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Uzbekistán revela secretos del desierto, paisajes antiguos y tradiciones vivas

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Por Rushanabonu Aliakbarova
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Antiguas fortalezas, monumentos sagrados y estepas recuperadas muestran cómo la población se adapta a la vida en los desiertos de Uzbekistán, donde el agua ha determinado asentamientos y supervivencia.

Gran parte de Uzbekistán está cubierta por paisajes áridos y semiáridos. Desde el vasto desierto de Kyzylkum, en el noroeste, hasta los semidesiertos que rodean Termez, estas regiones han condicionado dónde se asentaba la población, cómo se desplazaba y cómo las comunidades se adaptaban a algunos de los entornos más exigentes de Asia Central.

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Aunque a menudo se asocian con paisajes abiertos y climas extremos, los desiertos de Uzbekistán albergan también ciudades antiguas, monumentos sagrados y asentamientos que siguen reflejando la larga relación entre las personas y su entorno. Desde los yacimientos arqueológicos de Karakalpakstan hasta las tierras recuperadas de Jizzakh y el semidesierto de Surkhandarya, cada paisaje cuenta una parte distinta de esa historia.

Ciudades antiguas bajo las arenas de Karakalpakstan

Escondida en las llanuras desérticas de Karakalpakstan, Akchakhan Kala formó parte en su día del antiguo Jorezm. Los arqueólogos han identificado murallas defensivas, edificios ceremoniales y un complejo de palacio-templo que se remontan a más de dos mil años, lo que ofrece una nueva visión de uno de los primeros centros urbanos de Asia Central.

El yacimiento abarca 56 hectáreas y es objeto de excavaciones internacionales desde la década de 1990. Investigadores de Uzbekistán han trabajado junto a arqueólogos australianos y, más recientemente, chinos para desvelar el trazado de la ciudad y preservar sus restos arqueológicos.

Según Serik Baybosinov, jefe del departamento de patrimonio cultural de Karakalpakstan, las excavaciones han sacado a la luz la plaza central de la ciudad, el palacio y los edificios ceremoniales, mientras se preparan proyectos para acondicionar el yacimiento como museo al aire libre sin alterar su carácter histórico.

Las investigaciones han cambiado también la comprensión que tenían los historiadores de las tradiciones religiosas y artísticas del antiguo Jorezm.

Durante más de tres décadas de trabajo arqueológico, los investigadores han descubierto murallas defensivas bien conservadas junto a un complejo de palacio-templo que conserva raras pinturas murales datadas entre los siglos II y I a. C.

"El templo sacó a la luz una colección extraordinaria de pinturas murales", señala Vadim Yagodin, investigador del Instituto Karakalpak de Investigación en Humanidades. "Por su disposición, creemos que lo más probable es que funcionara como un importante centro ceremonial durante ese periodo".

Aunque Akchakhan Kala existió siglos antes de que la Ruta de la Seda medieval alcanzara su apogeo, los arqueólogos señalan que demuestra cómo la vida urbana organizada se desarrolló en los desiertos de Asia Central mucho antes de la aparición de las famosas rutas comerciales.

Chilpyk Dakhma y el legado del zoroastrismo

Más adelante, en Karakalpakstan, otro monumento refleja un capítulo diferente de la historia de la región.

Elevado sobre el desierto circundante, Chilpyk Dakhma, conocido también como la Torre del Silencio, es uno de los recordatorios más conocidos de las tradiciones funerarias zoroastrianas en Asia Central. Los arqueólogos datan provisionalmente el monumento en el siglo III a. C.

Según Vadim Yagodin, la estructura se utilizaba para prácticas funerarias rituales en las que los difuntos se exponían al aire libre antes de depositar sus huesos en osarios especialmente fabricados.

Pese a décadas de investigación, muchas preguntas siguen sin respuesta.

"Nunca hemos encontrado adónde se llevaban finalmente esos osarios", explica Yagodin. "Aquí se alza este enorme monumento asociado a un importante culto religioso y, sin embargo, no hay asentamientos a su alrededor. ¿Por qué? Esa sigue siendo una pregunta sin respuesta".

Para los arqueólogos, esas incógnitas hacen de Chilpyk uno de los yacimientos históricos más enigmáticos de la región.

De la "estepa hambrienta" a tierras de cultivo productivas

Varios cientos de kilómetros al sudeste, el paisaje vuelve a cambiar.

La estepa de Mirzachul, en la región de Jizzakh, fue conocida durante mucho tiempo como la "estepa hambrienta" debido a su clima seco y a la escasez de recursos hídricos. Los proyectos de irrigación a gran escala emprendidos en el siglo XX transformaron poco a poco partes de la zona en una de las regiones agrícolas más importantes de Uzbekistán.

La vecina Bozorgul Xalikova recuerda las historias que describían la estepa antes de que se produjeran esos cambios.

"La gente solía decir que, si un pájaro cruzaba estas tierras volando, se le quemaban las alas y que, si alguien las atravesaba a pie, se le quemaban los pies", cuenta.

"Poco a poco, la gente se fue instalando aquí, se cultivó más tierra y estas zonas desérticas vacías se convirtieron gradualmente en tierras productivas".

La cercana localidad de Oqtom se desarrolló en torno a un único pozo que servía antaño a los viajeros que cruzaban la estepa.

"Nuestro pueblo empezó con solo una casa y un pozo", explica Sherali Tillayev, presidente de la Asamblea de Ciudadanos de Oqtom.

"Los viajeros que cruzaban el desierto se detenían aquí para descansar y beber agua antes de continuar su camino".

A medida que se ampliaba la irrigación en las décadas de 1950 y 1960, la agricultura fue sustituyendo poco a poco buena parte de la estepa abierta de los alrededores, lo que ilustra cómo el acceso al agua siguió condicionando los asentamientos en los paisajes áridos de Uzbekistán.

La vida en el semidesierto de Kattakum

En el sur de la región de Surkhandarya, el paisaje de Kattakum ofrece otra perspectiva de la vida en el desierto.

Aunque se le suele llamar desierto, los expertos describen Kattakum como un semidesierto. Las lluvias estacionales, las aguas subterráneas y la proximidad del río Amu Darya sostienen bastante más vegetación que la de desiertos de mayor tamaño como el Karakum.

"En realidad se trata más bien de un semidesierto que de un desierto propiamente dicho", afirma Shukhrat Ibragimov, del departamento regional de turismo. "Si aquí no hubiera agua, sobre todo el Amu Darya, la zona en torno a Termiz probablemente tendría este mismo aspecto".

El paisaje alberga arbustos de saksaul, plantas primaverales de corta vida y tulipanes silvestres, mientras que las medidas de conservación introducidas en los últimos años han ayudado a recuperar una vegetación que antes se talaba para usarla como combustible.

Al mismo tiempo, el semidesierto sigue marcando la vida cotidiana. Los vientos estacionales, conocidos localmente como viento afgano, arrastran con frecuencia arena hacia Termiz, por lo que la vegetación actúa como una importante barrera natural contra la erosión.

También crece el interés por la zona entre quienes buscan paseos en camello, rutas a caballo y la posibilidad de conocer uno de los paisajes naturales menos conocidos de Uzbekistán.

Aunque cada paisaje tiene su propia historia, comparten rasgos comunes. El agua, el clima y la geografía determinaron dónde se asentaban las personas, qué construían y cómo vivían, influencias que siguen siendo visibles hoy.

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