La UE rozará los 453 millones de habitantes en 2029 antes de iniciar un declive que la dejará en 399 millones en 2100. España, en cambio, crecerá hasta mediados de siglo.
El reloj demográfico europeo ya tiene fecha de vencimiento. Según las últimas proyecciones de Eurostat, la oficina estadística de la Unión Europea, el bloque comunitario alcanzará su techo poblacional en apenas cuatro años, 453,3 millones de habitantes en 2029, para después emprender una caída sostenida que, a finales del siglo XXI, situará a los Veintisiete por debajo de los 400 millones de personas. El descenso acumulado respecto a los 451,8 millones actuales rozará el 12%, una contracción que, de confirmarse, no tendría precedentes en la historia moderna del continente.
No se trata de un desplome repentino, sino de una erosión lenta y constante que se irá acelerando a medida que avance la segunda mitad del siglo. Durante las próximas décadas, la inercia demográfica, impulsada todavía por generaciones numerosas que aún no han llegado al final de su ciclo vital, amortiguará el impacto. Pero a partir de 2050, cuando esas generaciones mengüen y las cohortes de nacidos en un contexto de baja natalidad sostenida comiencen a dominar la pirámide, el descenso se hará más pronunciado hasta cruzar el umbral de los 400 millones en el último lustro del siglo.
España, la excepción mediterránea
Frente a la tendencia general, España dibuja una curva divergente que la convierte en uno de los pocos países comunitarios con perspectivas relativamente optimistas. Las estimaciones apuntan a que el país continuará creciendo durante la primera mitad del siglo hasta alcanzar los 53,9 millones de habitantes en 2050, impulsado en buena medida por los flujos migratorios que históricamente han compensado una tasa de natalidad también por debajo del nivel de reemplazo.
A partir de ese punto, España no escapará del todo a la dinámica continental y también registrará una contracción progresiva en la segunda mitad del siglo. Sin embargo, al cierre del año 2100, la población española se situaría en torno a los 49,7 millones, un 1,3% más que en 2025, lo que la convertiría en una de las pocas naciones comunitarias que terminarán el siglo con más habitantes de los que tiene ahora. Un matiz que, en el contexto del mapa demográfico europeo, equivale casi a una anomalía estadística.
Una pirámide que se invierte
La demografía no solo mengua en volumen, también envejece de forma acelerada. Para 2100, la proporción de jóvenes de entre 0 y 19 años pasará del 20% al 17%, y la población en edad laboral, de 20 a 64 años, se contraerá del 58% al 50%. Son cifras que tienen implicaciones directas sobre la sostenibilidad de los sistemas de pensiones, la productividad económica y la capacidad de los Estados para financiar sus servicios públicos.
El reverso de esa ecuación lo protagonizarán los mayores de 80 años, que pasarán de representar el 6% actual al 16% de la población comunitaria. Sumados al grupo de entre 65 y 79 años, que crecerá del 16% al 17%, los europeos mayores de 65 años representarán en 2100 casi un tercio de toda la población de la UE.
El propio Eurostat señala que la pirámide poblacional actual ya está marcada por una "alta esperanza de vida, baja mortalidad y bajas tasas de natalidad", y advierte que para finales de siglo "se observa una tendencia hacia una población en declive". En otras palabras: el diagnóstico no es nuevo, pero las proyecciones confirman que ninguna de las tendencias en marcha apunta a una reversión espontánea.
Proyecciones, no certezas
Eurostat advierte, no obstante, que estas cifras están sujetas a una "incertidumbre inherente" y que sus modelos representan tan solo uno de los escenarios posibles, construido a partir de proyecciones de fecundidad, mortalidad y migración neta proporcionadas por los propios Estados miembros. Pequeñas variaciones en cualquiera de esas variables, un repunte de la natalidad, una oleada migratoria sostenida, un avance médico que altere las tasas de mortalidad, podrían modificar significativamente el resultado final.
Lo que los números sí dejan claro es la dirección del viaje: Europa envejece, se contrae y deberá reinventarse para sostener sociedades más longevas, menos numerosas y con una base productiva más estrecha. El debate sobre cómo afrontar esa transición, con qué políticas migratorias, qué reformas del Estado del bienestar, qué modelo económico, será uno de los grandes ejes de la agenda política europea durante las próximas décadas.