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Zona de exclusión aérea: Una delicada y peligrosa cuestión que la OTAN trata de evitar

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Por Euronews en español
Zona de exclusión aérea: Una delicada y peligrosa cuestión que la OTAN trata de evitar
Derechos de autor  Olivier Matthys/Copyright 2022 The Associated Press. All rights reserved

"Por favor, asegúrense de que nuestros cielos ucranianos sean seguros. Por favor, asegúrense de hacer lo que hay que hacer".

Estas son palabras de Volodímir Zelenski en su reciente discurso ante los legisladores británicos en la Cámara de los Comunes. Una apasionada súplica transmitida por videoconferencia con la que el presidente ucraniano pedía una vez más una zona de exclusión aérea, en virtud de la cual sus aliados occidentales desplegarían sus aviones de combate para ahuyentar a unas fuerzas rusas que desde hace dos semanas bombardean sin piedad las ciudades ucranianas.

Járkov, la segunda ciudad del país, ha sido devastada por ataques aéreos indiscriminados, dejando las calles llenas de escombros y echando por tierra todas las esperanzas de una rápida reconstrucción. En el puerto asediado de Mariúpol, un hospital infantil era también blanco de los bombardeos. Al menos tres personas fallecieron en el ataque, entre ellas una niña.

"¿Cuánto tiempo más será el mundo cómplice ignorando el terror? ¡Cierren el cielo ahora mismo! Detengan los asesinatos!", escribía Zelenski en Twitter tras dicho ataque.

Los llamamientos del presidente, sin embargo, han sido rechazados hasta el momento. Los países occidentales han mostrado su condena inquebrantable y unilateral a la agresión militar de Moscú, acompañando esta de un conjunto de sanciones ruinosas con las que paralizar su aparato militar, pero la famosa exclusión aérea sigue siendo el río Rubicón que las democracias no parecen estar dispuestas a cruzar.

La llamada y relativamente novedosa "zona de exclusión aérea" o NFZ fue pionera a principios de la década de los 90, durante la Guerra del Golfo. Entonces, una coalición de 35 naciones se unía para expulsar a las fuerzas iraquíes de Saddam Hussein de Kuwait.

La teoría es sencilla: una zona de exclusión aérea es un área determinada sobre la que no se permite el vuelo de aviones de un origen específico. Podría considerarse el equivalente aéreo de una zona desmilitarizada. Pero en la práctica, sin embargo, el concepto es complicado y muy arriesgado. Y es que para hacerla cumplir es necesario desplegar aviones de vigilancia y de combate con los que detectar, identificar y si es necesario derribar a todos aquellos aparatos que violen los términos.

En 1991, Estados Unidos, Reino Unido y Francia introdujeron una zona de exclusión aérea en el norte de Irak para evitar las atrocidades iraquíes contra la minoría étnica kurda que vivía en la región. En 1993 era la OTAN la encargada de establecer dichas zonas. Fue durante la guerra de Bosnia, el primer compromiso de la Alianza en un conflicto armado. Más adelante, en 2011, se aplicaron también durante la Guerra Civil de Libia, allanando el camino para que las fuerzas rebeldes derrocaran al Gobierno de Muammar Gaddafi.

Ahora, mientras Rusia continúa su incursión por tierra, mar y aire sin dejarse intimidar por las sanciones internacionales, es Zelenski el que insta a la Alianza a imponer una zona de exclusión aérea sobre Ucrania: "Lo repetimos todos los días: cierren el cielo sobre Ucrania", decía el presidente. "Si no lo hacen, si no nos dan al menos aviones para que podamos protegernos, sólo se puede concluir que quieren que nos maten muy lentamente".

Obviamente, la intención de la OTAN no es esa. Entonces, ¿por qué no lo hacen?

Terreno muy resbaladizo

Lo cierto es que al contrario que en Irak, Bosnia o Libia, una zona de exclusión aérea en Ucrania supondría un enfrentamiento directo con una potencia nuclear. Y no solo eso. Rusia cuenta con el segundo Ejército más poderoso del mundo.

La decisión no es sencilla, y así lo hacen saber los distintos líderes de la organización. "Creo que todos los estímulos para que la OTAN se involucre ahora en el conflicto militar son irresponsables", decía la primera ministra lituana, Ingrida Simonyte. Desde Bruselas, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, hace siempre especial hincapié en esta línea roja cada vez que un periodista saca el tema: "Entendemos la desesperación, pero si hiciéramos eso podríamos acabar en una guerra en toda regla en Europa que implicaría a muchos más países y traería mucho más sufrimiento", decía hace escasos días.

La puesta en práctica de la petición de Zelenski exigiría a los Estados miembros el despliegue de sus aviones de combate dentro del espacio aéreo de Ucrania para localizar y ahuyentar a las fuerzas rusas. Las operaciones de vigilancia tendrían que ser constantes y sistémicas, extendiéndose por una enorme superficie de 603 km².

No somos parte de este conflicto, y tenemos la responsabilidad de garantizar que no se intensifique y se extienda más allá de Ucrania
Jens Stoltenberg
Secretario general de la OTAN

Además, los países occidentales también se verían obligados a atacar los sistemas de defensa aérea terrestre de Moscú, para proteger con ello a sus propios aviones de ser derribados. Esto podría plantear importantes retos para la Alianza, ya que algunos de estos sistemas podrían estar estacionados fuera de Ucrania, lo que se traduce en atacar territorio ruso o bielorruso para garantizar la supremacía aérea.

Este escenario llevaría con toda probabilidad a una confrontación abierta y directa que los aliados tratan desesperadamente de evitar, y posiblemente activaría el artículo 5 de defensa colectiva de la OTAN. Los temores de una guerra nuclear devastadora pasarían de inverosímiles a plausibles de la noche a la mañana.

"No somos parte de este conflicto", llegaba a decir Stoltenberg. "Y tenemos la responsabilidad de garantizar que no se intensifique y se extienda más allá de Ucrania".

El riesgo es tan alto que el Pentágono rechazaba sin tapujos la propuesta polaca de enviar todos sus aviones de combate MiG-29 a Ucrania a través de una base estadounidense en Alemania. La decisión, recordaba Washington, planteaba "serias preocupaciones para toda la alianza de la OTAN", en clara referencia a un posible enfrentamiento con el Kremlin.

Desde Moscú Vladímir Putin ya ha advertido que una zona de exclusión aérea por parte de terceros se consideraría como una "participación en el conflicto armado". Hay que recordar a su vez que el presidente ruso también ha asegurado que las duras sanciones impuestas por Occidente, que apuntan desde al Banco Central de Rusia hasta a los productos de alta tecnología, son similares a una declaración de guerra.

La participación directa de la Alianza daría por tanto a Putin una excusa fácil para reformular la invasión de Ucrania como una guerra de supervivencia contra la invasión de la OTAN, ganándose aún más a muchos de sus conciudadanos en favor de la actual campaña militar.

Pero des Kiev Zelenski piensa diferente, rechazando cualquier preocupaciones y predicción del tipo "qué pasaría" y defendiendo a capa y espada el cierre de los cielos ucranianos a "todos los misiles y los aviones militares rusos". En una respuesta mordaz a Stoltenberg, el presidente ucraniano llegó a culpar a Occidente de las víctimas civiles: "Toda la gente que muera a partir de hoy también morirá por vuestra culpa, por vuestra debilidad, por vuestra falta de unidad", decía Zelenski.

Ventana a la oportunidad

A medida que el debate entre las capitales se intensifica, también lo hace la guerra. Pasadas ya dos semanas desde que comenzó la invasión, Naciones Unidas ha contabilizado más de 1.300 víctimas civiles dentro del país, con casi 500 muertos, si bien las cifras son realmente difíciles de precisar.

"La mayoría de las víctimas civiles registradas fueron causadas por el uso de armas explosivas, incluyendo bombardeos de artillería pesada y sistemas de cohetes multilanzamiento, así como ataques con misiles y aéreos", explican desde la ONU, matizando igualmente que las cifras reales son "considerablemente más altas".

No está claro tampoco qué parte de esta destrucción ha sido infligida por la aviación rusa en comparación con las fuerzas terrestres y navales. Si bien Moscú ha desplegado aviones de guerra y misiles de crucero Kalibr para golpear instalaciones ucranianas, también ha enviado miles de tanques, artillería y vehículos militares para llevar a cabo importantes bombardeos con cohetes y artillería, alcanzando con ellos edificios residenciales y matando a decenas de civiles en todo el país.

Ucrania por su parte ha atacado al Ejército invasor utilizando misiles antitanque y antiaéreos proporcionados en tiempo récord por Estados Unidos y la OTAN. La feroz resistencia de Kiev ha conseguido frenar el avance de la invasión rusa, preparando el terreno para un conflicto que se prevé prolongado y sangriento.

Roman Koksarov/AP
El Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, durante su visita a la base militar de Adazi en Kadaga, Letonia, el pasado martesRoman Koksarov/AP

"A medida que la guerra se hace más cruel y queda claro que no terminará mañana, los costes humanitarios serán más, más y más altos", afirma Bruno Lété, miembro del German Marshall Fund of the United States. "La cuestión está en ver si la OTAN se queda de brazos cruzados o actúa".

La guerra ha precipitado además el mayor éxodo humano desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Más de dos millones de ucranianos han huido del país en menos de dos semanas para entrar en los estados vecinos. La Unión Europea ha activado una ley inédita para acoger a los refugiados.

El rápido deterioro de la situación, según Lété, ofrece una "ventana de oportunidad" para que la OTAN establezca una zona de exclusión aérea sobre la parte occidental de Ucrania, a la que las fuerzas rusas aún no han llegado, creando así un corredor humanitario que permita la salida ordenada y segura de los ciudadanos. "Es factible ahora mismo, con bajo riesgo", explica el experto. "Vemos que las fuerzas rusas están actualmente concentradas en el este de Ucrania y en los alrededores de Kiev".

Lété reconoce a su vez que recientemente ha cambiado de opinión sobre la línea roja de la OTAN: "Dada la lentitud de la guerra, no creo que Rusia tenga ahora mismo ni siquiera la capacidad de impedir la implantación de una zona de exclusión aérea en el este".

Incluso si la zona de exclusión aérea tiene un objetivo geográfico, señala Lété, la operación seguiría requiriendo la luz verde de todos y cada uno de los Estados miembros de la OTAN, algo poco probable en estos momentos dado el escaso interés político por cualquier esfuerzo que pueda suponer una escalada o que conlleve un compromiso sin un final claro a la vista.

Para dificultar aún más las cosas, cualquier intento de imponer una zona de exclusión aérea debería, en principio, estar respaldado por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, como ocurrió en las incursiones de Bosnia y Libia. Y resulta que uno de sus miembros permanentes es Rusia, que obviamente ejercería su poder de veto para rechazar cualquier resolución que condene la invasión o autorice una intervención militar.

Como alternativa, el Gobierno ucraniano podría invitar formalmente a las fuerzas extranjeras a entrar en el país, como hizo el Gobierno iraquí con la coalición liderada por Estados Unidos que fue enviada en 2014 para luchar contra el autodenominado Estado Islámico.

A la vista de las últimas intervenciones de Zelenski, la invitación parece seguir sobre la mesa, si bien, de momento, Occidente continúa rechazándola.