Veinte años de guerra en Darfur a través del objetivo del fotógrafo sueco Peter Biro, que recuerda que aunque la atención se desvanezca, la realidad y nuestra conciencia no deberían hacerlo.
Darfur es en estos momentos una de las regiones más afectadas por la guerra en curso en Sudán, donde buena parte de lo que ocurre recuerda, y en cierto modo reproduce, la violencia de los primeros años dos mil.
Peter Biro, periodista y cooperante humanitario, estuvo allí entonces, documentando cómo el Gobierno sudanés y las milicias aliadas Yanyawid llevaban a cabo una despiadada campaña contra los grupos rebeldes y la población civil en Darfur, matando a cientos de miles de personas y obligando a millones más a huir de sus hogares.
Como reportero de Euronews, conocí a Peter años después, mientras cubría crisis humanitarias en todo el mundo para el programa emblemático de Euronews Aid Zone.Sudán seguía en guerra y la violación se seguía utilizando como arma.
En este reportaje fotográfico, las imágenes que Peter tomó hace 20 años dialogan con las que capta hoy, en su regreso en lo que ya es el cuarto año de la última guerra civil del país. "La historia se repite", me dijo. "Las cicatrices son más profundas y la población civil vuelve a quedar atrapada en el ciclo de violencia".
Tawila, una localidad desbordada por la guerra, la enfermedad y el desplazamiento
"Vine por primera vez a la región de Darfur, en Sudán, hace más de dos décadas, cuando el mundo empezaba a comprender la magnitud de la primera guerra. Recuerdo el polvo, los largos trayectos entre asentamientos, la resiliencia de personas que ya habían perdido demasiado. Entonces, la violencia resultaba a la vez inmediata e incomprensible, aldeas arrasadas, relatos de matanzas y de violaciones de civiles. Me fui pensando que lo que había presenciado era lo peor que podía llegar a ser.
Al regresar ahora, en el tercer año de la guerra actual en Sudán, me doy cuenta de lo equivocado que estaba.
Tawila, en el norte de Darfur, es donde esa constatación se hace más evidente. Desde lejos, la localidad parece disolverse en un mosaico de lonas y refugios improvisados que se extienden más allá de donde alcanza la vista. Columnas finas de humo se elevan de los fuegos de cocina y el viento levanta trozos de plástico y tela como si en cualquier momento todo el asentamiento pudiera deshacerse.
Pero lo que más me impresiona no es la magnitud, sino lo familiar que resulta. Los patrones son los mismos. El desplazamiento, la pérdida, la violencia, la sensación de que una vez más se empuja a la gente hasta el límite mismo de la supervivencia.
Nada menos que 700.000 personas viven ahora en Tawila y sus alrededores, lo que la convierte en uno de los mayores asentamientos de desplazados del mundo. Casi resulta imposible hacerse a la idea de estas cifras hasta que se ven, en las hileras interminables de refugios, en las aglomeraciones junto a los puntos de agua, en la pura densidad de necesidades humanas concentradas en un único lugar.
La guerra que estalló en abril de 2023, una lucha de poder entre las Fuerzas Armadas sudanesas y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), puede parecer desde fuera otra crisis política fuera de control. Pero aquí, en Darfur, se inserta en algo más antiguo y arraigado. Las mismas fracturas que vi hace 20 años, en torno a la tierra, la identidad, el poder, se han reabierto y profundizado.
Tawila se ha convertido en un destino de último recurso, la gente llega aquí porque ya no le queda ningún otro lugar adonde ir.
Conozco a familias que han huido no una, sino varias veces, de un refugio precario a otro. Cada vez que se desplazan pierden más, pertenencias, ganado, ahorros, vínculos, vidas. La resiliencia, una palabra que usamos con facilidad en el trabajo humanitario, se percibe por todas partes aquí, en la manera en que la gente reconstruye, comparte y sigue adelante. Pero está sometida a una presión extrema. Solo se puede empezar de cero un número limitado de veces antes de que incluso los más fuertes empiecen a desmoronarse. Las infraestructuras hace tiempo que cedieron bajo la presión. Los puntos de agua están desbordados. Los servicios de salud y el suministro de alimentos están al límite. Los sistemas de ayuda, ya de por sí frágiles, luchan por mantenerse al día.
Pienso en mi primera estancia en la región, primero en la frontera entre Chad y Sudán, cuando la gente huía en 2004, y después en Darfur en 2006, cuando el acceso era difícil pero no imposible y la atención del mundo, por efímera que fuera, se traducía todavía en cierto impulso.
Ahora, la inseguridad, las carreteras dañadas y las restricciones impuestas por los grupos armados hacen extraordinariamente difícil llegar a lugares como Tawila. La crisis se percibe inmensa y a la vez en gran medida invisible.
Eso es lo que más me inquieta.
La gente aquí ha vivido meses de asedio, especialmente quienes huyen de El Fasher, la capital del norte de Darfur. Cuentan carreteras llenas de familias que avanzan a pie o en carros tirados por burros, cargando con lo poco que les queda. En el camino, muchos son detenidos por hombres armados, robados, golpeados, agredidos sexualmente y en ocasiones asesinados. Una mujer, Jawaher, me relata cómo huía con un pequeño grupo cuando combatientes de las RSF los interceptaron. La golpearon y le quitaron todas sus pertenencias, incluso los zapatos. Después abrieron fuego. Dos personas con las que viajaba fueron asesinadas delante de ella.
Y luego está la violencia lenta de la enfermedad y el hambre.
El cólera se propaga por el asentamiento, alimentado por el agua no potable y el hacinamiento. También el sarampión avanza entre comunidades donde la vacunación lleva mucho tiempo interrumpida. El personal sanitario hace lo que puede, pero las carencias son evidentes. Sencillamente, hay muy pocos suministros.
La desnutrición es quizá el indicador más visible de hasta qué punto ha empeorado la situación. En un centro de alimentación apoyado por la Unión Europea veo a niños con extremidades delgadas y vientres hinchados, cuerpos ya debilitados. Las madres me cuentan que ellas comen menos para que sus hijos puedan comer algo. Es una elección que nadie debería verse obligado a hacer.
Recuerdo que hace 20 años pensaba que la respuesta internacional, por imperfecta que fuera, transmitía al menos cierta sensación de urgencia. Había indignación, atención, presión por parte de políticos y de actores de Hollywood.
Hoy, Sudán se percibe como una crisis que compite por un espacio en un mundo ya saturado y golpeado. La financiación es escasa. La atención está fragmentada. Las agencias humanitarias se ven obligadas a tomar decisiones imposibles sobre quién recibe ayuda y quién debe esperar.
Esto me obliga a enfrentar una verdad más dura, que sin una atención sostenida, sin voluntad política y sin recursos acordes con la magnitud de las necesidades, la historia está condenada a repetirse.
Para quienes están atrapados aquí, la supervivencia depende de cadenas de ayuda frágiles, de que los suministros logren llegar, de que el próximo envío arribe a tiempo. Pero también depende, en parte, de que el mundo esté dispuesto a mirar de cerca y a implicarse"