguridad de las personas que viven allí en Marruecos y de quienes vivimos aquí, ya que ha de establecerse una frontera, debe establecerse consistente”.

Esta sensación de angustia es apenas atenuada por el visible despliegue de cuerpos de seguridad del Estado. El mismo día de mi llegada, mi cámara captó una de sus intervenciones ante un grupo de inmigrantes junto a una de las playas más céntricas de la ciudad. Poco después, en la frontera, presencié cómo otros inmigrantes eran desembarcados de autobuses y escoltados hasta el mismo punto por el que habían entrado días antes.

La crisis es también un drama humano. Las autoridades españolas aseguran que al menos 75 personas fallecieron ahogadas al intentar cruzar a nado la zona marítima aledaña a la frontera, ahora protegida por una barrera flotante, y se teme que haya habido más víctimas.

Los inmigrantes que permanecen no tienen medios para subsistir. Desde el comienzo de la crisis la ONG Luna Blanca dice haber asistido a al menos 4,000 personas. La tarde de mi rodaje, dos mil raciones de alimentos fueron distribuidas en apenas dos horas. Pregunté a su coordinadora, Halima Ahmed Iacobi, si teme que acciones como ésta sean criticadas como detonadoras de un efecto llamada.

“Nosotros somos humanos ante todo. No podemos dejar que personas se mueran de hambre. Entonces, ¿dónde queda la humanidad? ¿Qué nos importa a nosotros el efecto llamada?", me respondió, mientras distribuía leche, pan, magdalenas y galletas a inmigrantes.

"No podemos dejar que se mueran de hambre". Halima Ahmed Iacobi coordinadora de la ONG Luna Blanca
"No podemos dejar que se mueran de hambre". Halima Ahmed Iacobi coordinadora de la ONG Luna Blanca Euronews

"¿Sabe qué es el efecto llamada? El efecto llamada son los bulos que corren por las redes sociales donde están diciendo que cuando llega un inmigrante a España se le pone una alfombra roja, se le da 1500 o 1800 euros de ayuda, se le abren todas las ayudas sociales habidas y por haber, con comedores sociales para sus hijos. Solamente les falta decirles que les regalan un coche y además le dan un piso de veraneo. Eso es el efecto llamada”.

Permanecí menos de 30 horas en Ceuta, y salí de ella cuatro días después del comienzo de la crisis.

Entre indignación, miedo, angustia, incomprensión, desconfianza, perplejidad y compasión, la Ciudad Autónoma parece tener por delante un incierto combate para recobrar la normalidad.

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