Un nuevo estudio revela una situación preocupante en el entorno laboral en Portugal. 'Euronews' ha hablado con dos víctimas de acoso laboral y con la coordinadora del estudio sobre datos alarmantes.
"Lloraba todos los días solo de pensar en ir a aquel sitio". La confesión de Rita (nombre ficticio) a 'Euronews' resume una realidad que pone de relieve el nuevo estudio del Laboratorio Portugués de Ambientes de Trabajo Saludables (LABPATS).
El estudio trató de hacer un diagnóstico del ambiente laboral en las empresas en Portugal y los resultados no fueron alentadores, ya que los profesionales revelan niveles muy elevados de agotamiento, 'burnout', soledad, percepción de injusticia y acoso.
"Hay muchos datos muy contundentes, pero quizá el más importante es entender que el malestar laboral en Portugal ya no puede verse como un problema individual, sino como una cuestión organizacional y social", afirmó a 'Euronews' Tânia Gaspar, coordinadora del estudio y psicóloga.
Tras una encuesta a nivel nacional a 5.549 profesionales de ámbitos distintos, como la salud, la educación, el sector social, los transportes, el comercio o la venta al por menor, el estudio reveló que una gran parte de los trabajadores ya ha sufrido 'burnout', en un contexto organizacional que sigue sin dedicar la atención suficiente al bienestar del trabajador.
Rita, de 39 años, y María, de 50, ambas con nombres ficticios, hablaron con 'Euronews' sobre los abusos que sufrieron en un trabajo que dejaron atrás, pero cuyas marcas arrastrarán siempre.
Tras cuatro años de infierno, Rita buscó terapia porque había perdido por completo la confianza en sí misma. "Salí de allí muy hundida, pensaba que ya no sabía escribir", cuenta. María, tres años después de haber sufrido durante un año acoso laboral, dimitió y asegura que se quedó con dolores crónicos causados por el estrés en el trabajo. "No tenía vida, no había horarios y lo hacía todo", relata.
La proporción de trabajadores que ya han sufrido acoso laboral (38,3%), con episodios de amenazas, insultos, acoso sexual o rechazo, resultó muy significativa en el estudio coordinado por Tânia Gaspar.
El informe evaluó el ecosistema del entorno laboral y estableció un índice de riesgo con datos de 2025, en el que se identificaron niveles distintos para las diferentes dimensiones analizadas.
"Infravaloraba mi trabajo delante de todo el mundo para avergonzarme"
Rita llevaba dos meses en la empresa, en el departamento de marketing y Comunicación, cuando se dio cuenta de que el ambiente era tóxico, muy alimentado por el comportamiento del director. "Era una persona desagradable, que hablaba mal y a gritos con la gente", recuerda. Más tarde le tocó a ella.
Durante años vio cómo correos electrónicos sencillos, que necesitaban aprobación, eran examinados "hasta la coma" y muchas veces ridiculizados delante de los compañeros. "Gritaba delante de todos: 'No sabes escribir' y me devolvía los correos. Infravaloraba mi trabajo delante de los demás para humillarme", relata.
También la hora de entrada y salida, controlada mediante el fichaje, era un factor de estrés, con los trabajadores vigilados al minuto. "Rara vez cobré un salario completo, porque el sistema sumaba los retrasos, incluso de cinco o diez minutos, y todo lo que aparecía en rojo se descontaba", describe, y recuerda además las llamadas de teléfono que recibían aunque el retraso fuera mínimo. "Todo el mundo vivía con esa tensión y para mí todo aquello fue nuevo, nunca había trabajado así".
María llevaba casi 30 años como administrativa en un partido político cuando una reestructuración la empujó a su mayor pesadilla. Se sentía estancada y apartada cuando surgió una nueva oportunidad dentro del partido, aunque en una estructura autónoma. La persona con la que empezó a trabajar se aprovechó de ello, asegura María, para desarrollar un sentimiento de posesión. "Sintió que me estaba salvando", dice.
La administrativa tenía que cumplir un horario hasta las 19:00, pero cuenta que muchas veces salía a medianoche. "Tenía que estar disponible a cualquier hora", admite. "Cuando empecé a reclamar el pago de las horas extra o la exención de horario, empecé a oír cosas como que estaba siendo desagradable y que estaba muy irascible", recuerda. Además de trabajar hasta muy tarde, María tenía también muchos eventos los fines de semana, lo que acabó influyendo en su vida personal. "Dejé de ver a mis amigos, dejé de tener vida".
Una de las conclusiones importantes del estudio del LABPTS se centró en los "Riesgos Psicosociales del Trabajo", que engloban cargas de trabajo excesivas, ritmos intensos o control excesivo de las tareas. Casi la mitad de los participantes (44,5%) respondieron que en las últimas semanas se habían sentido físicamente agotados.
En esta misma dimensión, el 38,3% de los encuestados dijo haber sido víctima de acoso laboral, con episodios de amenazas u otras formas de abuso físico o psicológico, como insultos, acoso sexual o sentirse apartados. "Es algo enorme y no se puede banalizar", alerta Tânia Gaspar, que admite que el acoso laboral no siempre es fácil de identificar, "porque muchas situaciones acaban normalizándose dentro de las culturas organizacionales".
Aunque sea difícil de identificar, la psicóloga aclara. "Hablamos de acoso laboral cuando hablamos de humillación repetida, aislamiento, desvalorización constante, comentarios ofensivos, amenazas, falta de respeto por la conciliación entre la vida personal y profesional, presión excesiva, exclusión de información importante o incluso bromas sistemáticas que tienen impacto psicológico", enumera.
"No logré descansar aquel verano pensando en el trabajo que me esperaba"
Rita no tiene dudas de que fue víctima de acoso laboral. "Sentía mucha ansiedad al hacer cualquier cosa, porque nada estaba bien hecho y sabía que me iban a reñir", recuerda. "Yo, que siempre había trabajado en departamentos donde la idea era innovar, ser proactiva, pensar en libertad, ya no era nada de eso", lamenta.
"Llegó un momento en que surgían ideas, pero yo renunciaba a ponerlas en práctica, como crear una página de Instagram o un boletín. No quería sacar nada adelante, ya con miedo a los comentarios negativos que vendrían. Me pasaba el día esperando a que fueran las cinco de la tarde", relata.
Hoy, al recordar esos episodios, Rita admite que todavía le cuesta hablar del tema, sobre todo porque se prolongó durante mucho tiempo. La dependencia económica de aquel trabajo y el miedo a no encontrar pronto una situación estable la hicieron permanecer en la empresa. A diferencia de sus compañeros, Rita no se callaba ante determinados comportamientos y actitudes, lo que hacía que los conflictos fueran aún más intensos.
María también se sentía infravalorada, pese a las muchas horas de trabajo, nunca era elogiada y la presión no dejaba de aumentar. "Una vez pregunté por qué nunca había un elogio y mi jefa me mandó hablar con mi psicóloga porque, según ella, siempre necesitaba mucha validación", recuerda.
A María llegaron a interrumpirle las vacaciones con llamadas o mensajes preguntando cuándo volvería al trabajo. "Aquel verano ya no conseguí descansar, pensando en el trabajo que me esperaba", cuenta aún con tono alarmado, como si lo reviviera todo de nuevo.
La falta de descanso, el trato agresivo por parte de la jefatura y la ausencia de planificación y organización del trabajo llevaron a María al agotamiento. "Una noche empecé a tener muchísimos espasmos en las piernas", relata.
María, que ya había dejado de lado su salud en otras ocasiones evitando ir al médico por miedo a represalias en el trabajo, se vio obligada a acudir a una consulta de neurología. "Fue allí donde el médico me dijo que tenía todos los síntomas de 'burnout' y que no tenía ningún problema neurológico", explica. Después de eso, María cogió una baja.
La exposición prolongada a ambientes tóxicos, la sobrecarga de trabajo o el desequilibrio con la vida personal son factores que contribuyen a un estrés crónico conocido como 'burnout'.
Según los datos del estudio, más del 85% de los encuestados relataron tener al menos un síntoma de 'burnout' y el 41% presentaban cuatro síntomas, como agotamiento físico, agotamiento emocional, irritabilidad y tristeza.
El 'burnout' se confunde a menudo con "cansancio normal" (y eso es peligroso)
La coordinadora del estudio y psicóloga, Tânia Gaspar, señala que la dificultad para identificar el problema puede contribuir al agravamiento del estado. "El 'burnout' sigue confundiéndose muchas veces con 'cansancio normal' o falta de resiliencia. Y eso es peligroso", advirtió.
El 'burnout' es un proceso de desgaste prolongado asociado a un estrés crónico en el trabajo y no desaparece simplemente con un fin de semana de descanso. Muchas personas solo se dan cuenta cuando ya están en un nivel muy elevado de agotamiento físico y emocional", explica.
Tânia Gaspar añade que no debe verse como "un problema individual del profesional", sino como "un fenómeno organizacional y relacional".
En un momento en que se debate un nuevo paquete laboral, la psicóloga considera que, pese a los avances logrados en Portugal a nivel legislativo, "sigue habiendo una gran distancia entre lo que dice la ley y lo que ocurre en la práctica".
A partir del estudio, la psicóloga recuerda que la conciliación con la vida personal es una "condición esencial para la salud mental, la productividad y la retención de talento" y que, cuando eso no es posible y el trabajador vive "constantemente en conflicto entre trabajo y vida personal", acaba desarrollando estrés y sufriendo impacto en el sueño, en la implicación ('engagement') y hasta en la salud física.
Solo un tercio de los trabajadores siente que el bienestar es una prioridad
Tras casi cuatro años, Rita tuvo un problema de salud que, a diferencia del caso de María, no estaba relacionado con el trabajo y que la obligó a coger una baja médica. Una decisión que, asegura, la empresa vivió como "una afrenta". Cuando regresó, fue degradada. "Cuando volví ya no volví a hacer trabajo de ordenador. Me pusieron a limpiar armarios y a ordenar folletos y archivos. Al final era prácticamente personal de limpieza", recuerda.
Otra de las dimensiones evaluadas en el estudio del LABPATS fue el Compromiso de la Dirección, calificado de riesgo moderado, en la que se constató que el bienestar de los trabajadores no es una prioridad para la mayoría de las empresas. De los encuestados, solo alrededor de un tercio considera que las jefaturas ven el bienestar como una prioridad.
La cultura organizacional en Portugal, centrada mayoritariamente en la productividad, puede explicar estas cifras. "El bienestar sigue viéndose muchas veces como algo extra y no como parte de la estrategia de la organización", dice Tânia Gaspar a 'Euronews'.
Para Tânia Gaspar, el problema pasa también por la sobrecarga y la falta de formación en gestión de personas de muchas de las personas que asumen cargos de liderazgo. "No creo que sea solo falta de voluntad, muchas veces es falta de competencias, de autonomía, de cultura organizacional y de tiempo para liderar de forma más humana", concluye.
Cuando volvió al trabajo tras la baja, María se encontró sus pertenencias recogidas. "Me dijeron que ella había gritado y había tirado mis cosas fuera del despacho y que ya no quería trabajar conmigo", cuenta.
María volvió de una baja de quince días todavía muy cansada y con dolores corporales. Intentó recurrir al teletrabajo, pero se lo denegaron. "Creo que por pura maldad y por no ser capaces de adaptarse a los nuevos tiempos", recuerda. Para la organización, el teletrabajo se veía como una forma de escaquearse del trabajo.
Según el estudio coordinado por Tânia Gaspar, la situación híbrida está más asociada al bienestar en el trabajo, ya que permite reducir factores de desgaste como el tiempo perdido en desplazamientos, la rigidez horaria o la dificultad de conciliación con la vida personal. En Portugal, sin embargo, todavía prevalece el régimen presencial y los modelos híbridos y el teletrabajo han ido disminuyendo desde el periodo pospandemia.
Según el estudio del LABPATS, el 76,8% de los encuestados trabaja en régimen totalmente presencial, el 20% en modelo híbrido y solo el 3,2% en teletrabajo exclusivo.
El tejido empresarial portugués más tradicional, marcado por estructuras jerárquicas y jefaturas más envejecidas, puede ayudar a explicarlo. Según Tânia Gaspar, en algunas organizaciones sigue existiendo una cultura "más centrada en el control que en la confianza".
La psicóloga considera que muchas organizaciones siguen asociando la presencia física al compromiso profesional, bajo la óptica de que estar presente significa trabajar más. "Pero hoy el debate ya no debería ser 'teletrabajo sí o no'. Debería ser '¿qué modelo permite a las personas trabajar mejor, con más salud y mejor rendimiento?'", defiende.
Mujeres, jóvenes y enfermos crónicos, con mayor riesgo
El estudio reveló además que las mujeres presentan un mayor riesgo en lo que se refiere a entornos de trabajo saludables. "Creo que aquí hay una dimensión estructural importante", destaca la coordinadora, que recuerda las desigualdades de género aún muy presentes en la sociedad y en los entornos laborales.
Las mujeres siguen teniendo salarios más bajos que los hombres con la misma función y ocupan menos cargos de liderazgo. "Además, siguen más expuestas a contextos de precariedad emocional y relacional en el trabajo, incluido acoso, desvalorización o menor reconocimiento", concluye Tânia Gaspar.
Rita coincide en que el hecho de ser mujer pesó en muchos de los episodios que sufrió y que hicieron que su riesgo psicosocial fuera mayor. "Desde las amenazas de despido, la violencia verbal y psicológica y la ausencia constante de escucha activa en situaciones de toma de decisiones o de compartir creatividad, un espacio que queda copado por los hombres", se desahoga.
En el caso de María, pese a haber sufrido acoso laboral por parte de una mujer, cree que la "sensibilidad femenina" explica también que las mujeres se sientan más injustamente tratadas y sean un blanco más "fácil" de violencia psicológica. "Nosotras sentimos más las cosas", defiende.
Los datos del estudio del LABPATS mostraron también que los trabajadores de la generación Y y los profesionales con enfermedad crónica (25,4%) presentaban mayor riesgo en el ámbito de la salud mental. En cambio, la generación 'baby boomer' presentó los mejores indicadores de bienestar, implicación y felicidad.
"Esto puede estar relacionado con varios factores, mayor estabilidad profesional, carreras más consolidadas, mayor autonomía y también una relación diferente con el trabajo. Muchas de estas personas crecieron en una cultura profesional con más previsibilidad y carreras más largas dentro de la misma organización", explica la coordinadora del estudio.
En contraste, las generaciones X e Y se enfrentan a más inestabilidad, ritmos acelerados y exigentes, lo que "naturalmente tiene impacto en la salud mental y en el sentimiento de seguridad".
"Los entornos de trabajo saludables no son un lujo"
La psicóloga, aunque reconoce algunos avances, considera que las medidas de promoción del bienestar en las empresas portuguesas siguen teniendo una implementación limitada.
"Hay empresas con buenas prácticas, acuerdos con gimnasios, consultas de psicología, programas de gestión del estrés, alimentación saludable u horarios más flexibles, pero esto sigue concentrado sobre todo en grandes organizaciones", afirma.
Sin embargo, Tânia Gaspar subraya que la creación de entornos de trabajo saludables va mucho más allá de estos beneficios puntuales. "A veces pequeños cambios tienen un gran impacto, como horarios más previsibles, pausas reales, mayor autonomía, equipos más equilibrados, reconocimiento, liderazgo cercano, participación en las decisiones o mejores condiciones físicas. La sensación de justicia, de valoración y de respeto pesa mucho en el bienestar", recuerda. Al final lanza una advertencia, los entornos de trabajo saludables "no son un lujo, sino una necesidad estratégica, humana y económica".
Rita fue despedida pocos meses después de volver de la baja médica y de haber sido degradada. La empresa alegó la extinción de su puesto de trabajo y la obligó a firmar un contrato de confidencialidad a cambio de una indemnización más ventajosa de la que le correspondía. "Nos atrapan cuando ya estamos al límite, con la autoestima baja y muy frágiles", explica, justificando así por qué nunca tuvo valor para presentar una denuncia ni dar la cara por esta causa.
María también dejó el partido en un proceso contencioso, en el que recibió una indemnización por acuerdo mutuo. Nunca presentó una denuncia formal. "Tuve miedo de que no me creyeran. Estaba muy frágil y no tenía estabilidad financiera", justifica.
A finales de enero, la Autoridad para las Condiciones de Trabajo recibió 3.480 quejas de acoso en el trabajo, pero solo impuso 20 sanciones.
La dificultad para probar los hechos tras un proceso de inspección hace que el número de denuncias y la imposición de sanciones sea tan dispar. Y muchas situaciones ni siquiera llegan a convertirse en quejas por miedo a represalias por parte de los trabajadores.