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¿Cómo vive un refugiado musulmán su religión en una pequeña ciudad española?

Capirote de Semana Santa hecho con papel.Al fondo, una inscripción coránica
Capirote de Semana Santa hecho con papel.Al fondo, una inscripción coránica -
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Yaiza Martín-Fradejas
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En Zamora, Samurah en la época de la dominación musulmana, la Semana Santa es la fiesta más importante del año y casi todas las recetas típicas llevan cerdo. Majad, refugiado sirio árabe-musulmán, vive en esta ciudad castellanoleonesa desde hace casi tres años. A pesar del fuerte contraste cultural, se siente un zamorano más.

Frente al mercado de abastos de Zamora, situado en el centro de la ciudad, se encuentra una antigua tienda de souvenirs. El escaparate está lleno de piezas de vajilla fabricadas con barro, como el tradicional cuenco para servir las sopas de ajo, uno de los platos típicos de la zona. Como su propio nombre indica, la receta incluye mucho ajo pero también pan, pimentón y en ocasiones chorizo y manteca.

Pese a llevar casi tres años aquí, Majad El Din, originario de Zabadani (un pueblo cercano a Damasco), nunca las ha probado. Su religión se impone a la tradición: este plato, como otros muchos en Zamora, contiene derivados del cerdo, una carne que el Corán prohíbe. “Además de por razones religiosas, no como cerdo por motivos de salud. Los cerdos a menudo contraen enfermedades, y no es por casualidad que a la gente con poca higiene ¡se le diga que es un cerdo!” -afirma riéndose, mientras caminamos por la céntrica calle de Santa Clara, donde mucha gente le reconoce y le saluda.

Son numerosas las sabrosas recetas locales que este joven sirio no puede probar, como el arroz a la zamorana o los famosos pinchos morunos del bar El Lobo. Pero en realidad para Majad esto no es ningún problema. “Cuando salgo con mis compañeros de trabajo, a veces me toman el pelo y me dicen que todas las tapas llevan cerdo, pero en realidad, si por ejemplo vamos a un restaurante, siempre me piden un plato especial para mí. En el fondo me respetan mucho” - reconoce.

Carne halal en la 'Meca' del cerdo

Históricamente, el consumo del cerdo en Zamora ha estado ligado a la matanza tradicional, sobre todo en los pueblos, donde miles de familias luchaban así contra la hambruna. Chorizo, salchichón, jamón, chichas, lomo e incluso el pie, el morro, la oreja y hasta la sangre, para hacer la morcilla. También la grasa del animal (la manteca) se ha utilizado durante décadas para cocinar, reemplazando al aceite, mucho más caro. De la matanza dependía la alimentación de todo el año, y es que como se dice en esta tierra, “del cerdo, hasta los andares.”

Para Majad es comprensible que en momentos extremos, donde el objetivo es sobrevivir, se consuma cerdo. De hecho, “durante un año, en medio de la guerra en Siria, mi familia y yo apenas teníamos para comer. Ahora bien, si hubiera encontrado un cerdo en aquel momento, te aseguro que lo hubiera matado ¡y me lo hubiera comido!” -me cuenta, a carcajadas. “El Islam no permite poner tu vida en peligro” -explica Majad, casado y padre de tres niños.

“Durante un año, en medio de la guerra en Siria, mi familia y yo apenas teníamos para comer. Ahora bien, si hubiera encontrado un cerdo en aquel momento, te aseguro que lo hubiera matado ¡y me lo hubiera comido! El Islam no permite poner tu vida en peligro”.
Majad El Din
Refugiado sirio residente en Zamora

En Zamora la matanza del cerdo se sigue llevando a cabo en invierno, en familia, y de una manera que a algunos resulta muy cruel. Tras clavarle un gancho en la garganta al animal se lleva el animal hasta un tajo, donde se le mata definitivamente. Esta crueldad es algo que también se destaca entre algunos activistas en el rito musulmán. El Islam propone otra manera de sacrificar a los animales -que, por descontado, nunca son cerdos-, de un modo halal (lícito, permitido): la res tiene que ser degollada, siempre y cuando sea posible en dirección a la Meca y “en el nombre de Dios” (Bismillah). Lo debe hacer una persona religiosa “aunque no necesariamente un musulmán”, -aclara Majad. “También puede ser un cristiano, pero nunca un ateo.”

A pesar de estar en la meca del cerdo, Majad tiene fácil encontrar carne halal. A sus 27 años, trabaja en un matadero de ganado ovino -el más grande de España-, donde una parte de la carne procesada es halal. Majad tiene la titulación para verificar que los animales han sido sacrificados conforme a la Ley Islámica y firmar los certificados halal.

Una mezquita en un garaje en la ciudad del Románico

La implicación en el Islam de Majad va más allá del creyente habitual. En su casa me enseña orgulloso varios libros con inscripciones coránicas. Es viernes, el día del rezo colectivo. Acompaño a Majad a la única mezquita de Zamora, un espacio discreto que en realidad es un garaje y que pasa completamente desapercibido. En nuestro recorrido vemos al menos tres de las 22 iglesias románicas que tiene Zamora, provincia de mayoría católica. De hecho, la cifra de musulmanes es mucho menor que en el resto de provincias españolas -unos 1.100 según el Observatorio Andalusí- convirtiéndola en la provincia con menos población musulmana de todo el país. Una pequeña parte de ellos se reúne cada viernes en este local, situado en una calle tranquila del barrio de San Lázaro.

Yaiza Martín-Fradejas
Majad revisa la jotba antes del rezo colectivo en la mezquita de ZamoraYaiza Martín-Fradejas

Majad me enseña la entrada de mujeres antes de ir a prepararse para leer la jotba, un sermón previo al rezo en el que se transmite un mensaje a los asistentes. En el interior de la mezquita, pequeña y sencilla, una docena de hombres rezan separados de apenas cuatro mujeres. Nabiba, que nació en el Sahara occidental ocupado, vive en Zamora desde hace 30 años. “Pocas mujeres vienen aquí, porque en realidad no están obligadas, como es el caso de los hombres. Yo vengo cuando tengo tiempo”. A su lado, Rachida, de origen marroquí, se alegra de que “en general nos hemos encontrado con gente buena que nos respeta, aunque aún a día de hoy sigue habiendo algunas personas cerradas de mente, que nos miran mal cuando llevamos el velo... -me explica, indignada. “¡Pero no te pienses que no somos presumidas! Aquí debajo –me cuenta señalándome el velo- “¡hay mechas y todo!” -cuenta entre risas.

A la salida, una vez finalizado el rezo, se forma de manera espontánea un clima familiar. Todo el mundo se saluda, se abraza y se respira un ambiente cálido. Un hombre se acerca a Majad para agradecerle por sus palabras, y me dice convencido: “La Virgen María llevaba velo y Jesucristo barba, ¿no? En el fondo somos todos iguales. La religión se lleva en el corazón.”

Cuando le pregunto a Majad cómo vive su religión musulmana en una ciudad tradicionalmente católica, me explica: “Nosotros vivimos aquí, y queremos practicar nuestra religión, aunque también tenemos que respetar a los demás, porque el Islam obliga a respetar al prójimo, tenga la creencia que sea. Aquí en Zamora no hemos encontrado a gente que no nos respete. ¡Por eso sigo aquí!” –dice, sonriendo.

Majad considera que ahora Zamora es su ciudad. “Este es mi país, porque mi país ya no existe…Y la gente aquí, mis vecinos, mis compañeros de trabajo…son mi mundo ahora“ -me confiesa, con un brillo en los ojos, este refugiado sirio que llegó aquí en 2016 tras pasar tres años en el Líbano.

En el que ahora es su mundo la mayoría de la gente se adhiere a la religión católica. “Es una cultura diferente, y a mí me gusta descubrir otras culturas y tradiciones, sobre todo las de aquí, donde vivo ahora. Para mí es obligatorio respetar las otras religiones -me explica convencido.

En realidad Majad, como buen musulmán, no cree en la muerte de Jesucristo, figura central del cristianismo. Para los seguidores de este credo, Jesús subió al cielo, y en el futuro Dios lo enviará nuevamente a la Tierra para solucionar los problemas de la humanidad. Pese a que su creencia es diferente, me explica la importancia de Jesucristo en el Islam: “Jesús anunció la llegada de Mahoma, nuestro profeta, porque él también era un profeta. El Islam nos dice que debemos creer en todos los profetas, así que si no creemos en Jesús, no somos musulmanes.

La de Majad es una de las tres familias de refugiados sirios que hay en Zamora. Su hija menor, Sarah, nació aquí y al igual que sus hermanos, está creciendo y educándose en un ambiente con dos idiomas, dos culturas y dos religiones. Majad insiste en que solo ellos podrán escoger en el futuro. “Si alguno de mis hijos el día de mañana es cristiano, me molestaría, pero lo respetaría, porque ellos son libres, y se han criado aquí, en una ciudad de tradición cristiana. Yo no quiero imponerles mi religión. Ellos decidirán más tarde si quieren ser musulmanes, cristianos, ateos…Les dejo la libertad para que ellos busquen la verdad.”

Aunque en un futuro espera regresar a Siria, por ahora Zamora, Semurah, es hogar de su familia, sus tradiciones y religión.